Hola a todos! somos Javier y Vanesa, en este diario os vamos a hablar de la semana que pasamos por las montañas del norte de Tailandia a principios de Febrero. Vamos a estar recorriendo el sudeste asiático durante tres meses y hemos llegado hasta Chiang Mai tras haber recorrido Malasia, posteriormente seguiremos hacia Laos, Camboya y Vietnam. Para los que estéis buscando información sobre Tailandia os dejamos el enlace a nuestro viaje por las playas del sur y Bangkok que realizamos el año pasado en febrero de 2016, igual os sirve de ayuda (Viaje Tailandia 2016).
La primera tarde en Chiang Mai sufrimos un flechazo con la ciudad. A veces pasa que sin saber muy bien porqué, de repente te sientes muy bien en un lugar que no conoces de nada, esa fue la sensación que tuvimos desde nuestra llegada. Volver a Tailandia en parte nos resultaba volver a algo que ya conocíamos, era casi como regresar a casa. Quién nos iba a decir en 2016 cuando realizamos nuestro primer viaje a Tailandia que no tardaríamos ni un año en regresar por estas tierras, en fin ya sabemos que esto engancha.
Lo primero que hicimos esa misma tarde fue visitar el Wat Chadi Luang, uno de los templos principales de la ciudad. Nos sorprendimos ante esos elefantes que siguen impresionando a cualquiera que los vea y que parecen cansados de continuar sosteniendo sobre sus lomos el peso de una gran pagoda ya derruida.
Tras esta primera visita pusimos nuestros pasos en dirección al Wat Phra Sing, aquí vivimos algo muy diferente, uno de esos momentos que te llegan a lo más profundo, en los que pareces que hayas conectado con alguna energía externa un tanto inexplicable. Intentaré describirlo lo mejor que pueda.
Ya era de noche cuando llegamos a la entrada del templo, aunque todavía quedaba claridad en el cielo, era ese preciso momento en el que ya se ve Venus pero todavía no pueden verse las estrellas. Pues a esa hora un monje nos insistía para que accediéramos al interior del templo, pues nosotros lo creíamos ya cerrado. Los monjes andaban limpiando la moqueta para tenerla reluciente a la mañana siguiente, el templo era bonito, pero nos parecía uno más de los muchos templos que hay repartidos por esta ciudad. Al abandonar el templo principal, comenzaban unos jardines cuidadosamente iluminados, se respiraba mucha tranquilidad, no había absolutamente nadie, tan solo escuchábamos un sonido, una gota que caía a lo lejos con una frecuencia casi exacta.
Siguiendo el misterioso sonido de esa gota, recorrimos el jardín trasero al templo y llegamos hasta el cuenco plateado que la recogía. Justo al lado de ese cuenco descubrimos el gran Chedi Dorado del templo de Wat Phra Sing, era precioso. Vanesa y yo dimos vueltas durante varios minutos a su alrededor, creo que ni siquiera hablamos entre nosotros para comentar algo sobre aquel lugar. Poco a poco de manera muy pausada fuimos abandonando el templo, al salir de él ya era de noche, se podían ver todas las estrellas, recuerdo que miré a Vanesa y los dos íbamos con una sonrisa de oreja a oreja, no había pasado nada allí dentro pero creo que los dos sentimos una paz, una tranquilidad y una energía que pocas veces se sienten. ¿Sabéis qué? si cierro los ojos ahora mismo creo que puedo escuchar esa gota y casi puedo transportarme en mi imaginación hasta aquel momento de una manera instantánea.
Perdón por el relato, y por ponerme tan místico, pero esto lo escribí nada más salir de aquel lugar y quería compartirlo con vosotros. Volvamos a las calles de Chiang Mai.
Esta ciudad, como todas, es para perderse y curiosear por los rincones. No hace falta ni planear que templos quieres ver, son ellos los que te saldrán al paso y acabarás diciendo, anda mira otro templo, y otro, y otro… hay cientos de ellos en el centro de la ciudad.
Otra de las razones por las que estábamos deseando de volver a Tailandia era por su comida, nos moríamos de ganas por volver a probar esos pad thai callejeros que están buenísimos.
Una de las tardes tuvimos la genial idea de montarnos en las bicicletas que nos dejaban gratis en el alojamiento y acercarnos hasta el templo Wat Umong, que estaba a unos 6 kilómetros. Error! ni se os ocurra salir del centro de Chiang Mai en hora punta con vuestra bici, quizás esto haya sido de las cosas más peligrosas de todo el viaje, el tráfico era brutal, y lo pasamos bastante mal para llegar hasta nuestro destino.
Una vez en el Wat Umong llegamos tan estresados que ni disfrutamos del lugar, lo único que queríamos era volver antes que anocheciera y soltar las bicicletas cuanto antes.
Otro de los planes que teníamos en la cabeza era el de alquilar una moto y movernos por los alrededores, por suerte durante los dos primeros días nos dimos cuenta que la policía hacía muchos controles, sobre todo paraban a turistas que iban en moto y si no llevaban el carné de conducir internacional estaban obligados a pagar una multa de unos 400THB. Se nos quitaron las ganas y nos organizamos nuestros planes de manera diferente. Si estáis pensando alquilar motos por el sudeste asiático lo mejor es venir con el carné de conducir internacional y os evitaréis un problema.
Uno de los lugares más famosos de la ciudad es el templo de Doi Sukhet, para llegar hasta allí nos subimos a un Songtaew, unas camionetas rojas famosas en Chiang Mai que funcionan a modo de taxis por toda la ciudad. El templo nos dejó un poco insatisfechos, pasa lo mismo que en el Gran Palacio de Bangkok, es un templo muy bonito pero hay tantos turistas que se hace difícil poder disfrutar del mismo.
Nos han gustado mucho más cualquiera de los templos que hay repartidos por la Old City, en ellos muchas veces te encuentras en solitario, o rodeados por niños que se encuentran en la hora del recreo y que usan un templo como lugar de juegos, lógicamente las sensaciones son bien diferentes.
Resumiendo, Chiang Mai ha sido un sorpresón, seguramente haya sido de las ciudades que más nos ha gustado de todas las que hemos visto en estos meses de viaje. Os recomendamos nuestro alojamiento en la ciudad, La Maison Verte. Las habitaciones son humildes pero tienen todo lo necesario, los chicos de recepción nos dieron muchos consejos prácticos y nos ayudaron en todo lo que pudieron.
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La primera tarde en Chiang Mai sufrimos un flechazo con la ciudad. A veces pasa que sin saber muy bien porqué, de repente te sientes muy bien en un lugar que no conoces de nada, esa fue la sensación que tuvimos desde nuestra llegada. Volver a Tailandia en parte nos resultaba volver a algo que ya conocíamos, era casi como regresar a casa. Quién nos iba a decir en 2016 cuando realizamos nuestro primer viaje a Tailandia que no tardaríamos ni un año en regresar por estas tierras, en fin ya sabemos que esto engancha.

