Día 6
Estamos en la zona central del norte de [b]Córcega[/b]. La idea es que desde aquí vamos a poder hacer varias excursiones por los valles de alrededor y volver a pasar la noche al mismo sitio.
Desayunamos después de un chapuzón en la piscina, y vamos hacia el primer destino. Le estamos dando una caña al coche que no veas. Hoy toca la Vallée de l'Asco donde queremos hacer un trozo del GR20 cuesta arriba por la montaña. Hay que llegar a Ponte-Leccia primero y seguir hasta hasta Asco para dejar el coche y hacer la excursión a la montaña. Vaya si lo hacemos aunque no es fácil. Hace mucho calor y aunque hemos sido previsores, no calculábamos tanta subida. Cuando llegamos arriba del todo estamos exhaustos. Lo bueno es que hemos podido dejar las mochilas a medio camino debajo de una piedra, antes de la última subida, y seguir sin peso.

Bajamos a buscarlas y descansamos a la sombra de la piedra, ya que no hay ni un puñetero árbol y el sol está que lo peta. Bajamos por el otro lado de la montaña, por una pista de piedras enormes que parece ser una antigua pista de esquí ya que hay unos remontes oxidados. Tela con la pista, bajamos casi rodando. Abajo, donde se concentran los excursionistas del GR, encontramos un chiringuito donde nos venden queso de cabra y vino que nos sabe a gloria. Como nos queda algo más de comer en la mochila, cogemos el coche y a la que vemos un río con pozas, nos paramos y hacemos otro picnic de los nuestros. Agua, como siempre, llevamos. Hemos cogido la costumbre de parar a cambiar el agua cada vez que vemos una fuente. Después de comer, descansamos. Lectura, fotos, baño, sol, no pedimos nada más. Todavía nos pararemos en otro sitio a bañarnos. Nos estamos volviendo adictos a las pozas....
Seguimos la ruta y nos paramos en otro bellísimo pueblo de montaña, Lama, según la Lonely un pueblo coqueto, con sus tiendas y sus pequeñitos restaurantes con vistas increíbles. Definitivamente cada vez estamos más contentos de haber escogido este destino.

Volvemos al hotel a hacer el último chapuzón del día. Después de ducharnos vamos a cenar a Omessa, a otro restaurante romántico que nos recomiendan Le Jardin de Loubly. Hay que dejar el coche a la entrada de pueblo y subir andando. Por el camino nos obsequiamos con un aperitivo en el bar del pueblo. No hay casi nadie, solo los locales que juegan al domino o a las cartas, y que parecen sacados de una película de mafiosos. Cenamos de miedo, aunque un poco caro, pero ha valido la pena.