Nos despertamos y un día soleado nos daba la bienvenida. Era domingo, y no teníamos contratado el desayuno en el hotel. Tras la inspección del ayer, nos dirigimos hacia la zona que había frente al castillo, donde encontraríamos desde boulangeries hasta un Carrefour abierto. Que fue allí donde compramos una botella de leche fresca, riquísima, que junto con los manjares de la boulangerie, nos aportarían energía suficiente para patear la zona.
Paseamos por sus callejuelas, y siendo cerca de las 10, los habitantes de Concarneau y otros turistas, iban haciendo acto de presencia.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
Había buen ambiente, el buen clima invitaba a los transeúntes a tomar las terrazas, pasear disfrutando del despejado día y a respirar el clima comercial de marisco en las puertas de la ciudad amurallada. Un vehículo habilitado para la ocasión, vendía ostras entre otros productos típicos de la zona.
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Acto seguido comenzó la ruta por el interior de la ciudad amurallada, flanqueada por el puerto. A modo de curiosidad, según leí, fue el primer puerto atunero de Europa.
La ciudad se fortificó en la segunda mitad del siglo XIV, cuando en 1373 pasó de mano de los británicos, a manos de los bretones.Desde entonces todavía se conserva la piedra original de las murallas. Un ancla enorme está en el puente que sirve de pasarela para acceder al interior, y objeto de múltiples fotografías, era “la postal” que todos queríamos.
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En el interior, como es costumbre y habéis podido leer a lo largo de las anteriores etapas, yacía una subciudad, Le Ville Close, en la que diversos comercios y restaurantes ofrecían sus servicios con productos típicos. Había una espectacular tienda de chocolates, que además de impactante en variedad y calidad, era carísima. ¡No pude resistir a comprar unas onzas de unas bolitas de chocolate puro!
En medio del paseo de la calle principal había un banco, donde coloqué mi cámara y la dejé realizando un buen trabajo durante unos 15 minutos, mientras yo observaba a la gente pasar.
Al dar la vuelta al interior y dirigirnos hacia la zona superior, descubrimos que en la entrada se habían instalado un grupo musical bretón que con dotes de auténticos juglares, donde la música celta sonaba, nuevamente viajábamos en el tiempo al medievo. Incluso cantaron una preciosa canción en castellano. Vendían cd’s con su música y nos llevamos parte de su arte en un disco de música celta (tenían varios géneros) por 10 ó 15 euros.
Al subir arriba, la vista era un espectáculo, la ciudad bajo nuestra vista, callejuelas y más callejuelas adoquinadas y con tejados bajo nuestra vista; las torretas de vigilancia estaban situadas estratégicamente para controlar todos los accesos. Había una panorámica muy amplia y limpia, todo el puerto podía ser divisado, así como también el acceso tras las murallas.
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Acercándonos a las 12 horas del medio día, pusimos rumbo a Quiberon, un pequeño islote unido por un estrecho paso a la Bretaña, flanqueado por la costa y sus impresionantes acantilados.
Nos esperaban unos 100km de camino, pero seguro merecería la pena. Antes de llegar a destino decidimos hacer una parada para comer un bocata, ya iba siendo hora del almuerzo.
Una vez en Quiberon, fuimos a la punta, a recorrer su costa más salvaje. Empieza “suave”, en una zona residencial, donde si vas a la izquierda acabarás en el puerto, y si vas a la derecha comenzarás a ver el aumento de la costa. Enseguida os daréis cuenta de dónde empieza el atractivo. Pero antes de ello, aparcamos e inspeccionamos unos 10 minutos la costa “suave”, luego hicimos una avanzadilla hasta el puerto, donde no teníamos pensado comer, ya que en la dirección opuesta se encontraba el grueso de su costa. Sin embargo un castillo aislado proporcionaba una estampa mágica, especial y de intriga.
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Tomando rumbo a la derecha accedimos a un aparcamiento bastante amplio en el que había un par de restaurantes con una terraza muy bien ubicada, y también muy abarrotada. El día merecía la ocasión. El atractivo que ofrecía ese emplazamiento era un pequeño acantilado en el que se podía disfrutar del golpeo de las olas, y su veloz avance por un agosto paso que tenía su nacimiento bajo nuestros pies.
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Con tanto ambiente, se nos abrió de nuevo el apetito, y quisimos sentarnos a comer en una de las terrazas, pero eran las 15 horas y no servían comida. Suerte la nuestra que saliendo de este aparcamiento, a escasos 10 metros había otro pequeño restaurante con terraza, donde pudimos comernos unos mejillones con patatas fritas y tomar unos refrescos.
Acto seguido fuimos a por los acantilados, cuando divisamos a una multitud de personas en la costa, nos dimos cuenta de dónde estaba el atractivo. Estacionamos en un lateral y allí fuimos. Una gran roca emergía del mar y hacía de rompe olas antes de que impactaran en la costa. ¡Ver como las olas se comían esa inmensa roca era emocionante! El rugido lo decía todo.
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Ya habíamos visto bastante y los alineamientos de Carnac nos esperaban. 30 minutos de camino nos separaban de Carnac
Al llegar a Carnac fuimos directos al espectáculo natural, una alineación de megalitos donde tenías dos opciones para observar la huella más extensa en todo el mundo de lo que nos dejó el Neolítico: a pie de campo, tras el cerco levantado a inicios de los 90’ debido al riesgo que corrían con motivo de la erosión y las numerosas visitas; o desde un pequeño observatorio a unos 50 metros de distancia del cerco, pero más elevado, donde con una buena cámara podías obtener una imagen plena.
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Tras la visita, y con cansancio acumulado, nuestra próxima parada era Baden, pasando por la localidad costera de Locmariaquer. Lugar donde debíamos habernos quedado a pernoctar, pero teníamos reserva en Baden. Cuando pasamos por Locmariaquer ya nos estábamos arrepintiendo, ese fue sin duda el pinchazo del viaje. Baden fue una equivocación, era domingo, y caía la noche, no había ningún tipo de servicio disponible, ni en los alrededores. Aunque hay comercios y algún restaurante en las inmediaciones, además de un Carrefour, era domingo y no había nada abierto.
El alojamiento, Le Toul Broch ( al menos en domingo y en plan turista), era únicamente para hacer un alto en el viaje y descansar una noche. El hotel estaba bien acondicionado, habitación amplia y completa, parking propio y bar restaurante anexionado (pero el domingo cerrado). Teníamos un hambre bestial, y hurgando con el GPS dimos con un restaurante a escasos 5 ó 10 minutos en coche, no recuerdo como se llamaba, pero era la típica hamburguesería del pueblo que encontraríamos en España que tiene su clientela habitual. Estaba bastante concurrida por cierto. Los camareros eran muy simpáticos y atentos. Cenamos unas creppes saladas y un postre compartido. No era un espectáculo gastronómico, pero era lo que había además de tener mucha hambre.
Ese fin de jornada no era el que esperábamos, aunque al llegar al hotel, pusimos la televisión, nos tumbamos en la cama y nos relajamos sin darle mayor importancia. ¡No todo iba a ser perfecto!