Vale. Es sábado 2 de marzo por la mañana. O eso creo. Ayer estaba en casa. ¿o fue anteayer?
Estoy en una habitación de hotel en Salt Lake City.
Me levanto y miro por la ventana. Un cielo despejado me deslumbra, aumentado por la nieve blanca que cubre las montañas Rocosas. Un impresionante muro pétreo que abarca todo el horizonte, con la "pequeña" ciudad de Salt Lake en medio de dos cordilleras que la cercan por este y oeste.
Ya que estoy aquí, algo habrá que ver, aunque sea por el morbo Mormón.
Lo primero después de desayunar (esos desayunos americanos...) es ir a por el coche. Un coche en el que vas a pasar once días y recorrerás miles de kilómetros tiene que ser cómodo. Y si además vas a la montaña en invierno, fiable. Por descontado ruedas de invierno. Y todocamino o todoterreno. Que no sabes lo que te vas a encontrar. Será caro, pero debes ir a lo seguro.
Lo he contratado con National porque tiene tarifa plana de 250$ por dejarlo en otro sitio. Otros te cobran por distancia. Papeleo, firmas, explicaciones en español... llega la hora de conocerlo.
Un auténtico tanque!! Acostumbrados a los coches europeos, en América todo es a lo grande.
Salgo del aeropuerto y me viene a la memoria la canción del "Canyonero" de "Los Simpson" y no sé por qué
Mi primer destino: el centro de la ciudad, el Downtown. Un lugar bueno para aparcar puede ser el Capitolio del Estado de Utah, que al estar sobre una colina te permite tener una panorámica de la ciudad. En la ciudad no hay nieve pero el grajo vuela bajo cero. Desde el Capitolio, la vista te permite observar la sucesión de calles rectilíneas que caracterizan a tantas ciudades americanas y ves cuán diferentes son de nuestras europeas ciudades. Incluso ésta que casi nunca se ve en la TV se te hace reconocible. Parece que las han calcado todas por un mismo patrón.
Panorámica de SLC desde el Capitolio
Extasiado por mi primera experiencia norteamericana, me doy cuenta de un detalle que se me había pasado antes: ¡¡mi flamante coche no tiene matrícula!! ¿como puede haber pasado?
Tras rebuscar por todos lados del maletero y no encontrarla, me asalta la duda de qué hacer. ¿Voy hasta Chicago y si me para la police o el sheriff, o peor un walker texas ranger de esos que disparan primero?
Junto al Capitolio me encuentro un par de policias a los que consulto la situación y me recomiendan amablemente que vuelva al aeropuerto y que allí me lo arreglen dándome otro coche. Cosa que hago ipso facto.
En el aeropuerto no dan crédito a lo que me ha pasado y se disculpan incluso en español (mejor dicho en mexicano). Ahora me dan un Chevrolet Equinox gris, eso sí con matrícula. Me informan que algunos coches de alquiler en USA llevan una especie de papel pegado en el cristal de atrás en vez de matrícula, Pero que éste lo había perdido. Espero que éste sea el susto del viaje y vuelvo al Downtown.
La ciudad es lo que es gracias a los Mormones y gracias a ellos tiene algo que ver, aunque solo sea por la curiosidad. Descubres que no todos son católicos apostólicos romanos, que hay muchos credos por el mundo y te acostumbras a ver diferentes iglesias o templos. El paseo por el centro se hace rápido porque son cuatro calles en las que se refleja la historia: la primera casa del fundador, la primera iglesia, el primer...
Dos de los templos mormones del Centro de SLC
Dos manzanas más allá, el Downtown se convierte en inmensos barrios residenciales como los que, una vez más, has visto a miles en la TV. Hasta te entusiasma ver por fín en directo la estación de la Union Pacific!
Estación Union Pacific y casas antiguas del centro.
En el Centro te das cuenta lo mucho que intentan cuidar su historia en ese país, sea la que sea. Como cada pedacito de terreno, edificación u objeto que les pueda recordar si brevísima historia, lo cuidan y ensalzan de manera asombrosa. Esto viene seguro como contraste a lo anodino que es el centro de cualquier ciudad de este país, que convierte ese centro en una simple sucesión de rascacielos, bancos (de los de la pasta), centros comerciales y aparcamientos. Un soleado sábado a mediodía de final de invierno y la vida urbana tal como la conocemos aquí brillaba por su ausencia en las calles (no así en los centros comerciales).
Chicago me espera y Salt Lake no me ofrecerá mucho más. Busco paisaje, naturaleza. El Lago Salado.
Tras la comida salgo hacia el norte, hacia el Gran Lago Salado. La Interestatal está limpia y el tráfico no es muy abundante. Me dirijo al Parque Antelope Island. Una isla en medio del lago salado donde puedes ver bisontes.
A la isla se accede por una carretera sobre el lago. Esos ocho o diez kilómetros en los que el paisaje desaparece bajo una capa de sal. Blanca sal que se confunde con la blanca nieve de la isla y las montañas que rodean el lago. Todo signo de civilización salvo la carretera han desparecido y el paisaje se vuelve extraterrestre. La isla parece flotar en no se sabe bien qué.
Llegas a la isla y pagas los 9$ de entrada. La carretera, aunque asfaltada, no está muy allá y voy con miedo por si hay hielo. Es primera hora de la tarde y el termómetro del coche (del que estaré muy pendiente todo el viaje) apenas a pasado unos grados sobre cero. El camino sube hasta la parte más alta de la isla, donde hay un área de descanso. Un mirador sobre todo el lago que nos rodea, con las Rocosas al fondo. Donde todo es blanco y solo distingues las primeras siluetas de unos bisontes que pacen allá al fondo, cerca de la orilla. Hace un frío del demonio pero no puedes dejar de mirar, de buscar algún signo de civilización más allá de la vieja carretera que te ha traído hasta aquí. Y te das cuenta entonces del silencio. Del silencio que te grita con voz potente que estás en un desierto, un desierto blanco.
Después viene un avión aterrizando en Salt Lake y te jode el momento...
Me desvío por otra carretera más al borde del lago y llego hasta una vieja granja; un antiguo rancho que ahora se ha convertido en museo, con su casa típica de madera con su colección de viejas lavadoras, su granero con aperos, y sobre todo la gran colección de tractores y camionetas recién salidas de la película Cars.

Garr Ranch en Antelope Island State Park.
Una vez más el silencio te hace pensar qué habrá encontrado el primer colono para establecerse aquí un día hace decenas de años.
El día va llegando a su fin y hay que volver a la ciudad. Hay que cenar en el centro comercial porque es un sábado a las nueve de la noche y aquello parece que haya caído una bomba nuclear o un apocalipsis zombie.
Mañana es domingo y hay que ir a la iglesia...