Martes, nos levantamos sin prisa y desayunamos tranquilos. En el hotel compartimos mesa de desayuno con un par de chicas zaragozanas muy majas. Salimos sin mucha prisa, la estación central de tren quedaba a 5 minutos de nuestro hotel y el viaje hasta Gante sólo lleva media hora.
Al llegar a la estación nos acercamos a la taquilla a comprar una rail pass. La rail pass es una tarjeta que te permite hacer 10 viajes en tren. La tarjeta tiene marcadas diez líneas en las que se ha de apuntar la fecha del viaje, el origen y el destino. La tarjeta cuesta 76 euros y según nuestros cálculos, los viajes que hicimos con ella, comprando billetes sueltos habrían sido 117,6 euros (un ahorrillo considerable).
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Tomamos sobre las 10:30 un tren de dos pisos que no venía muy lleno y que en media hora nos dejó en la estación de Sint Peters, en Gante. Al salir de la estación, a mano izquierda queda la parada de tranvía que según habíamos leido en 8 paradas nos dejaría en el centro de Gante. El ticket se compra en la máquina que hay en la propia parada del tranvía. El sol salía y se ocultaba a ratos.
El viaje del tranvía transcurría con normalidad cuando, antes de cumplirse las 8 paradas que distaban hasta el centro, el chofer se levantó, gritó algo y todo el mundo bajó obediente del tranvía. Y nosotros con ellos. Algún problema en la vía o una avería imaginamos.
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Según nuestro planning, nos teníamos que haber bajado cerca del castillo Gravensteen, pero debido al imprevisto con el tranvía aparecemos de repente frente a la Catedral, la iglesia de San Nicolás y el puente de San Miguel. Nos quedamos con la boca abierta ante el conjunto de edicios, impactados. Contábamos con que Gante iba a ser una ciudad monumental y digna de verse, pero no esperábamos tanto.
Caminamos hacia el puente mientras mirábamos hacia todos lados. Y ya en el puente…. el summum!!! Una vista increible: a nuestras espaldas quedaban la catedral, la iglesia y las casas que las flanquean y mirando hacia la derecha, los muelles del grano y de las hierbas. Una vista preciosa en su conjunto
Vistas desde el puente
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Seguíamos alucinando con Gante y su grandiosidad. Impresionados con la ciudad.
Bajamos hasta los muelles a pasear junto al canal, sin poder quitar la vista de tanta torre, tanto edificio monumental y tanta belleza. Allí mismo vimos que se podían coger los barcos que recorren los canales, pero de momento, decidimos seguir con el paseo.
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En muy poco tiempo llegamos hasta el castillo de los condes de Gante, Gravensteen, situado justo a la orilla de un canal y, al parecer, que data del siglo XII. Un edificio francamente fotogénico, y no menos fotogénica es la placita que se ubica frente al castillo. Por cierto, en esa misma plaza hay una oficina de turismo (a la que no entramos).
Plaza frente al Castillo
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Nos acercamos a la entrada del castillo y allí nos encontramos con un grupo de chicas que nos habían sacado unas fotos en el puente de San Miguel y nosotros les devolvimos el favor. Les preguntamos si habían entrado al castillo por si merecía la pena, pero no habían pasado al interior. Dejamos la opción de entrar al castillo para más adelante si nos apetecía.
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Volvimos hacia la zona de los muelles del grano y de las hierbas, dos muelles medievales, escoltados por hileras de edificios gremiales adosados que proporcionan una estampa inolvidable. Al llegar al puente de San Miguel, nos acercamos a la iglesia del mismo nombre pero estaba cerrada, así que cruzamos el puente hacia la margen de la catedral, sin dejar de hacer fotos ni un segundo.
Iglesia de San Nicholas, al fondo Catedral y Belfort
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Entramos en la iglesia de San Nicholas, de enormes dimensiones. Tan grande es que pensaba yo que estábamos en la catedral y desorientado que estaba, le pregunté a un vigilante donde estaba el cuadro de la adoración del cordero de Van Eyck, a lo que el amable señor sonrió condescendiente y contestándome en un muy decente castellano me explicó que para verlo tendríamos que ir a la catedral, que aquel templo era la iglesia de St Nicholas. Se me quedó cara de tonto (más de la habitual, quiero decir
Belfort
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Por cierto, un inciso. Es increible la cantidad de gente que habla castellano en Bélgica
Bueno, sigamos con el relato. Nos dirigmos hacia el campanario o belfort, que data del siglo XIV y que tiene 91 metros de altura. La entrada cuesta 6 euros por cabeza y, afortunadamente, un ascensor te lleva a lo más alto (creo que es la primera vez en nuestros viajes que nos pasa esto en una torre o campanario).