Lo primero que hicimos esa misma tarde fue visitar el Wat Chadi Luang, uno de los templos principales de la ciudad. Nos sorprendimos ante esos elefantes que siguen impresionando a cualquiera que los vea y que parecen cansados de continuar sosteniendo sobre sus lomos el peso de una gran pagoda ya derruida.

Tras esta primera visita pusimos nuestros pasos en dirección al Wat Phra Sing, aquí vivimos algo muy diferente, uno de esos momentos que te llegan a lo más profundo, en los que pareces que hayas conectado con alguna energía externa un tanto inexplicable. Intentaré describirlo lo mejor que pueda.
Ya era de noche cuando llegamos a la entrada del templo, aunque todavía quedaba claridad en el cielo, era ese preciso momento en el que ya se ve Venus pero todavía no pueden verse las estrellas. Pues a esa hora un monje nos insistía para que accediéramos al interior del templo, pues nosotros lo creíamos ya cerrado. Los monjes andaban limpiando la moqueta para tenerla reluciente a la mañana siguiente, el templo era bonito, pero nos parecía uno más de los muchos templos que hay repartidos por esta ciudad. Al abandonar el templo principal, comenzaban unos jardines cuidadosamente iluminados, se respiraba mucha tranquilidad, no había absolutamente nadie, tan solo escuchábamos un sonido, una gota que caía a lo lejos con una frecuencia casi exacta.

