Día 4: Camino a Foncebadón.
(19-Mayo-2014)

Sobre las 5:00 empieza a prepararse las mochilas una familia de coreanos que ya conocí en León, haciendo bastante ruido. Yo ya llevo despierto desde las 3:00 dando vueltas en la cama.
He soñado con Sara. Un sueño algo irracional, pero para mi tiene cierto significado, y me levato pensando en él. En este sueño estábamos con una amiga de ella y un chico, aunque ya no éramos pareja. Ellos tres estaban charlando junto a una pared a unos metros de mí. Yo me siento enfadado y pego una patada a un bote de refresco que da un golpe junto a ellos. Sara de repente desaparece. Me ofrecen Raquel, la amiga, y el chico llevarme en el coche, pero yo lo rechazo. A continuación me encuentro frente a Sara. Me siento triste, pero me sorprendo diciéndole que si lo que quería no era perderme de vista, pues que me dejara ya en paz, que no quería saber nada de ella. No era un sueño fantasioso de reconciliación ni nada de eso, como los que solía tener... si no una petición de que me dejara tranquilo de una vez. Me doy cuenta de que ya no quiero estar con ella, solo quiero olvidarla y continuar con mi vida. Olvidarla y no volver a verla nunca.

Me levanto, me visto y salgo a buscar una cafetería abierta. Encuentro una abierta poco antes de salir de Astorga y desayuno, veo un rato las noticias y me doy cuenta de que me he tirado un par de días desconectado… me gusta la sensación. Continúo el camino.


10 Km después paro en el Bar Piris, en una población después de Hospital de Orbigo, un pueblo precioso. Me hago un café con unas tostadas en la terraza exterior. Hace muy buen tiempo. Me hago un purito y escribo durante un rato. Voy a pagar y no tengo bastante efectivo, le pregunto por un cajero y me dice que en Astorga. Le pido disculpas y le explico que no estoy acostumbrado a que no hayan cajeros en los sitios y que me he quedado sin efectivo. Le doy 1,5 euros que tenía en la cartera de los tres que le debo, me dice la camarera que no hay ningún problema. Converso un rato con ella antes de salir, es muy maja. Continúo el camino.
Como estos días anteriores, hasta esas horas no he hecho más que pensar en Sara. Pero tras almorzar ya me encuentro animado y contento.
Continúo camino a Foncebadón, que está dos Km antes de la cruz de Hierro, que es el punto más alto del camino francés. Es una ruta preciosa. Noto como por el camino me sale una molesta ampolla en el pie izquierdo, siento como me crece y finalmente como revienta llenándome la planta de líquido con una sensación desagradable pero aliviado por la falta de presión, que había empezado a ser muy dolorosa.

