Nuestro calendario del viaje tenía este día marcado en negrita. Hoy teníamos previstas algunas actividades que, si todo iba bien, tenían que resultar inolvidables.
Y así fue.
Desayunamos estupendamente en el Patagonia, una cafetería-heladería-pastelería que sólo por las vistas del puerto ya vale la pena. Cafés, dos zumos, macedonia con yogur y seis cruasanes medianos, 53,60 NZD (36,12 €). Un tanto caro, lo sé, pero aquí no nos pareció para tanto:

Tras un pequeño paseo nos dirigimos a la que resultaría una de los momentos más divertidos de todo el viaje: el boat ride con la compañía Shotover Jet, que según nos habíamos informado era la única que tenía permiso para operar en los cañones del río Shotover, a unos 10 km. de Queenstown. No sé si es cierto esto último o no, pero una cosa es segura: la media hora larga que estuvimos en el bote recorriendo esos cañones no la olvidaremos nunca. ¡Ni la manera de arrimarse de los pilotos a las paredes...!




La cosa nos salió por 145 NZD a cada uno, más 79 dólares por las fotos y el vídeo del ride (unos 335 € en total), pero valió absolutamente la pena. Con las piernas aún temblando y una sonrisa que no se nos quitaba de la cara volvimos a Queenstown con la intención de seguir viviendo alguna emoción fuerte; y como casi era hora de comer nos fuimos directamente al restaurante del Skyline, un buffet libre al que accedimos mediante una góndola que ya de por sí ofrece panorámicas espectaculares; aunque nada comparado con lo que nos esperaba arriba. Sé que abuso un poco del calificativo, pero una vez más lo que vimos nos dejó sin aliento:








No sabíamos hacia donde mirar. Las montañas Remarkables imponen, pero el lago Wakatipu no se queda atrás sobre todo observado desde nuestra posición y con la suerte de disfrutar de un día tan soleado como el que vivimos. Queenstown resplandecía como una joya, y durante largos minutos nos quedamos observando el inmenso panorama, sin más. Es la mejor forma de disfrutar de semejante belleza.
Tras comer (bastante bien para ser un buffet) en el restaurante nos tomamos de postre dos carreras en los luge, algo que en mi infancia llamábamos carrilanas y que consiste en bajar por una pendiente muy pronunciada con una especia de patinete donde puedes ir sentado, y con un manillar a modo de volante. Lo reconozco: volvimos a sentirnos niños por unos instantes y disfrutamos del momento como enanos. No tengo fotos porque no se permitían, pero esto es más o menos lo que se siente:
Bajamos dos veces: una ganó Angeles, y otra Lupe. Yo, segundo en ambas...
Aún quedaba mucho día, así que decidimos acercanos a Arrowtown, un pueblo que había sido minero pero ahora vive prácticamente y en exclusiva del turismo. Tiene su encanto, pero como todo por aquí cierra muy temprano: a las cinco de la tarde casi no podías tomar ni un café. Paseamos por el antiguo asentamiento en el que aún queda algún vestigio de la comunidad china que principalmente trabajó allí (las condiciones en las que lo hizo, según comprobamos después por curiosidad, no debieron ser las mejores...), nos dimos una vuelta por la calle principal y volvimos casi con prisa para seguir disfrutando de Queenstown:






Una vez de vuelta en 'casa'






Y se terminó el día grande de nuestra visita; o uno de ellos, porque nos esperaban aún unas cuantas jornadas memorables. Pero este día me recordó aquella frase final de Roy Batty en Blade Runner: "he visto cosas que no creeríais..."
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