Siguiendo el misterioso sonido de esa gota, recorrimos el jardín trasero al templo y llegamos hasta el cuenco plateado que la recogía. Justo al lado de ese cuenco descubrimos el gran Chedi Dorado del templo de Wat Phra Sing, era precioso. Vanesa y yo dimos vueltas durante varios minutos a su alrededor, creo que ni siquiera hablamos entre nosotros para comentar algo sobre aquel lugar. Poco a poco de manera muy pausada fuimos abandonando el templo, al salir de él ya era de noche, se podían ver todas las estrellas, recuerdo que miré a Vanesa y los dos íbamos con una sonrisa de oreja a oreja, no había pasado nada allí dentro pero creo que los dos sentimos una paz, una tranquilidad y una energía que pocas veces se sienten. ¿Sabéis qué? si cierro los ojos ahora mismo creo que puedo escuchar esa gota y casi puedo transportarme en mi imaginación hasta aquel momento de una manera instantánea.
Perdón por el relato, y por ponerme tan místico, pero esto lo escribí nada más salir de aquel lugar y quería compartirlo con vosotros. Volvamos a las calles de Chiang Mai.

Esta ciudad, como todas, es para perderse y curiosear por los rincones. No hace falta ni planear que templos quieres ver, son ellos los que te saldrán al paso y acabarás diciendo, anda mira otro templo, y otro, y otro… hay cientos de ellos en el centro de la ciudad.

Otra de las razones por las que estábamos deseando de volver a Tailandia era por su comida, nos moríamos de ganas por volver a probar esos pad thai callejeros que están buenísimos.

Una de las tardes tuvimos la genial idea de montarnos en las bicicletas que nos dejaban gratis en el alojamiento y acercarnos hasta el templo Wat Umong, que estaba a unos 6 kilómetros. Error! ni se os ocurra salir del centro de Chiang Mai en hora punta con vuestra bici, quizás esto haya sido de las cosas más peligrosas de todo el viaje, el tráfico era brutal, y lo pasamos bastante mal para llegar hasta nuestro destino.


Una vez en el Wat Umong llegamos tan estresados que ni disfrutamos del lugar, lo único que queríamos era volver antes que anocheciera y soltar las bicicletas cuanto antes.
Otro de los planes que teníamos en la cabeza era el de alquilar una moto y movernos por los alrededores, por suerte durante los dos primeros días nos dimos cuenta que la policía hacía muchos controles, sobre todo paraban a turistas que iban en moto y si no llevaban el carné de conducir internacional estaban obligados a pagar una multa de unos 400THB. Se nos quitaron las ganas y nos organizamos nuestros planes de manera diferente. Si estáis pensando alquilar motos por el sudeste asiático lo mejor es venir con el carné de conducir internacional y os evitaréis un problema.
Uno de los lugares más famosos de la ciudad es el templo de Doi Sukhet, para llegar hasta allí nos subimos a un Songtaew, unas camionetas rojas famosas en Chiang Mai que funcionan a modo de taxis por toda la ciudad. El templo nos dejó un poco insatisfechos, pasa lo mismo que en el Gran Palacio de Bangkok, es un templo muy bonito pero hay tantos turistas que se hace difícil poder disfrutar del mismo.


Nos han gustado mucho más cualquiera de los templos que hay repartidos por la Old City, en ellos muchas veces te encuentras en solitario, o rodeados por niños que se encuentran en la hora del recreo y que usan un templo como lugar de juegos, lógicamente las sensaciones son bien diferentes.


Resumiendo, Chiang Mai ha sido un sorpresón, seguramente haya sido de las ciudades que más nos ha gustado de todas las que hemos visto en estos meses de viaje. Os recomendamos nuestro alojamiento en la ciudad, La Maison Verte. Las habitaciones son humildes pero tienen todo lo necesario, los chicos de recepción nos dieron muchos consejos prácticos y nos ayudaron en todo lo que pudieron.
