18 de julio.
Amanece soleado en Copenhague y nos dispusimos a patear la ciudad entera. Nuestro presupuesto era ajustado, así que todo lo recorrimos a pata y sin entrar en los lugares que había que pagar por ello. Entramos a ver el patio y el famoso reloj del Ayuntamiento, precioso, luego paseamos por la calle Stroget, una calle comercial sin más, con plazas bonitas y de camino a otros lugares de interés como la Catedral y la torre Rundetarn. Seguimos avanzando por los jardines del Castillo Rosenborg, luego la Galería Nacional y caminata hasta el Kastellet, la sirenita y la fuente Gefion.
En una mañana habíamos visto prácticamente la ciudad entera, comimos y pasamos la tarde por la zona icónica de Nyhavn.

Caminata de vuelta al albergue, era temprano aún pero prácticamente habíamos visto lo que nos interesaba de la ciudad así que aprovechamos la maravillosa terraza el Sleep in heaven, aprovechamos la hora feliz, 2x1 en cervezas y 10 chupitos 50 coronas. Chollazo. El ambiente allí lo pusimos nosotras, cómo no, las españolas escandalosas, qué carajo, éramos la alegría de la huerta, tras unas cuantas cerveza y chupitos empezamos a agregar gente a la mesa, gente de chile, Brasil, suiza,… yo solo veía venir chupitos de Jagermeister. En la mesa se hablaba en 4 idiomas: español, portugués, francés e inglés. Un lío tremendo pero todos nos entendíamos la mar de bien. Cerramos la terraza, solo nos dejaban estar allí hasta las 22:00, ningún problema, la fiesta continuó dentro, billar, chupitos, bar,…
Fotito con algunos de los amigos internacionales que hicimos

Nos lo pasamos tan bien que no nos acordábamos de que a las 7 de la mañana salía un bus que nos llevaba hacia Malmo, nuestra siguiente parada. Con la borrachera que teníamos encima, decidimos volver a la habitación, ducharnos como pudiéramos y dormir un par de horas. Cuál fue nuestra sorpresa, al encontrarnos a una muchacha en la habitación, de Finlandia, pero nosotras la llamábamos “la china”. Pobrecita. Intentamos no hacer ruido pero era imposible. No podíamos dejar de reir y hablar. La pobre finlandesa con más paciencia que una santa sólo nos mandó a bajar la voz una vez. Nosotras lo intentamos, palabrita, pero era imposible.