Llego a Foncebadón, es un pueblecito pequeño en el que hay censados ocho habitantes según me dicen. Solamente hay una tienda pequeña y dos albergues: el municipal y un poco más adelante uno llevados por unos hippies con muy buen royo. Se escucha alguien tocando la guitarra y cantando desde allí.
Espero a que abran el albergue municipal, Victor, el que está haciendo el camino de Santiago corriendo, ya ha llegado hace algunas horas y está ahí esperando. El albergue abrirá sobre las 12:30. Este horario viene siendo el habitual en los albergues. Si llegas muy pronto pones tu mochila a la cola y esperas a que abran. Por lo menos la cafetería sí que está abierta y entramos a tomarnos una cervezas. Hay una camarera muy simpática que nos cuña la credencial y nos dice que no tardaran en abrir el albergue. Le pregunto por el servicio de lavadora. A los pocos minutos nos indica nuestra cama. Luego pongo una lavadora y converso con la camarera, con la que me río un rato.
Me acerco al otro albergue, el de los hippies. Al entrar me atiende una chica morena con unos ojos preciosos y una hermosa sonrisa, me suena de algo. Ella me mira, me saluda y me dice – Te conozco de algo – entonces caigo y le digo que coincidimos el verano pasado haciendo barranquismo en la zona del lago de Anna. Me da dos besos y me dice que se llama Atia– Yo Pedro, encantado – le respondo. Me comenta que hace unas tres semanas que está ahí, que se vino a ver a un amigo. Es de Alicante pero tenía ganas de tirarse una temporada allí. La envidio. Atia tendrá unos 25 años y me parece una chica muy interesante. Le compro un paquete de cigarrillos. Me pregunta que con quien iba aquel día del verano pasado y le digo que con un colega y la que era mi pareja… yo se lo dejo caer a ver. Hay algo de gente por el comedor e imagino que estará ocupada.
Me dirijo a mi albergue y me encuentro con Camilo entrando en el pueblo. Le comento que me he registrado en el municipal y que voy a comer en el otro. Le digo que si quiere le espero y comemos juntos. Me dice que sí que en seguida se ducha y viene.
Lo espero en la terraza del albergue de los hippies haciéndome una cerveza y charlando con algún peregrino hasta que viene, comemos en el interior, ya que empezaba a llover un poco. Un delicioso plato de alubias con patatas y de postre yogur con miel casero hecho de la leche de las cabras que tienen los hippies fuera. Atia va de un lado otro atendiendo a la gente y a veces se acerca y nos dice algo. Una monada de chica y no puedo evitar buscarla con la mirada de vez en cuando. Hay otra chica algo más mayor por el albergue que tampoco está nada mal…. Hubiera sido mejor registrarme en este albergue.
El encargado del albergue se acerca y está preocupado, no quedan plazas en ninguno de los dos albergues y no pueden hospedar a los peregrinos que van llegando. Se le ve preocupado y le sabe bastante mal porque la gente llega bastante cansada. Entre ellas las dos italianas que estaban en San Martín, las cuales me saludan muy simpáticas. Me parece curiosa la preocupación real del encargado que va mucho más allá que el de obtener beneficio del negocio. Esto es bastante habitual a lo largo del camino. Además, casi todo el mundo sigue la misma guía en internet, que está continuamente actualizada y donde se comentan el trato recibido en los albergues, su calidad de servicio… por lo visto los peregrinos suelen tomarse bastante en serio estos comentarios.
Vuelvo a mi albergue, ya está lloviendo más intensamente. El encargado de este albergue, que también sirve en la barra, se llama Marcos y es un tío muy agradable. Muestra la misma preocupación que el otro por no poder ofrecer hospedaje e intenta facilitarle las cosas a los peregrinos llamando a ver la disponibilidad en los albergues de las poblaciones cercanas.
Recojo la ropa tendida, vuelvo a bajar al bar… fuera llueve, hace frío y empieza a estar muy oscuro, no hay nada de alumbrado público y estamos muy altos y lejos de cualquier pueblo. Sólo se puede estar en el bar, de hecho ahí están la mayoría de peregrinos, algunos en un sofá leyendo, otros tomando algo. En la barra me encuentro a Camilo con un gintonic en la mano, algo enrojecido y con los ojos medio cerrados… no es el primero, y dándolo todo con la chica que me explico en San Martín lo de que la habitación era mixta. Una chica bastante guapa y que le sigue un poco el royo. Me doy cuenta de que Camilo es un poco golfo y que le hecha los trastos a todo lo que se mueve, está como eufórico, me hace gracia, parecía algo más tímido cuando se me acercó hace un par de días y me pregunto si podía sentarse en mi mesa.

