La fiesta del comienzo del crucero tiene bastante predicamento entre los viajeros de la naviera principalmente por la siguiente razón: se sirven copas de vino espumoso de manera gratuita para hacer el brindis con el equipo de animación del barco y, claro, alcohol sin coste y fiesta en cubierta es un cóctel lo suficientemente atractivo para que las cubiertas 15 y 16 estén de bote en bote.
Un poco antes de las 18:00, mientras el Valiant Lady está soltando amarras para dejar Barcelona rumbo a la Provenza, nos situamos estratégicamente en la cubierta superior a la charca junto al bar y frente a la Diva y a la Hostess (la Drag Queen del barco y la que oficia como anfitriona y directora de crucero en funciones), que harán los brindis y darán por iniciado el viaje. Se supone que camareros irán pasando con bandejas llenas de vino espumoso (dicen que es champán, ¡já!) y los pasajeros las iremos cogiendo educadamente y procederemos a realizar el brindis. Esta es la teoría….

Lo que sucedió pues fue algo diferente y prueba que aquí la naviera debiera darle una vuelta al asunto. En primer término, en los bares de ambas cubiertas, a la intemperie, los camareros, como a las 17:45, están abriendo botellas y llenando copas como si no hubiera un mañana, para dejarlas en el mostrador hasta que no empiece la fiesta. Estamos en julio con un sol de justicia y un calor achicharrante de tormenta que empieza a picar. La gente se va poniendo nerviosa y se va acumulando en los mostradores para ver si empiezan a repartir el líquido fresquito y paliar el bochorno reinante pero hasta las 18:00 la cosa no empieza. Lo de las bandejas se les debe haber olvidado y han tenido la genial idea de que la gente haga cola para recoger la copa espirituosa que los camareros van entregando. Por supuesto aquello se convierte en un cuello de botella, el personal se apretuja, las manos se alzan para recoger las copas y los camareros no dan abasto. Nosotros vemos el percal y decidimos bajar a la cubierta inferior, la 15, donde la cola es menor y nos abastecemos de la copa correspondiente pero, claro, lo que nos llevamos al gaznate ya no es un vino espumoso fresquito que da alegría sino una especie de consomé a temperatura ambiente que tampoco apetece demasiado. De hecho, mucha gente echa el primer trago e ipso facto deja la copa o la guarda sin tocarla sólo para usarla cuando toque.
A continuación se desarrolla el brindis y si lo sé no vengo, máxime cuando a mí el pseudo champán no me gusta (donde esté una buena sidra…). La cosa es bastante desangelada y se limita a pedir un brindis y a declarar oficialmente el inicio de las vacaciones, cosa que se desarrolla en un par de minutos. Se agradece porque, como indicaba, hace un calorazo de impresión y lo que apetece es ponerse a la sombra. Nosotros nos quedamos al lado de la charca-jacuzzi que hay a la espalda de la bañera propiamente dicha y observamos que siguen abriendo botellas y éstas sí están fresquitas por lo que damos buena cuenta de varias copas (en mi caso, simplemente para hacer gasto, realmente). ¿Puede ser la antesala de la celebración de esta noche? Lo veremos.
Dado que la charca-jacuzzi tiene poca gente en su interior allí que nos metemos para pasar un rato antes de que tengamos que regresar al camarote para arreglarnos de la cara a la cena. Por allí pulula una chica de mediana edad con un vestido floreado y en sus movimientos se trasluce que le ha dado bien al consomé en último término y no se sabe a qué con anterioridad pero agua mineral seguro que no. Sus primeros actos son inclinarse y salpicar a los que estamos en el interior del agua para, sin solución de continuidad, meterse sin ningún rubor en el agua toda vestida y continuar salpicando al personal con una sonrisa estúpida y etílica en su rostro. Aparece una amiga por allí y la surte de más copas de consomé para, a continuación, también meterse vestida en el agua.
Ante el pasotismo generalizado nos hacemos cruces: nos hemos venido a un crucero de adultos para, entre otras cosas, librarnos de niños incivilizados y nos estamos topando así de primeras con adultos asilvestrados que son peor que los niños... Ante ello ponemos agua de por medio mientras el dúo alcoholizado de ropa flotante sigue trasegando sin el mayor reparo en el interior de la charca. Ver para creer…

