Por fin había llegado el día. Parecía como si empezara un examen de tres semanas de duración. Y si todo aquello que se había planteado en mi libretita roja de espiral se realizaba tal como suponía.
Por cierto, en esa libreta de la que no me despegué en todo el viaje, llevaba un diario y en cada día ponía la planificación a realizar ese día con los tiempos estimados, los puntos que habían que poner sucesivamente en el GPS (imprescindible) previamente introducidos. Lugares posibles para comer y posibles gasolineras del camino y notas con aquella información que pudiera ser importante.
Había que madrugar pues el avión salía a la 6:40 hacia Madrid. Nos esperaba un taxi en la calle que nos llevaría al aeropuerto.
Llegada, facturación y trámites sin incidencias. Cada uno llevabamos una maleta de cabina para el caso de que con los cambios de avión no llegara al principio el equipaje facturado. A las 10:15 llegabamos a Madrid a la T4 y había que desplezarse a la T4S. Podíamos hacerlo sin muchas prisas pues teníamos el tiempo bastante holgado pues saliamos a las 12:45 hasta Los Ángeles. Tras los tramites en la zona de vuelos a los EEUU, saliamos puntualmente hacia California. Nos esperaba un largo viaje de 13 horas.
Pese a tantas horas y que nos llevaron con las ventanillas bajas casi todo el tiempo, es que entretenidos con las películas, las comidas y aperitivos no llegamos a dormirnos, aunque si había que levantarse de vez en cuando y estirar las piernas.
Llegabamos a las 16:30 hora local (nueve de diferencia con Madrid). Y a pasar los trámites de aduana. Ya habíamos pasado el año pasado esta situación en NYC y sabíamos que si coincidíamos con más vuelos, se podía alargar la cosa. No obstante la primera impresión era distinta a los pasillos un tanto estrechos del Aeropuerto Kennedy. Se notaba luminosidad y amplitud en este caso. Cuando bajabamos por la escalera mecánica y llegamos a la sala de pasaportes, la visión era la de una sala enorme con cientos (¿o eran miles?) de personas haciendo los trámites. Nos díjimos aquí nos van a dar la uvas...Pero no fue tanto se notaba que estabamos en la moderna California, con máquinas que te escaneaban el rostro y las huellas digitales. Con "azafat@s" que te indicaban por que fila te debías de meter. Al final " sólo fue algo más de una hora. Eso sí cuando llegamos a recoger el equipaje facturado estaban todas las maletas en el suelo bajadas de las cintas. Por una vez llegaban las maletas antes que nosotros.
Contentos por que todo llegó perfectamente, la siguiente etapa era recoger el coche. Los alquileres están fuera de la terminal y tienen un servicio de "shuttles" que te llevan a la oficina. Llevan por fuera el nombre de la casa. Es muy fácil: al salir de llegadas, la parada de los buses está cruzando la primera calzada a la izquierda.
Los autobuses tienen sitio para colocar el equipaje. Y rumbo a las oficinas de Avis. Estabamos llegando sobre las 18 h. El aparcamiento al aire libre de coches para alquiler es inmenso. Pero el empleado te da el resguardo, te dice el número del aparcamiento, una breve explicación de por dónde tenemos que ir para encontrarlo y que las llaves están puestas. Nos encontramos con un coche mayor del esperado afortunadamente porque el equipaje llena todo el maletero. Tras unas pruebas del funcionamiento del coche por el mismo aparcamiento, tomamos rumbo a la salida. Curiosamente los coches no llevan ninguna identificación de la casa de alquiler, salvo un código de barras en el parabrisas que leen con un lector como en los supermercados
Como no era muy tarde pensamos aprovechar en el camino al hotel, visitar un Walmart y comprar una nevera de corcho y algunas cosillas para pizcar entre horas en los días sucesivos e incluso esa misma noche si nos daba hambre con el desfase horario.
La visita a este hiper se puede considerar turística pues veíamos artículos que aquí desconocemos y sobre todo los tamaños de venta son "colosales". Ya nos daríamos cuenta en días sucesivos que los "escalas" son bastante diferentes a las nuestras. Así que nos paramos más de lo previsto y luego nos metimos en el tráfico de la ciudad. También nos dimos cuenta que allí las distancias son enormes igualmente y los cambios de zonas frecuentes. Hasta llegamos a pasar por un campo de pozos de petróleo. Eso sí, casi todos casa bajas y calles amplísimas. Finalmente llegabamos al hotel Hollywood Downtowner Inn sobre las 9 de la noche.

Motel típico y familiar, con dos pisos y piscina en medio con un aviso en inglés un tanto inquietante: "No bañarse si se tiene diarrea". Nos dan habitación afortunadamente en la parte baja y no hay que subir escaleras. Está bastante bien (128 $ con tax por noche, los cuatro) aunque el baño muestra la antigüedad del local con un luminoso muy de los años cincuenta californianos.

Pero lo importante, limpio y las camas cómodas, aunque la verdad caemos redondos después de casi veinte cuatro horas en planta. Mañana será otro día.