En cuanto me ve me saluda – ¡Pedro ven! – Yo me acerco, le saludo y me presenta a la chica, me dice que es suiza y sabe tanto español como yo ingles… nada. Le doy dos besos y se queda algo cortada, me sorprende un poco su reacción. Camilo dice que se va fuera a hacerse un cigarrillo y me deja solo con la suiza. Intento conversar con ella, me dice que empezó en San Joan, en Francia, tras un viaje por Tailandia creo recordar, y que lleva un mes en el camino… intentamos hablar un poco más pero veo que alguien le dice algo se levanta rápido y se va, como si fuera algo urgente. Yo me quedo en la barra sin darle importancia y a los pocos minutos me la encuentro sentada en la mesa de al lado hablando con un chico… que fuerte, me ha hecho un quiebro como si fuera un pesado… Días después me la encontré por el camino y no me devolvió el saludo… que gente más rara. Camilo me había dejado ahí de repente e intenté darle un poco de conversación, por ser amable. Creo que va un poco de guapa y yo no he ido ahí a echarle flores a los pies a nadie. Vuelve a entrar Camilo – ¡Se te a escapado! Me río y no se bien que decirle.
Recuerdo que se me ha olvidado pagar en el otro albergue un café. Decido que luego me acercaré, le pagaré lo que le debo y me haré un bocadillo para cenar y a ver si puedo tantearla un poco. Tengo que tener cuidado de que no se me queden cosas entre los dientes, pienso… que capullos somos a veces.
De repente entra Victor en el albergue, venía del otro y mira a Camilo – ¡Tío, tienes que ir al de los hippies, está lleno de guiris borrachas que no dejan de beber vino y tienen una marcha que no veas! – Camilo salta disparado del taburete donde estaba sentado y me dice – ¡Pedro, vamos! – me asusta, está bastante borracho y eufórico, pero no se como me dejo convencer… tengo que pagar el café y cenar. Salimos, voy cojo por la ampolla del pie izquierdo, llueve y hace un frío de muerte que me hace empezar a tiritar. Vamos rápido hacia el otro albergue, que está a unos cien metros y entramos. Victor no exageraba, todas la mesas llenas de mujeres medio borrachas, la mayoría superaban los 50. Camilo con los ojos como platos se acerca a una a la que por lo visto ya conocía un poco y empieza a hacer el cabra… me da un poco de vergüenza ajena y no me siento demasiado cómodo con ese plan que se está montando, no hay sitio para sentarse. Busco a Atia y veo que se acerca. No sé que cosa balbucea Camilo, pero yo le digo que me faltaba por pagarle el café, que quería cenar ahí pero que ya veo que no queda sitio. Le doy el euro por el café y ella mira a Camilo con cara maternal diciendo – A que es un amor. – Y se aleja un poco a la barra a por algo… yo, decido irme. Antes de salir me giro y la veo junto a la barra, le digo adiós con la mano y una sonrisa, como si estuviera imbécil. Ella me mira con esos ojazos y también se despide sonriéndome. Salgo hacia mi albergue. Pienso que debería haberle dado dos besos al despedirme, o cogerla por la cintura subirla a la barra y besarla en los labios mientras le aprieto los pechos… que soso soy, tal vez a la próxima. Estaría bien volver a cruzarme con ella algún día.
Me hago dos colacaos calentitos en el albergue para recuperarme del frío. Conozco a “Los cuñaos” un chico de 34 años, y su cuñado, unos años mayor, pelado, con gafas y con aspecto de gimnasio. Este último se ha pasado el día acostado con los pies destrozados.
Coincido con el primero fuera fumándome un cigarrillo y tenemos una conversación bastante íntima, yo le cuento que hace poco me quedé sin trabajo y novia al mismo tiempo y que hacía tiempo que quería hacer este viaje, y lo vi el momento ideal. Él me dice que está con su mujer desde hace 17 años, con hijos, y que está muy feliz. Que es la primera vez que está sin ella y la hecha mucho de menos. Me comenta que justo antes de salir de casa hacia el camino, ella no estaba en casa y que para su sorpresa se puso a llorar como un niño. Un tío muy majo. Me hace pensar en como hubiera sido mi vida con Arantxa, con la que estuve trece años, si nos hubiera ido bien. Entramos en la cafetería cuando acabamos el cigarrillo.
Me siento un rato en el sofá al lado de un chico joven que el día anterior estaba viendo el fútbol con nosotros. Ernesto, catalán, trabaja en una heladería a temporadas. Ahorra cuando trabaja y luego se va de mochilero por ahí. Ha estado dos meses en la india. Y en varios sitios más. Tiene 26 años y es un chaval muy maduro e interesante, además, se le ve muy feliz. Y aunque simpático durante el viaje es muy independiente. Rato después vuelve Camilo al albergue, aún más borracho, me dice – ¡Tío, tenías que haberte quedado, no veas lo bien que me lo he pasado! – Yo le respondo que me alegro pero que tenía frío. No he ido allí en ese plan. Si ligo pues no estaría mal, pero tampoco voy a ir ahí a ver si cae algo desesperadamente. No es el objetivo de mi viaje.
Me voy a dormir. Bastante contento. No pienso en Sara, pienso en los ojos de Atia… y un poco en eso de apretarle los pechos.