Llega la hora de regresar al camarote, adecentarse, enfundirse en la camiseta de la selección española para hacer patria mientras navegamos por la costa catalana y acercarse a Gunbae, el restaurante coreano con barbacoa, donde tenemos la reserva para cenar esta noche. Horas antes hemos estado dándole vueltas al tema sobre cómo proceder en el sentido de incluso anular la reserva, cenar cualquier cosa en The Galley y estar a las 21:00 en el teatro multifunción del barco, The Red Room, para asistir al visionado de la final del mundial. Como las finales de los mundiales suelen ser bastante poco vistosas de ver habitualmente porque los equipos arriesgan lo justo, convenimos en que podemos obviar la primera parte del partido, mantener la reserva y, en el descanso, acercarnos a ver la segunda parte, previendo que para entonces la cena habrá finalizado.
El restaurante Gunbae ofrece comida típica coreana con barbacoa para la confección de varios platos. Las mesas son circulares para varios comensales y en el centro se encuentra la barbacoa con un extractor en su parte superior para no salir oliendo a bacalao y chistorra. Aquí se comparte mesa por lo que se va entrando en el comedor y los camareros van rellenando las mesas (seis a ocho personas). Por tanto, al ser nosotros dos pues nos va a tocar compartir mesa con cuatro o seis desconocidos más que, esperemos, sepan español o al menos lo chapurreen para que podamos hacer más amena la comida (de hecho, en la puerta pedimos que a ver si era posible que nos sentaran con otros españoles o hispanohablantes y pasaron olímpicamente de nosotros).

Es entrar al comedor y aquello es un pandemonio por el jaleo y los gritos que salen de cada mesa. En breve veremos el porqué. La camarera nos acompaña a una mesa donde hay ya dos matrimonios por lo que seremos, parece, seis comensales a la mesa. Nos presentamos y nos dicen que hablan francés pero que podemos hablar en inglés. Al ver nuestras camisetas entonan un ¡Viva España! y yo, para no ser menos, prorrumpo en un ¡Vive la France! Uno de ellos me corrige: no son franceses, son canadienses de Quebec y francófonos por añadidura. Aclarado este aspecto quedamos en que simultanearemos francés e inglés (me apaño en ambos y mi acompañante en inglés) y que lo que se quede en el tintero ya se lo traduzco en español. Así, llegan momentos durante la velada en los que ya no sé en qué idioma estoy hablando y unas frases empiezan en un idioma y terminan en otro. A los canadienses les hace mucha gracia el tema y alaban mi francés (lo cual me llena de orgullo y satisfacción, como diría el Rey Emérito). Yo a ellos también les entiendo bastante bien porque no tienen acentazo franchute, lo que facilita el intercambio.
Se presenta la camarera y nos comenta cómo funciona este restaurante: nos traerá unos entrantes y un variado de comida coreana y, posteriormente, nos hará en la barbacoa lo que queramos en forma de verduras, carne y marisco. Pero antes toca romper el hielo en forma de juego de bebida y a tal fin nos trae unos chupitos de soju (bebida alcohólica destilada originaria de Corea y elaborada a partir de arroz con un contenido alcohólico que oscila, casi nada, entre el 16 % y el 53%.). Con estos chupitos, que pueden ser zumo o agua si alguien no bebe alcohol, vamos a jugar al Sam-Yuk-Gu y cuyas instrucciones indico a continuación

