Después de 3 días seguidos de boda y los correspondientes nervios de la noche previaje, nos dirigimos al aeropuerto de Granada con resaca y sin apenas haber dormido en los últimos 5 días, para iniciar nuestro gran viaje hasta Uganda.
Granada-Barcelona-Doha- Entebbe, 24 horas de vuelos y escalas a los que deberíamos de sumar 9 horas después en coche.
Comenzamos!!!
A las 7:15 aterrizamos en Entebbe. Es un aeropuerto muy pequeño, no mucho más del que salimos de Granada, pero es el único internacional que opera en Uganda.
En un momento recogimos nuestras mochilas y en la salida nos estaba esperando un conductor que nos llevaría hasta la orilla del lago Victoria para coger un barco y cruzar al otro lado donde estaba con su coche Paul, el que sería nuestro chofer/guía/compañero de viaje durante los 11 días en Uganda.
Nos metimos al coche muertos de sueño y no fuimos conscientes de estar en África hasta 10 minutos después justo al llegar al puerto; por llamarlo de alguna manera, por qué no era más que una zona llena de basura con unas barquichuelas de madera sin ningún tipo de seguridad.
La felicidad inundó mi cuerpo y el sueño se me pasó al momento. La aventura comenzaba fuerte y prometía muchísimo.
Paul nos esperaba con su furgoneta Toyota Regius Ace y tras las presentaciones comenzaba nuestro periplo por tierras ugandesas.
Para medir las cosas siempre hay que compararlas con algo y nosotros no podíamos evitar hacerlo con Etiopía; el único país de la África negra que habíamos visitado.
Lo primero que nos llamó la atención fue el verde del paisaje y el rojo de la tierra. Ese contraste que te atrapa y no puedes dejar de mirar. La naturaleza exuberante en estado puro.
Todo está lleno de plataneras, árboles de mangos, aguacates y de todo tipo de frutas tropicales. En la orilla de la carretera hay montones de puestos vendiendo fruta al aire libre.
Uno cuando va al ecuador espera pasar muchísimo calor, pero sopla el viento y la temperatura ronda los 20 grados.
La carretera discurre entre pueblos llenos de gente, es un país con mucha densidad de población y se nota. No se ve ni una sola persona mayor, todo el mundo es joven o niño.
Tras 4 horas de viaje paramos a comer en un restaurante de comida local, en el que dudo mucho los locales frecuenten. Tenía seguridad en la entrada y era mucho más elegante de lo que habíamos visto en el país hasta ahora.
Allí solo había otra pareja de turistas con su guía y nosotros. La verdad que en todo el camino no habíamos visto ni un solo restaurante y si muchos puestos callejeros de pinchitos y mazorcas de maíz al carbón. La furgoneta de Paul no tiene aire acondicionado y llevábamos todo el día con la ventanilla bajada con el ruido que eso implica, por lo que dimos por bueno el restaurante que nos conquistó con su paz libre de polvo y sus mesas a la sombra en el jardín. Aquí cayo nuestra primero cerveza, la Nilo especial que nos acompañaria durante todo el camino, eso sí, a temperatura ambiente.
Reemprendimos nuestro viaje y nos metimos en una zona súper montañosa con acantilados de más de 200 metros pero siempre llenos de vegetación. Muchos baches durante todo el camino, tan grandes que nos dábamos cabezazos contra el techo y nos despertaban de las cabezadas continuas.
Cuando restaba tan solo una hora para llegar al hotel nos dieron la peor noticia que nos podíamos esperar; alguien paro a Paul y le dijo que la carretera estaba cortada más adelante por un desprendimiento y que teniamos que buscar un camino alternativo. Pufff, nos dieron ganas de llorar. Llevabamos 8 horas de coche después de 24 horas de vuelos y ahora no sabíamos ni cuando llegaríamos al destino. Mientras buscábamos una ruta para llegar al hotel, la noche cayó sobre nosotros y la penumbra se adueñó del camino y de nuestra esperanza
Por fin tras 11 horas llegamos exhaustos al hotel. Nos conectamos 5 minutos al wifi, dimos señales de vida y sobre todo miramos el resultado de como había quedado el partido de cuartos de final de Nadal!!! Vamos Rafa!!






