Nos subimos al tren para ir a la ciudad de Romeo y Julieta, que dicho sea de paso es mucho más que eso, tiene de todo, la caminamos de punta a punta, y todo lo que vimos me gustó muchísimo.
Cuando llegas en tren hay que caminar por una avenida que te lleva directamente a la Arena, que no es otra cosa que el coliseo de Verona.

Verona tiene muchas plazas con edificios palaciegos, yo recuerdo uno al que se podía pasar y subiendo unas escaleras podías subir a una torre, todo el conjunto muy bonito.

También me viene a la memoria un monumento a la entrada de una iglesia, que en realidad eran dos tumbas enfrentadas, recuerdo que fuimos a varias iglesias, algunas muy antiguas y con lindos claustros.

La calle comercial muy concurrida, igual que la casa de Julieta, cuando pasas el portón entras a un patio de pocas dimensiones atestado de gente donde hay un enrejado para que los enamorados dejen sus candados y una estatua en bronce de Julieta que dicen que hay que tocarle un pecho, no se para que, supongo que será para conseguir un Romeo. Si quieres podes subir al balcón para la foto típica, no lo hicimos. Le saque una foto desde el patio cuando entro una y antes que saliera la próxima turista y para mi suficiente.

También hay carteles por la ciudad que te indican donde está la casa de Romeo pero como ahora es una casa particular solo ves un cartel que dice que en ese lugar vivió Romeo, no son tontos los veroneses, es la ciudad de los enamorados y hay que conseguirle una casa al muchacho aunque no se vea nada.

De Verona volvimos a Milán, nuestra base y última ciudad de nuestro periplo.
En resumen Verona me sorprendió, como dije es mucho más que el lugar de los amantes famosos, una ciudad que de verdad me pareció preciosa.
FINAL
Que mejor que Verona para dar fin a estos recuerdos, espero no haberlos cansado mucho y espero haber podido trasmitirles a los que se hayan tomado el trabajo de leer hasta el final las emociones de este viaje en el que recorrimos Italia de sur a norte, un viaje completo que agradezco haber podido hacer, en compañía de una grande que, como siempre, acompañó todas mis locuras.