La vista desde arriba es espectacular pero los pasillos son terriblemente estrechos y resulta un poco incordiante tener que andar cediendo el paso y esperando para que pasen otros (muchas veces no caben dos personas a lo ancho del pasillo y hay que esperar en las esquinas a que pasen los que vienen).
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En los pisos inferiores se pueden ver sucesivamente el cilindro del carillón de la torre, la gran campana Roeland, el museo de las campanas y una peli sobre el tema y finalmente, en el piso inferior unas maquetas del campanario a lo largo de los siglos.
Y no te fastidia que cuando estamos a punto de salir ya del Belfort nos encontramos con unos conocidos que están también por allí de turismo. Intercambiamos unas informaciónes y consejos y cada uno marcha por su lado. El mundo es un pañuelo, cada día más pequeño.
Salimos del campanario junto a él y a St Nicholas está la catedral. Resulta muy curioso que estén tan próximas las dos iglesias, practicamente seguidas, no suele ser muy habitual.
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Entramos en la vecina catedral. Tuvimos la suerte de encontrar un coro juvenil ensayando frente al altar y lo cierto es que no lo hacían nada mal aunque el pelma del director les corregía una y otra vez para pulir sus defectos. No había manera de escuchar una pieza completa, qué pesado!! Preguntamos por el cuadro de Van Eyk y entrar a verlo costaba 4 euros por cabeza, así que cambiamos de idea rapidamente.
Tras estar un ratito oyendo a los chavales del coro (o lo que nos dejaba oir el dire) salimos de la catedral. Pasamos junto al Ayuntamiento y llegamos al Werrengarensteeg (el callejón del grafitti, para que me entendais). Un callejón destinado a que los jóvenes artistas den rienda suelta a su arte, completamente cubierto por grafittis y donde encontramos a unos chicos con sus sprays y su equipo de música.
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Desde el callejón no tardamos mucho hasta Vrijdagmarkt, la plaza más antigua de Gante, una amplísima plaza de mercado, donde aún hoy se celebra los viernes (de hecho, Vrijdagmarkt significa mercado de los viernes). La plaza está presidida por una estatua en honor a Jacobo Van Artevelde, un político que en tiempos solventó los problemas entre Bélgica e Inglaterra y al parecer, su brazo señala en dirección a Inglaterra.
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Tras contemplar un ratito la plaza y los vistosos edificios que la rodean, fuimos hasta nuestro siguiente objetivo que estaba allí mismo: la cervecera Dulle Griet. Un local añejo y con solera. Comentarios de algunos foreros me habían advertido de cierta peculiaridad de este local y seguí sus consejos. Pedimos dos cervezas Kwak de litro, una clara y otro oscura. Las cervezas se sirven en unos vasos espectaculares (y supongo que caros). En locales de Bruselas vimos que para estos vasos de litro pedían una fianza de 10 euros (para los de las Kwak de 33 cl no la pedían).
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Pues en este bar, en vez de pedir fianza económica, te piden que te quites un zapato y se lo entregues al camarero, quien introduce los zapatos en una especie de cesta o jaula que queda colgada del techo del local
Entra un grupo de argentinos que se queda mirando nuestros llamativos vasos y nosotros les enseñamos nuestros calcetines. Les explicamos la historia del zapato y les hace mucha gracia. Seguido entra un grupo de 4 chicas aragonesas que también se quedan mirando nuestros vasos, mi mujer les explica por qué estamos descalzos (de un pie) y las chicas que se sientan en la mesa de al lado, se piden una Kwak de litro para cada una.
El camarero y nuestros zapatos confiscados
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Cuando llega el camarero y beben los primeros tragos de cervezas, ya descalzas y entre risas, una de las chicas dice “me encanta la vida!”. Y es verdad. Hay momentos en los que uno está tan a gusto y tan bien acompañado que puede firmar sin dudarlo frases como esa.
El rato fue pasando y la cantidad de cerveza en el vaso mermando. Finalmente, llamamos al camarero, le pagamos y recuperamos nuestros zapatos. A pocos metros del bar encontramos junto a un canal el enorme cañón Dulle Griet (Margarita la Loca) que data del siglo XV y que da nombre al establecimiento del que veníamos.
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Nos dedicamos un ratito a pasear sin rumbo fijo por las animadas calles de Gante. Así llegamos hasta la lonja de la carne (Groot Vleeshuis), un antiguo mercado de carne hoy en día convertido en bar y mercado. De las vigas de madera del techo colgaban un montón de jamones (jamón de Ganda se llama el que se elabora por aquí).
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Estábamos empezando a curiosear dentro pero entró un grupo enorme de turistas y nos fuimos echando chispas. Volvimos a la zona de la catedral, a los muelles de las hierbas y el grano…. Decidimos que era un buen momento para ir a catar las ginebras artesanales que elabora el dueño de T´Dreupelkot, un pequeño local a orillas del canal y que ofrece más de 200 ginebras elaboradas por el orondo dueño. Cogimos la amplísima carta que ofrecía copas y medias copas de ginebra y yo opté por una ginebra de limón y mi mujer por una de higos (que en vez de servirse desde una botella, nos la sirvió con un cazo de un bote en el que había varios higos flotando en la ginebra).
