La noche en Bwindi fue fresquita, tanto es así que nos habían puesto en la cama bolsas con agua caliente igual que me hacía mi padre de pequeño cuando veníamos de pescar angulas.
Nos llevaron a una zona a 500 metros de nuestro hotel donde se reúnen todas las personas y guías que van a visitar los gorilas. Allí hicimos media hora de briefing en el que nos dieron las pautas básicas de como actuar con los gorilas y sobre todo la distancia mínima a la que podíamos estar junto a ellos, 10 metros.
Tras las explicaciones, unas chicas de algún tipo de asociación de mujeres nos hicieron una exhibición de baile tradicional y después de los aplausos, nos separaron en grupos de menos de 10 personas y nos asignaron a cada uno una familia de gorilas.
Cogimos las mochilas y nos pusimos en marcha hacia uno de los hitos de este viaje.
La búsqueda de los gorilas transcurre por un sendero muy claro pero bastante exigente.
En la selva impenetrable llueve casi todos los días del año y el suelo está siempre mojado, por lo que hay bastante barro. Tuvimos suerte y nos tocó una familia de americanos que estaban muy en forma a pesar de que los padres rondarian los 65.
En aproximadamente hora y media llegamos a una zona plana de la montaña donde nos dijeron que estuviéramos en silencio y nos pusiéramos las mascarillas. Y así de pronto nos llaman los hombres que habían buscado a los gorilas; los teníamos a menos de 20 metros de nosotros escondidos entre la densa vegetación.
La primera impresión al verlos es difícil de explicar. Tenía los ojos llorosos de la emoción de lo que estaba viendo. Estábamos en medio de la selva, junto al simio más parecido al humano y que además esta en riesgo extremo de extinción. Sin duda es un momento mágico de esos que no se olvidan y solo se vive algúna rara vez en la vida.
Poco a poco ellos mismos se fueron aproximando hacia nosotros y los buscadores de gorilas iban abriéndonos espacio entre la maleza para que estuviéramos más cerca. La norma básica de los 10 metros debe de ser eso, una norma, por que ellos mismos nos decían que nos acercaremos hasta que llegamos a estar a apenas 2 metros.
Primero apareció una madre con su bebé y después aparecieron 2 pequeñitos que no paraban de jugar ante nosotros.
Y de pronto allí estaba, el espalda plateada.
Impresiona muchisimo el tamaño y la fuerza que tiene. Rompia las ramas como quien parte un palillo de dientes.
Fue una hora con ellos, viendo cómo jugaban y comían y de pronto el silver back dio la orden y todos se fueron con él para otra zona. Parecía que llevaban un reloj. Pienso que quizá estén acostumbrados a la hora exacta y ellos sienten cuando ese tiempo ha terminado, no se, aunque a mí me gustaría pensar que fue una bonita casualidad.
Sea como fuere fue un momento chulísimo ver marcharse a toda la familia junta colina arriba.
De vuelta al punto de reunión, paramos a comer en una zona acondicionada con bancos y una mesa bajo unos arboles.
De camino vimos un par de monos y un cervatillo, pero señalar que salvo los gorilas y los monos apenas se vio ningún animal mas. Alguna mariposa si acaso.
La verdad que los reportajes que dan de las selvas te crean una falsa imagen sobre la cantidad y diversidad de animales que se ven, por qué al menos yo todas las veces que he estado en la selva apenas he visto animales.
Al terminar el trekking nos dieron un diploma por haber visto a los gorilas. Es un detalle bonito jeje.
Nos montamos de nuevo con Paul en el coche y pusimos rumbo al parque Queen Elizabeth Mary. Al salir de Bwindi había bastantes tiendas de souvenir. Vimos a un chico tallando en madera unos pequeños gorilas así que compramos uno además de una especie de Toten parecido a un muñeco de budu que horripila Ana jeje.
Os voy a hacer un spoiler y es que en el resto días por Uganda no vimos ni una sola tienda de souvenirs hasta llegar a Moroto, es por esto que si queréis comprar algo tiene que ser aquí sí o sí.
Esta vez ya más despiertos y descansados, pudimos disfrutar como es debido del camino. Da igual las horas que pasen que nunca te aburres y no puedes dejar de mirar el paisaje y a la gente que se mueve por allí. 5 en una moto, las señoras con los ropajes típicos coloridos africanos llevando cosas en la cabeza, los niños sacando agua del pozo, los hombres limpiando las motos en el río...
Una cosa que nos llamo la atención de Uganda es que hay muchísimas plantaciones de café y te, pero apenas lo consumen. No hay bares ni ningún tipo de lugar a pie de carretera para tomar alguna infusión; tampoco en el desayuno lo consumían habitualmente.
Tras varias horas llegamos al Topi loge. Es el típico hotel de safari en el que las habitaciones son casitas individuales con unas vistas increíbles.
Llegamos muy cansados, así que cenamos en el hall que es la única zona con wifi y nos fuimos directos a dormir.








