De nuevo amaneció un día gris y lluvioso.
Decidimos ir a Salzburgo, con la premisa de entrar en algún lugar cerrado y confiar en que a lo largo del día fuera aclarando el tiempo.
La primera impresión con el tiempo era descorazonadora. Llegamos al centro comercial (Designer Outlet) donde habíamos decidido aparcar el coche y coger el autobús 10, que lleva en unos 15 minutos al centro de la ciudad (de forma gratuita con la Salzburgerland Card). La lluvia era particularmente intensa, y por las calles pasaban pequeños ríos que había que saltar para cruzar de acera.
Entramos en primer lugar en la fábrica museo de Stiegl. La visita nos resultó entretenida e interesante, el museo muy bien montado. Y nos dio tiempo de secarnos. Aprovechamos, y como seguía lloviendo, nos quedamos a comer allí. Y tengo que decir que fue uno de los días que mejor comimos. Platos generosos, de comida típica y con nuestras jarritas de cerveza.
Por suerte, al salir, empezó a llover solo a ratos. Volvimos a coger el autobús y nos dirigimos a la plaza de Mozart, donde empezamos a ver ambiente, puestos en la calle y músicos. Nos encantó la ciudad, y empezamos a relajarnos y disfrutar de los primeros rayos de sol que veíamos en Austria.
Empezamos por el cementerio e iglesia de Sankt Peter, y visitamos también las catacumbas.
Después subimos a la fortaleza en el funicular, disfrutando de las vistas sobre la ciudad y el río. En la fortaleza se visitan varias exposiciones sobre la historia militar. Pero lo que más nos apetecía era caminar… estuvimos callejeando por Universitatsplatz y Getreidegasse, y después por el paseo del río llegamos a los jardines de Mirabel.
Como habíamos hablado de volver a otra terma por la tarde, los niños sólo tenían eso en la cabeza, y ya no había ningún plan que les apeteciera tanto. Así que, una vez acabó nuestro paseo por los jardines, empezaron a proponer de forma insistente que fuéramos a por el coche. Y así hicimos.
Elegimos la Therme Amadé, que resultó todo un acierto. Nos gustó tanto o más que la anterior, y además con muy poquita gente, por lo que se pudieron subir en los toboganes tantas veces como quisieron. La zona de spa, súper amplia y muy bien organizada, con unas vistas espectaculares.
De nuevo, un final estupendo después de las visitas del día.
Volvimos al apartamento para cenar, confiando en las predicciones del tiempo para el día siguiente, en el que parecía que podríamos ver alguna cosa más al aire libre.