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Muy buena la de limón (…y la de higos también, que me la tuve que beber yo también ya que a mi mujer le parecía un poquito fuerte. Que abnegación la mía!
Seguimos paseando sin un destino fijo y compramos unos bombones que, aunque no estaban tan buenos como los de Mary de la víspera, se dejaban catar.
Aparecemos de nuevo en Vrijdagmarkt y vemos un puesto de patatas fritas, Frituur Josef.
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Nos ponemos a la cola y lo cierto es que la cola va lenta ya que frien las patatas en dos fases (dicen que es el secreto de que estén tan buenas) y las frien a medida que las vamos pidiendo (no las tienen ya hechas). Por fin nos toca el turno y pedimos un cucurucho con mayonesa. Si nuestro primer contacto con la cerveza belga no fue satisfactorio, esta primera cata de las famosas patatas fritas belgas fue toda una delicia. Estaban buenísimas!!! La ingesta de patatas fritas a palo seco nos anima a tomar alguna cervecita más y vamos hasta Het waterhuis aan de Bierkant, un bar junto a la ginebrería de antes y donde sabemos que ofrecen cervezas artesanales.
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Cuando se acerca el joven camarero, mi mujer pide un botellín de agua y yo en mi precario inglés le explico que quiero una cerveza de las que elaboran ellos. El chico afirma convencido, como que me ha entendido y me trae una Augustijn Donker que no tiene nada de artesanal. Pensé que mi inglés es aún mucho peor de lo que creía, pero la semana siguiente a nuestro viaje estuvieron en el mismo local mi hermana y cuñado y les pasó lo mismo con el joven camarero con pinta de no muy espabilado. No les entendió ni jota y les llevó la cerveza que le dio la gana.
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Así que, poco dispuesto que estaba yo a quedarme con el antojo de las cervezas artesanas del local, agarré la carta y le indiqué claramente al chaval la cerveza que quería: una Kokke Roeland que elaboran ellos y que en la carta ponen que como máximo sirven 3 por persona (supongo que será por tener existencias muy limitadas). Aunque no tiene mucha burbuja, resulta una cerveza excelente. Me gusta!!!
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Lo cierto es que si al llegar Gante me pareció precioso, ahora ya me parecía el no va más con la cerveza de litro, las ginebras, las otras cervezas…. todo me parecía maravilloso en ese momento todo menos el camarero zoquete
Dimos nuestros últimos pasos por Gante y cogimos el tranvía rumbo a la estación del tren.
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Llegamos a Bruselas en media hora y nos fuimos directamente a cenar, al Amadeus de la Rue St Catherine 28. Un local muy amplio y muy bonito, con tres comedores de luz tenue y con las paredes cubiertas por estanterías repletas de libros.
Mi mujer no tiene apetito y prefiere no cenar. Yo me pido la especialidad del local, costillas a la brasa. Lo bueno de la cuestión es que puedes repetir costilla cuantas veces quieras (o puedas). La costilla está impresionante y la acompañan con un par de salsas a cual más ricas. La ración de costillas cuesta 15,95 euros en abril de 2.015, cuando fuimos. Para acompañar la carne me inclino por una Leffe oscura.
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Los camareros del restaurante resultan muy atentos, simpáticos y serviciales (incluso a un nivel sorprendente para un local que podíamos llamar económico). En las mesas hay unos magnum de vino tinto con el nombre de la casa y según dice la carta, se puede beber lo que se quiera y los camareros cobran lo que estimen conveniente. Miro la contraetiqueta de la botella y tan sólo pone que está embotellado en Señorío de Jucar, ni denominación de origen ni nada por el estilo. Ni lo huelo. Vade retro. Veo que el bebedizo se puede también pedir por copas (2,25 la copa) o botella (24,75 euros), sin lugar a dudas, precios disparatados para ese vino.
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Acabamos de cenar (o acabo yo, mejor dicho) y nos perdemos por las calles de Bruselas. Pasamos junto al Delirium y entramos al piso del sotano. Mucho ambiente, mucha gente. Chicas con elefantes rosas en la cabeza (no estoy alucinando aún, son gorros con el elefante emblema del local), chavales con visera se mezclan con tipos encorbatados, gente de todo tipo y sobre todo, muy joven, y todos trasegando cerveza.
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Me pido una Delirium Nocturna que resulta muy buena. Estiramos un poquito más la noche por algún otro bar (siento no dar referencias, pero estaba yo ya más a disfrutar que a apuntar nombres en la libreta) y poco después marchamos hacia el hotel, bien agarradito del brazo de mi mujer que el día había sido muy intenso.
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