Séptimo día de nuestro viaje por Irlanda. Amanece muy nublado y hay pronóstico de lluvia. Desayunamos en el buffet del hotel Castletroy Park, en Limerick, donde estamos alojados.
Para este día estuve dudando mucho si invertir la mañana en visitar las islas Aran o ir al Parque Nacional de El Burren.
Tras ver muchas fotos de las islas y el precio de los ferrys para llegar a ellas (45 € ida y vuelta por persona para un trayecto de 30 minutos), decidí que no merecía la pena pagar esas cantidades desorbitadas para ver unos lugares que me parecieron más de lo mismo. Visitar el Burren es gratuito y me pareció algo diferente y único. Tal vez me equivoqué y nos hemos perdido algo maravilloso, pero ojos que no ven…
PARQUE NACIONAL EL BURREN
El Burren es una enorme extensión de suelo kárstico calizo que hace millones de años era un fondo submarino, y en algún momento de la historia emergió como consecuencia de algún cataclismo geológico de los gordos. El Parque es una especie de tremendo desierto de roca con pequeñas zonas boscosas puntuales. Es muy fácil ver fósiles en las rocas mientras que vas tranquilamente caminando, y existe una gran variedad de flora autóctona que en primavera llena el parque de color, aunque en esta época (agosto) no va a estar en floración.
Así que hoy por la mañana vamos a visitar el Parque Nacional de El Burren. Para ello hay dos opciones: Una es dejar el coche en alguna de las zonas de aparcamiento dispuestas en determinados puntos del Parque:

Aparcamientos para visitar El Burren
Nosotros elegimos la segunda opción, que consiste en acudir al Centro de Visitantes de El Burren, que está en el cercano pueblo de Corofin, desde donde te llevan en autobús de forma gratuita hasta el Parque, concretamente hasta el punto donde se inician todas las rutas. Es un breve trayecto de 15 minutos escasos. Nos parece más cómodo y evitamos el problema de llegar a los aparcamientos y que estén completos. Eso sí, te tienes que ceñir a los horarios del autobús, que son los siguientes:

Horarios del bus al Parque Nacional de El Burren
A la izquierda, los horarios de salida desde Corofin. A la derecha, los de vuelta desde el Parque.
Es un único autobús que va y viene, pequeñito, con capacidad para unas 18 personas, y se va llenando por orden de llegada; si no cabes en uno esperas a que vuelva. Nosotros tenemos suerte porque no hay mucha gente esperando y cabemos en el de las 11:00 sin tener que esperar al siguiente.
En el Centro de Visitantes nos dan un folletito explicativo donde se detallan las posibles rutas de senderismo a realizar por el Parque, todas ellas balizadas:

Rutas por El Burren
Nosotros pensábamos haber hecho la azul (7,5 km), pero el cielo está muy negro y empezamos a dudar de si será buena idea. Durante el trayecto en el autobús se disipan todas nuestras dudas gracias a la tromba de agua que empieza a caer desde el cielo. Cuando llegamos a El Burren tenemos muy claro que sólo vamos a hacer la ruta blanca (1,5 km) para, por lo menos, llevarnos una impresión general del Parque, ya que estamos aquí.

Rocas kársticas en El Burren

Es muy fácil ver fósiles en las rocas

Atravesando una zona boscosa
La ruta es muy sencillita y es suficiente con llevar unas zapatillas deportivas con una suela que no resbale. Ha sido una muy breve incursión en el Parque y estoy segura de que habríamos visto cosas mucho más espectaculares en la ruta azul. Pero ha sido curiosa la sensación de pensar que estás caminando sobre un suelo que un día fue el fondo del océano, donde hace millones de años hubo toda esa vida que ahora estás viendo grabada en la roca.
Cogemos el autobús de vuelta a las 12:45, el último que hay antes del parón de la hora de comer. En Corofin recogemos nuestro coche y ponemos rumbo a Lisdoonvarna, donde tenemos el alojamiento para esta noche. Por el camino nos planteamos la posibilidad de desviarnos unos 7 km para ver el Dolmen de Poulnabrone, un enorme dolmen de la Edad de Piedra debajo del cual hay restos funerarios. Pero una vez más el aguacero nos desanima.
LISDOONVARNA
Lisdoonvarna fue famosa en la antigüedad por ser una ciudad balneario, pero actualmente debe su popularidad al Matchmaking Festival, que se celebra todos los años en septiembre. Este festival se viene celebrando desde hace 165 años y consiste en que miles de solteros de todo el mundo acuden a esta pequeña ciudad en busca de pareja. Durante todo el mes hay festivales de música, baile y actos de todo tipo para facilitar la tarea. Todo esto surgió a raíz de que en Lisdoonvarna siempre hubo tradición de casamenteros.


La calle principal de Lisdoonvarna
Hacemos el check in en el Puffin B&B, que está situado en un idílico paraje a las afueras de Lisdoonvarna. Desde el jardín de la casa hay unas vistas preciosas de las campiñas circundantes y, a lo lejos, del mar.

