El octavo día de viaje nos trasladaba a Ueno con interés en visitar el parque y entrar al Museo Nacional de Tokio, pero finalmente hicimos incluso más cosas de las previstas. Por la tarde teníamos previsto ir a Ginza, pero después de mirar bien lo que nos íbamos a encontrar, decidimos volver a Shibuya para ver si la podíamos recorrer mejor sin lluvia. Pese a todo, a primera hora de la mañana el clima seguía inestable y, de vez en cuando, la lluvia caía con algo de fuerza.
Entramos al enorme parque Ueno sin muchas prisas, pues llegamos más o menos una hora antes de que abrieran el museo. Queríamos dar un buen paseo por el parque y ver lo que nos podía mostrar, sabedores de que allí se encontraban decenas de templos y santuarios y, quién sabe, quizá nos topábamos con alguno interesante de ver. Paseando por allí sí que encontramos algunos templos bien cuidados, no muy grandes pero con sus jardines y sus zonas. Recorrerlo sin apenas gente siempre es de agradecer y, por ello, los madrugones los agradecíamos.

También vimos algún santuario con un pequeño camino lleno de toriis que nos recordaba la futura visita al Fushimi Inari (salvando mucho las distancias, claro). Alguno de los templos más grandes estaban cerrados a esa hora, hasta que llegamos a una zona donde había ya mucha gente haciendo una cola bastante extensa. Nos preguntamos qué pasaba y nos dimos cuenta de que era la cola para entrar al zoo de Ueno, que todavía no había abierto.
Sin saber el por qué de tanta cola para entrar al zoo (luego lo descubriríamos), nos encaminamos hasta el Museo Nacional. Lo cierto es que acabamos un poco decepcionados de lo que allí encontramos. Salas bastante vacías en su mayoría y bastante iguales (no sé si éramos nosotros, pero las armaduras y espadas de samurais y los distintos kimonos de las distintas épocas se parecen muchísimo aunque hubieran pasado cientos de años y, a veces, no sabías en qué siglo estabas, aunque ésto no es culpa del museo, por supuesto).
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Es posible que nos esperáramos una especie de Louvre, British Museum, Museos Vaticanos o los museos de la Acrópolis y, como no encontramos algo parecido, nos llevamos esa decepción. Lo cierto es que finalmente encontramos alguna sala interesante con objetos prehistóricos y, antes de irnos, entramos a otro edificio con una exposición con muchas piezas de Egipto y otras zonas de Asia distintas a Japón que quizá fue de lo mejorcito. Es posible que por la distribución de estar en edificios distintos, algo se nos escapara, pero pensábamos que habría mucho más contenido de épocas pasadas japonesas y nos supo a poco ver en cada sala la típica armadura, la típica espada, el típico kimono y el típico pergamino. Lo dicho, quizá demasiado iguales o quizá nosotros que no nos enterábamos bien de lo que veíamos.

Debido a que teníamos más tiempo del previsto, decidimos acercarnos al zoo y al ver el precio (¡600 yenes, alrededor de 6 euros!) nos decidimos a entrar. Nada más entrar ya vimos el por qué de la cola que había más de media hora antes de que abrieran, y más siendo domingo y con muchos padres con sus hijos: la visita al Oso Panda. En el recinto de entrada había una cola que, atención, ¡¡llegaba ya a las más de dos horas y media sólo para ver al panda!! Pese a lo bonito que hubiera sido verlo, no pretendíamos estar allí a pleno Sol (sí, la lluvia parecía que empezaba a desaparecer) durante tanto tiempo sólo para una visita rápida.
Visitamos todo el zoo, viendo algunas especies que por aquí no suelen ser comunes (la mayoría pájaros o reptiles) y algunas otras que aquí creo no veríamos nunca en un zoo (¡ardillas!). Lo cierto es que quizá era el zoo más grande de los que hemos ido, dividido en dos secciones a las que podía accederse con un tren colgante (de pago) o caminando por un paseo y pequeño puente que pasa por encima de la carretera. El estanque enorme al aire libre lleno de nenúfares y la variedad de animales de todas partes del mundo nos dejó satisfechos ante una visita que no habíamos programado.
Finalmente, descartamos del todo Ginza y nos encaminamos de nuevo a Shibuya, pues el primer día entre el jet lag, el cansancio del viaje y la lluvia, no la pudimos ver cómodamente. Allí que llegamos de nuevo y, si el lunes había gente, este día al ser domingo había muchísima más gente. El famoso paso de cebra estaba a reventar de gente cada vez que el semáforo se ponía en verde, la cola para hacerse la foto con Hachiko triplicaba la del lunes, habían varios puestos abiertos, un chico dando abrazos gratuitos y una violinista promocionándose en la calle que tocaba a las mil maravillas. De nuevo el Starbucks estaba repleto de gente, así que lo volvimos a descartar y nos metimos en unas cuantas calles más lejanas, entrando de vez en cuando en alguna tienda y buscando todo lo que podíamos encontrar de nuevo.

Lo cierto es que estas tiendas están repletas, con varios pisos, pasillos muy estrechos donde apenas caben dos personas y estantes llenos de cualquier tipo de cosa. Son como supermercados pero comprimidos a su máxima expresión y en donde puedes ir tanto a hacer la compra del día, como a comprarte ropa, como a buscar productos tecnológicos, como a encontrar tu sección de disfraces y fiestas, como también secciones de contenido erótico. Todo allí metido en una o varias plantas, desde el suelo hasta el techo lleno de cualquier producto que te puedas imaginar (imposible contar cuántos diferentes Kit Kat pudimos encontrar). Y, lo mejor de todo, todo en orden, sin apenas cosas fuera de lugar o ropa por el suelo o productos revueltos como a veces encuentras aquí en España en tiendas de ropa muy concurridas en donde la gente deja las cosas donde les parece, el suelo está lleno de ropa caída, sucia y chafada o no ves las cosas con orden.
Ya sólo nos quedaría un día más en Tokio capital, pues al día siguiente nos tocaba viajar a Nikko en una excursión que fue menos productiva de lo que nos hubiera gustado.


