Llegada a las Esporadas, vuelos y toma de contacto

Volamos hacia Atenas el 16 de agosto en el vuelo de mediodía, realmente el único que han dejado de ida este verano, salida de la Terminal 1 de Barajas, el aeropuerto bastante vacío y hay que reconocer, mitad emoción, mitad nervios, una situación atípica pese a saber que estábamos sanos y habíamos cumplido todas las medidas recomendadas a lo largo del verano. Nunca habíamos volado con esa sensación.
En el mostrador de facturación enseñamos el formulario de localización del pasajero, imprescindible para volar a Grecia, junto con las tarjetas de embarque y los documentos de identidad, todo en orden.

El embarque fue organizado, vuelo tranquilo, Aegean nos dio un pequeño snack de minibocadillo, bebida y unas galletas, lo suficiente, observé como todos comíamos rápidamente para volver a colocarnos la mascarilla.
El desembarque en Atenas de cinco en cinco filas, ordenadamente, cogemos el bus y llegamos a la terminal, hay dos colas con dos personas de seguridad revisando códigos, cuando nos toca a nosotros nos preguntan si somos familia y nos dicen que solo mi marido debe hacerse la prueba PCR, en nuestro vuelo vamos bastante gente a esta cola, trámite rápido, la prueba es bucal.
Nada más terminar nos vamos a la puerta de embarque del vuelo a Skiathos que sale puntual, también nos dan un pequeño snack y a las 19:45 aterrizábamos por fin en el paraíso, no solo por sus playas, sino por lo que nos supone desconectar y cambiar de aires, por fin. En el aeropuerto cogemos un taxi a medias con un señor mayor griego y nos lleva a nuestros hoteles, el nuestro es el Filoxenia, hotel en el centro del pueblo, muy cerca de la calle comercial, sencillo y correcto, la dueña nos da un apartamento en el último piso con terraza, 2 habitaciones, cocina y baño, no necesitamos nada más que ducharnos y dormir, así que de sobra.
Tras una rápida ducha y un cambio de ropa salimos a cenar y dar un paseo, teníamos tantas ganas de esto, de volver a Grecia, de sentir el estar de vacaciones tras los duros meses sin salir de casa…, nos sentimos felices y mi hija la que más, los niños siempre nos dan lecciones, adaptándose a todo y valorando cada momento.
Vemos menos gente de la que hubiera habido cualquier agosto, pero este es diferente, pese a ello, la calle Papadiamantis está animadilla, muchas tiendas, solo algunas personas llevan mascarilla. Bajamos hasta el puerto y nos ubicamos, buscamos uno de los restaurantes de mi guía que está frente al puerto, entre el final de Papadiamantis y la parada de bus del puerto.
Todos los precios son de comidas y cenas para tres, porque se puede decir que la niña ya come como el que más, además de llevar añorando sus platos griegos favoritos todo el invierno.
Mouragio, cenamos en la terraza; ensalada griega, saganaki, calamares y gambas saganaki, dos Mythos, refresco de naranja y agua. 38 €.
Tras la cena damos un pequeño paseo por el puerto, pero como sabemos que al regreso de las demás islas, el 27 de agosto, habrá menos gente, preferimos reservar energías para entonces, también cuando regresemos cuento más cositas de esta islita, turística sí, pero a la que creo hemos pillado en su mejor momento, pese a todo.