Jardín del Puffin B&B
Buscamos un lugar donde comer en Lisdoonvarna. Nos sorprende que, para ser una localidad tan festivalera y que acoge a miles de personas durante el Matchmaking, no hay muchos restaurantes para elegir. Finalmente entramos en uno llamado The Ritz, donde nos dejamos la friolera de 95 €, si bien es verdad que son cuatro platos y cuatro postres, y todo está muy bueno. Todo… menos el agua del grifo que nos ponen en una jarra... ¡que sabe intensamente a moho! Pensamos que está contaminada, o tiene veneno, o le pasa algo raro, pero observamos que la gente de las demás mesas la bebe sin preocupación y llegamos a la conclusión de que el agua allí es así. Tal vez sea que, al tratarse de una zona de balnearios, el agua allí contiene minerales u otros componentes a cuyo sabor no estamos acostumbrados… El caso es que no nos ponemos malos ni nada.
ACANTILADOS DE MOHER
Por la tarde vamos a ver los Acantilados de Moher. Desde Lisdoonvarna llegamos en 15 minutos al gran aparcamiento que tienen allí dispuesto, al que accedemos previo pago de 12 € por cada persona que vaya en el coche.
Había leído que hay gente que se baja del coche antes de pasar la barrera del parking para pagar sólo por el conductor, ya que se puede llegar perfectamente a los acantilados andando. Sin embargo, a nosotros no nos gusta echar mano de la picaresca, y además la entrada da derecho a visitar la exposición interactiva del Centro de Visitantes y la torre O’Brien, así que pasamos los cuatro dentro del coche y abonamos los 48 € de rigor.

Cliffs of Moher en día de lluvia
Los míticos Acantilados de Moher son una de las más típicas imágenes de Irlanda. Se despliegan a lo largo de 8 kilómetros y alcanzan una altura de 214 metros. Son un área protegida porque en ellos anidan muchas especies de aves, como los frailecillos o puffins. La época buena para verlos por allí es entre abril y julio; luego emigran, así que en estas fechas no vamos a poder disfrutar de su simpática estampa.
Se calcula que estos acantilados se formaron hace 320 millones de años, en el Carbonífero Superior, cuando esta zona era la desembocadura de un río. En el perfil escarpado de sus paredes se observan perfectamente las diferentes capas de sedimentos que ese río iba arrastrando y depositando en ellas a lo largo de su historia (pizarra, arenisca y otras rocas sedimentarias).

Diferentes sustratos en los acantilados
En el entorno del Centro de Visitantes hay sendas pavimentadas con losas de piedra cuyo origen es el mismo que hemos visto esta mañana en El Burren: el fondo marino. En ellas hay huellas impresas fosilizadas de todo tipo de pequeños animales y organismos que poblaban el océano hace 320 millones de años.

Pavimento fósil
En el más alto de los promontorios que configuran los acantilados, el más cercano al Centro de Visitantes, se levanta la Torre O’Brien. Se construyó en 1835 como mirador y dicen que en días despejados pueden verse las islas Aran desde su cima.

Torre O’Brien
Justo en la vertical de la Torre O’Brian, emerge del agua un pico rocoso de 70 metros de altura conocido como Breanan Mór. Se cree que está ahí como consecuencia de algún desplome del acantilado en tiempos muy remotos. Al parecer, este picacho sale en una película de Harry Potter que se rodó aquí.

Breanan Mór
Entramos libremente en la Torre O’Brien sin que nadie nos pida ticket alguno y subimos por su enroscada escalera, pero hoy no es día despejado y las vistas desde lo alto no ofrecen nada digno de mención. En lo que sí nos entretenemos un rato es en ver una bonita exposición que hay en el interior de la torre sobre la historia del lugar, con cartas originales escritas de puño y letra por gente de la época, fotografías, recortes de periódico, etc.
Caminamos un buen trecho hacia el sur a lo largo del caminito que recorre todo el borde de los acantilados, lo que nos va ofreciendo diferentes puntos de vista de todo el conjunto.



Más derrumbes de las paredes de los acantilados
El cielo se va tornando cada vez más negro a medida que avanzamos por el borde de los acantilados, alejándonos del Centro de Visitantes. Es un día muy gris y neblinoso, lo cual implica que todo tiene un color apagado, pero la parte positiva es que estamos viendo los acantilados en su salsa, con esa atmósfera fantasmal que crea la bruma.

Diez minutos antes de las siete de la tarde nos damos la vuelta porque hay previsión de lluvia fuerte para las 19:00. Con absoluta precisión, a las 19:00 empiezan a caer las primeras gotas. Aceleramos todo lo que podemos para ponernos a cubierto en el Centro de Visitantes cuanto antes, pero para cuando conseguimos llegar ya estamos empapados.

Regresando a toda prisa hacia el Centro de Visitantes ¡La que está cayendo!
El Centro de Visitantes contiene una exposición interactiva y audiovisuales acerca de los acantilados, su formación, su historia, etc. También hay aseos, tienda de souvenirs y un restaurante. Nadie nos ha pedido la entrada para acceder aquí tampoco.
Regresamos a nuestro alojamiento para adecentarnos un poco y nos acercamos a Lisdoonvarna para cenar. Elegimos el restaurante del Rathbaun Hotel, que está lleno de lugareños atentos a las pantallas de televisión donde se retransmite la participación de unos irlandeses en las Olimpiadas de París. Los precios aquí son más comedidos y cenamos los cuatro con tres bebidas por 54 €, si bien la comida no es nada del otro mundo. Terminamos así otra jornada. Nuestro periplo por tierras irlandesas está muy próximo a su final.