Entramos en el mes de julio en Miyajima y encarábamos ya casi la recta final del viaje aunque todavía faltaban muchos lugares por visitar y toda Kioto por ver. A las 7:47 salía el tren que queríamos coger para volver a Hiroshima, así que había que coger el ferry un buen rato antes y, por tanto, tocaba madrugar de nuevo, algo ya habitual y a lo que estábamos plenamente acostumbrados. Recogimos la gran mochila que nos había servido para todas estas visitas en las que hacíamos noche y que utilizaríamos hoy por última vez y salimos hacia el puerto para coger el ferry. A esas horas ya venía bastante cargado, en este día en concreto además estaba lleno de piragüistas que suponemos vendrían para alguna competición o algo parecido. Nosotros salíamos de la isla casi solos y pronto estábamos ya en el tren de camino a Hiroshima.
El día acompañó en casi todo momento, con Sol y calor de forma mayoritaria. Alrededor de las 8:20 de la mañana ya nos encontrábamos en Hiroshima y tuvimos tiempo de subir al primer tranvía que allí estaba esperando y que nos dejaría cerca de la zona de la bomba atómica. Dentro del tranvía el revisor nos dio cambio para que la salida fuera más rápida (piensan en todo estos japoneses, sobre todo en cuanto a puntualidad) y, después de unos minutos de trayecto, llegábamos a destino.
Sobran las palabras en un lugar como el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima. El edificio llamado Cúpula de la Bomba Atómica fue el primero que nos recibía, un famoso edificio que quedó casi del todo en pie después de la caída y muy cerca de donde la bomba explotó. Pese a que por dentro se ven las barras metálicas para evitar que acaba derrumbándose, es impresionante que haya sobrevivido en ese estado durante tantísimos años y que no cayera a pesar de la cercanía de la explosión.

Seguimos recorriendo el parque y visitando todos los monumentos que allí se han ido construyendo. Nos acercamos y entramos al Pabellón Conmemorativo de la Paz de Hiroshima para las Víctimas de la Bomba Atómica, una estructura que va hundiéndose en la tierra y en la que se baja por un pasillo circular con algunas zonas con explicaciones de lo que ocurrió. Bajo del todo, en la sala principal, parece ser que en la pared hay tantos trozos como personas murieron allí, o eso creímos entender. La visita a este pabellón seguía hasta volver a salir al exterior después de pasar una sala con vídeos sobre la vida de algunos de los que murieron. El silencio que se respiraba allí entre todos los presentes daba cuenta del respeto mostrado en estas zonas.
Finalmente nos dirigimos al Museo de la Bomba Atómica. El pabellón central estaba en obras, como así conocíamos de antemano, así que nos tuvimos que conformar con el pabellón este. Allí se exponía una sencilla visita con todos los detalles de por qué sucedió, cómo sucedió y las repercusiones que tuvo. Recreaciones en pseudo 3D para ver cómo la bomba destrozó toda la ciudad, imágenes del antes y después, explicaciones de cómo empezó todo, los tratados que hubo, los ataques japoneses y norteamericanos, etc. Todo ello con alguna sala de vídeo entre medias donde mucha gente escuchaba los testimonios de supervivientes y una zona final con objetos que se recuperaron justo después de caer la bomba, como ropa de niños y adultos, utensilios, etc. Puede que nos perdiéramos muchas cosas que habrían estado en el pabellón principal, pero, aunque la historia la conocemos, siempre impacta. No quisimos ni siquiera tomar fotos de los detalles del museo, pues en ningún momento nos salió la “necesidad” de fotografiar todo aquello.
Después de estar toda la mañana de visita por la zona, decidimos comenzar el camino de vuelta pasando antes por alrededor del castillo a ver qué tal. Iniciamos la caminata y encontramos algún cruce donde unas 20 o 30 personas estaban detenidas mirando atentamente a sus móviles. Los gestos de algunos de ellos los delataban, ¡jugando al Pokémon Go! Continuamos hasta llegar a los exteriores del castillo y visitamos una zona accesible gratuitamente, aunque no quisimos seguir pues ya habíamos tenido bastante viendo el de Himeji el día anterior. Seguimos paseando por la ciudad hasta la estación pensando en que “todo” es completamente nuevo después de la bomba. Fue el momento donde empezó a llover y, durante unos instantes, parecía que iba a caer fuerte, pero fue una falsa alarma y unos minutos después el Sol, y el calor, volvió a lucir.

Iniciamos el trayecto de vuelta más pronto de lo planificado y, pese a que teníamos una reserva de shinkansen un par de horas después, la adelantamos en un hueco que encontramos para tomar rumbo de nuevo a Kioto. Durante el trayecto decidimos adelantar la visita a Osaka. Ya que íbamos a llegar a Kioto sobre las 17:00 y que allí ya estaría todo cerrado, pensamos en acercarnos a Osaka la cual, en principio, la teníamos prevista para el día siguiente. Pero ya que teníamos tiempo y pensábamos que el siguiente día sería más agotador y la previsión del tiempo era peor, nos acercamos. Volvimos a hacer check-in en el The Garnet Hotel Kyoto Station donde seguían nuestras maletas en consigna y nos dirigimos a la estación para coger el tren hasta Osaka. Bendito JR Pass.
Mirando por la ventanilla del tren en ningún momento supe cuándo terminaba Kioto y cuándo comenzaba Osaka, o cuántos pueblos habríamos atravesado entre medio de ambas. Se veían siempre edificios por todos lados hasta que llegamos a la estación de Tennoji. Cambiamos y cogimos el metro hasta la estación JR-Namba por la línea Yamatoji y desde allí ya nos dirigimos a la calle Dotonbori, objetivo que teníamos puesto en Osaka, pues en principio no íbamos a volver a visitarla más a fondo como así sucedió al final.

Quizá por ser domingo por la tarde, quizá por ser bastante más extensa, quizá por sus calles paralelas y perpendiculares, quizá por el Glico o quizá por el pequeño río paralelo a la calle, lo cierto es que nos gustó mucho más que la calle Takeshita de Tokio. Había bastante gente pero en ningún momento nos sentimos abarrotados, así que pudimos pasear con tranquilidad buscando primero el Glico, que no encontramos en la pasada inicial, y siguiendo la ruta de vuelta luego al lado del río hasta que, ahora sí por fin, lo encontramos. Como ya se iba haciendo de noche, la iluminación empezaba a destacar y el río estaba lleno de lámparas típicas japonesas y muchos detalles que hacían que esta zona fuera muy agradable de ver.

Sin darnos cuenta, pasaron unas tres horas volando y todavía nos daba la sensación de que había mucha más calle y calles alrededor por ver, pero no queríamos perder los últimos trenes del día ni arriesgarnos a coger el último, así que volvimos a la estación para deshacer el camino hecho y volver hacia Kioto. Tuvimos tiempo de ver cómo en Osaka los japoneses se ponen al revés que en el resto del país en las escaleras mecánicas, una curiosidad siempre comentada.

Llegamos a Kioto bastante cansados y agradecidos ya de no movernos del hotel en los días que quedaban. Pero aún nos quedaban dos días de JR Pass y eran los que íbamos a aprovechar con la visita a la zona de Arashiyama al día siguiente, para acabar la tarde con los templos de la zona oeste, y con Nara y Fushimi Inari dos días después.