Comienzan las rondas y vamos cayendo uno tras otro. Cuando uno pierde el resto de comensales empieza a dar palmas y a gritar desaforadamente “gunbae, gunbae, gunbae” (de ahí el jolgorio que hay montado en cada mesa y que, multiplicado por toda la estancia, es molesto al final y dificulta la conversación) hasta que el eliminado se ventila de un trago su chupito correspondiente. Por cierto, gunbae significa "¡salud!" y se usa como expresión para brindar al momento de beber en la cultura coreana.
Puesto que uno de los canadienses cumple años la camarera nos trae dos chupitos más a cada uno y nos los embaulamos, brindis va y brindis viene. Entre esto y el consomé de la tarde, yo que no bebo alcohol más allá de una cerveza esporádica, me parece que me voy a ir “calentito” al partido tras la cena. Por tanto, hay que mitigar los efectos del alcohol y empezar a llenar la panza con los manjares que empiezan a llegar a continuación.
Efectivamente, entre otras cosas, nos traen Bugak (bocaditos fritos de arroz con alga nori), Bindae-tteok (tortitas de kimchi con salsa de soja), Kalbi Jjim (costillas estofadas en salsa de soja, cintas de huevo, castañas y rábano) o Dakgangjeon (pollo crujiente con rábano encurtido y salsa de chile). Como el picante no es lo nuestro pues preguntamos qué platos son soportables y descartamos los que puedan hacernos pasar mal. Que te preguntarás, estimado lector que estás siguiendo estas líneas, ¿a dónde os habéis apuntado que la oferta gastronómica a bordo incluye un restaurante asiático, uno indio y otro mejicano…? Pues, que hemos venido a jugar, dentro de unos límites, aunque también te digo que la reserva de Almax que llevé al viaje la dejé tiritando….
Tras los entrantes llega la barbacoa propiamente dicha. En primer lugar lo grillo en forma de pimientos, espárragos, champiñones y una mezcla de verduras, el marisco con calamares, gambones, pulpo o vieiras y la carne con costillas, panceta o codillo de ternera marinado. La camarera ha encendido la barbacoa y puesto en marcha el extractor y se pone con ello en el orden indicado anteriormente. Nosotros vamos a lo mollar y nos centramos en las vieiras y la panceta, así para empezar.

Como parrillero aficionado retirado he de reconocer que me estoy poniendo malo porque cada uno cocina a su estilo y con el punto de “cocción” determinado y lo que se salga de ello a uno le choca. La camarera va rotando de mesas y, claro, la atención a cómo queda la comida no es la más idónea de manera que los gambones se quedan medio crudos (y los tiene que pasar de nuevo) y la panceta está a un tris de quemarse. Y ya no hablamos de mezclar en el mismo receptáculo la verdura, el marisco y el pescado, con su mezcla de sabores correspondiente.
En el ínterim, la charla con los canadienses se desarrolla con la fluidez que determina un idioma que no se maneja y el griterío que envuelve el ambiente. Coincidimos en edades y ello facilita en el sacar temas de conversación por lo que tampoco nos estamos aburriendo entre las diferentes degustaciones. Incluso hasta nos ponemos hablar de baloncesto canadiense e italiano porque uno de ellos tiene raíces transalpinas. ¡Quién me iba a decir que iba a conversar sobre el mago de la canasta canadiense Steve Nash una tarde-noche de julio navegando por el Mediterráneo a la mesa con unos quebequeses! Esto es uno de los puntos más bonitos, creo, de viajar en crucero y es la posibilidad de relacionarte con gente de todo el mundo en un entorno vacacional y distendido.
Llegan las 21:00 y va a empezar el partido. Aún andamos dale que te pego a las costillas, falta el postre y tampoco es plan de marcharnos a la francesa. Como disponemos de wifi incluida en el precio del viaje tiramos de internet para intentar coger señal de la emisión del encuentro pero ni a través de RTVE Play ni por opciones “alternativas” se puede visualizar el mismo. Nos conformamos con el minuto y resultado y el resumen en texto de jugadas mirando de reojillo y la camarera, puesto que ya no queremos más de los principales, nos trae los postres consistentes en helado de sésamo negro con mochi y caramelo de miso y Hotteok (tortita coreana de almendra y canela).
Opinión de la comida: sabores diferentes y variados que no suele uno experimentar unidos a un entorno realmente festivo. Nos gustó pero tampoco destacaría nada especialmente aunque la experiencia, con los juegos y las risas, ha merecido mucho la pena. Y luego está lo del picante, que sí, que no picaba (eso dijo ella), pero que el helado vino de maravilla para rebajar la sensación de estomatodinia en la boca.
Mientras tanto, cae la noche y continuamos navegando. El espectáculo desde los ventanales (algo guarrillos en el Gunbae) es atrayente y podría uno quedarse hasta el infinito y más allá contemplando la puesta de sol.

Concluida la comida nos levantamos de la mesa, nos despedimos de los canadienses, nos desean suerte en el partido y nos encaminamos a The Red Room, el teatro del crucero, donde esperamos llegar al inicio de la segunda parte. De momento la cosa va a empate a cero.
De lo que acaeció en el resto de la noche lo veremos a continuación en el siguiente y vibrante episodio.