Y por fin llegamos al que previamente los tres habíamos definido como objetivo principal del viaje: la pequeña pero impresionante ciudad de Queenstown. Como creo que indiqué al principio de este diario yo ya había estado en la isla sur de NZ hace cuatro años, y ya por aquel entonces me había parecido el entorno que rodea a la ciudad una auténtica maravilla para los sentidos; también recuerdo que el puñetero jet lag me había jugado una mala pasada y no me había permitido disfrutar al cien por cien de la estancia. Así que, tras hablarles mucho y bien a Ángeles y a Lupe sobre esta pequeña joya poco conocida para los europeos tomamos la decisión de que aquí haríamos base durante unos días a modo de reposo del guerrero y, si hacía falta, nos excederíamos un poco de nuestro presupuesto para, en primer lugar, disfrutar de algunas de las turistadas que tan bien se venden por aquí; y en segundo lugar, para reservar algún alojamiento que, aunque se saliese un tanto de madre, nos los pudiésemos permitir.
Así que manos a la obra. El miércoles día 15 nos levantamos una vez más tempranito para desayunar con Trish, que nos había preparado pan recién hecho, zumos, café, una selección de quesos, mermeladas caseras, muffins también caseros, huevos... en fin, un pequeño festín. Ella tomó café con nostros y nos contó algunas cosas interesantes de la zona, como que el gobierno kiwi tiene un tanto abandonada a la costa oeste de la isla (de bastante difícil acceso, todo hay que decirlo) y que sólo la ganadería y el turismo sostienen a la gente que vive por allí; y también nos recomendó que antes de enfilar hacia el sur nos pasásemos por un mirador que está cerca del lago Matheson, a unos seis kilómetros de su casa, para obtener la mejor fotografía del Fox Glacier. No le faltaba razón:





Tras el sesión fotográfica nos pusimos en marcha y... empezó el espectáculo.
Lo que nos esperaba era para lo que habíamos venido aquí...
A través de la SH 6 llegamos a la costa una vez más, y tras atravesar Haast y tomarnos un café en una curiosa piscifactoría de salmones, donde vimos un mapa que nos pareció muy gracioso:

fuimos bordeando durante un buen rato el río que lleva su nombre hasta llegar a Makarora, antesala de los increíbles lagos Wanaka y Hawea, y donde repostamos tras una larga tirada (75,01 NZD, 50,54 €). No sabíamos donde mirar, ni en qué sitio de la carretera parar: las vistas eran abrumadoras fuera cual fuera la dirección hacia la que dirigieses la mirada. Y la sensación de ver unos lagos majestuosos en los que no hay ninguna construcción alrededor, ni carteles en las carreteras... ¡ni gente invadiéndolo todo!, es desconocida para un europeo. Sacamos mil fotografías, pero ninguna refleja para nada lo que sentimos allí:










El safari fotográfico continuó en la Cordrona Road, que es un desvío que hay que tomar desde la 6 a modo de atajo hacia Queenstown; y desde el Crown Range Summit, que es un lugar situado a 1.076 metros de altitud, el punto más alto en una carretera de toda Nueva Zelanda, también obtuvimos una impresionantes fotografías:



Y por fin, a primera hora de la tarde, llegamos a Queenstown.
Atravesamos la ciudad para llegar a nuestro alojamiento: el Platinum Villa Apartaments, que como ya dije era nuestro pequeño lujo del viaje. Unos 1.350 NZD por tres noches, más o menos 900 €, pero valió la pena:
La villa en sí era impresionante, y las vistas de las Remarkables también. Ademas estaba a tiro de piedra del centro del pueblo, aunque nosotros siempre bajamos en coche. Además del vídeo, aqui dejo unas cuantas fotos:




Tras acomodarnos nos fuimos a dar un primer paseo, lo que sirvió para que ellas, sobre todo ellas, se quedasen con la boca abierta a cada paso que dábamos con el ambiente, con la gente, con todo lo que veíamos:









El día una vez más se había hecho largo, sobre todo por las horas que nos habíamos pasado en la carretera; pero realmente nos habíamos emocionado con casi todo lo que habíamos visto y sentido. Nuestro primer contacto con Queenstown había sido realmente espectacular y, si todo salía bien, los dos próximos días prometían mucho. Asi que nos retiramos poco después de anochecer, pusimos un par de lavadoras en la villa, nos hicimos una buena cena y ¡a descansar!