Rumanía era un destino que mantuve al margen de mis proyectos viajeros durante mucho tiempo, ya que algunas amistades que lo visitaron años atrás me lo habían descrito como un país triste y oscuro. No obstante, siempre he tenido un gusto especial por las iglesias y los monasterios con pinturas, por eso me llamaron mucho la atención los de Bucovina cuando los descubrí, hasta el punto de convertirse en la razón principal que me animó a visitar Rumanía. Luego, leyendo diferentes hilos del foro, consultando folletos y viendo fotografías me di cuenta de que ese país ofrece al visitante muchos otros atractivos. Sin embargo, no fue hasta estar allí cuando comprendí que su principal valor reside en su naturaleza y sus hermosos paisajes, con extensos y tupidos bosques en los que habitan osos, lobos y linces. Pero a eso ya llegaré.
Mapa turístico de Rumanía. Foto tomada en un panel informativo local.


El viaje me lo tuve que plantear de un modo diferente al que me hubiese gustado, ya que no encontré a nadie con quien compartirlo. Las amigas con quienes viajo a veces ya habían estado en Rumanía y no les apetecía volver, mientras que a mi marido no le atrae viajar con tanta frecuencia como a mí y, en este caso, ni le llamaba la atención el destino ni menos aún estaba por la labor de meterse en aeropuertos y aviones. Así que, como no quise renunciar a mi idea, decidí apuntarme a uno de los viajes culturales de la Comunidad de Madrid para mayores, pues, al ir sola, alquilar un coche estaba descartado y en los países donde no entiendo el idioma prefiero un circuito organizado en lugar de excursiones puntuales o depender del transporte público. Y, con las inevitables limitaciones, me gusta prepararlos como si fuese por mi cuenta, consultando destinos y horarios, pues el secreto de estos viajes radica en llevar información detallada de qué hacer y a dónde ir en el tiempo libre, incluso renunciando a visitas panorámicas o a la comida si tengo interés especial en visitar algún museo o monumento; eso por no hablar de las excursiones opcionales, que suelen muy fáciles de realizar por libre y, casi siempre, mucho más baratas. En este caso, era la primera vez hacía en solitario un viaje así y, pese al sobrecosto por el alojamiento individual en los hoteles, la experiencia ha resultado positiva, así que, asumiendo sus pros y sus contras, tendré que utilizar esta fórmula en más ocasiones si quiero moverme por el extranjero con la frecuencia que deseo, sobre todo ahora que estoy jubilada y dispongo de mucho más tiempo libre.

Como estos viajes suelen ser de ocho días, el tiempo da para lo que da y tuve que renunciar a algunos lugares de Rumanía que me hubiese apetecido conocer y prescindir de las rutas de senderismo que tanto me gustan. Escogí el programa que me pareció más completo dentro de este tipo de recorridos básicos, que implicaba cambiar de alojamiento todos los días, lo cual para mí no suponía ningún problema sino todo lo contrario. De hecho, la mayor parte de las veces preparo así los itinerarios cuando vamos por libre, ya que prefiero ir avanzando al siguiente destino cada jornada en vez de establecer una base en un sitio y hacer excursiones de ida y vuelta. Además, los hoteles estaban situados en el centro de cada población, lo que me facilitó bastante las cosas a la hora de moverme por mi cuenta dentro de lo posible, algo que siempre busco y agradezco, como ya he comentado.

Los lugares que se visitaban eran: Bucarest, Sinaia y el Castillo de Peles, el Castillo de Bran, Brasov, el Lago Rojo, las Gargantas de Bicaz, Pietra Neamt, el Monasterio de Agapia, el Monasterio de Voronet, Radauti, los Monasterios de Sucevita y Moldovita, el Paso de Borgo, Bistrita, Targu Mures, Sighisoara, la Iglesia fortificada de Biertan y Sibiu. Teniendo en cuenta solamente las ciudades de pernocta, el perfil del recorrido fue más o menos siguiente según Google Maps.

En total, contando los trayectos intermedios, calculo que hicimos unos 1.500 kilómetros por territorio rumano, casi todos en carreteras convencionales, ya que la red de autovías y autopistas del país es muy reducida, lo cual dificulta la rapidez en los desplazamientos, pero también conlleva atravesar pueblos y aldeas, con paisajes muy bellos, contemplando detalles que muchas veces pasamos por alto cuando circulamos deprisa.

Datos prácticos antes de salir.
Los esenciales son que Rumanía lleva una hora de adelanto respecto de nuestro horario peninsular, que los ciudadanos españoles podemos viajar tanto con el DNI como con el pasaporte al ser un país de la Unión Europea y que no debemos olvidar la tarjeta sanitaria europea en vigor para que nos atiendan si surge alguna urgencia sanitaria o accidente. Independientemente, suelo viajar con un seguro aparte, sobre todo ahora que me he convertido en “senior”
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La moneda oficial de Rumanía es el leu (lei en plural), cuyo cambio oficial cuando lo consulté antes de salir era de 5 lei por 1 euro. La moneda rumana también se puede encontrar bajo la denominación de ROM, que ya no se diferencia del leu. Una vez allí, cambié una pequeña cantidad de euros en un banco a 4,85. Por cierto, que en una casa de cambio del aeropuerto de Barajas pregunté por curiosidad y me ofrecieron un cambio ridículo de 3,5 lei por euro. El pago con tarjeta, en general, funciona bien en restaurantes, bares, hoteles y tiendas, aunque tampoco hay que confiarse porque en algunos establecimientos se hacían los locos con la excusa de una mala cobertura de los datafonos y exigían el pago en “cash”. En los mercadillos, tenderetes y puestos callejeros normalmente solo aceptaban efectivo. En algunos sitios turísticos admitían euros, pero, como de costumbre, aplican "sus" redondeos y el cambio se resiente. Por lo tanto, sale mejor pagar en lei o con tarjeta, si la aceptan. En cuanto a los teléfonos móviles, las tarifas que tenemos contratadas con nuestro operador español no varían, lo cual es una estupenda noticia a la hora de utilizar internet y, claro está, Google Maps. En los hoteles, el wifi iba bien.



Las horas de luz también son muy importantes al planificar los recorridos. A mitad de junio -mi caso-, amanecía poco después de las cinco de la mañana y no anochecía hasta bien pasadas las nueve de la noche, con lo cual las jornadas cundían muchísimo, con más de 15 horas de luz. Sin embargo, durante el otoño y el invierno, llegan a reducirse hasta poco más de ocho horas, con unas condiciones meteorológicas mucho menos favorables.

Por cierto, antes de empezar con el relato, quiero disculparme por prescindir de los acentos y caracteres especiales en las letras de los nombres rumanos que los llevan. He intentado copiarlos, pero ni tengo paciencia, ni me da mi maltrecha vista, ni he conseguido encontrarlos todos en el teclado de mi ordenador. Así que esas palabras las he escrito tal cual.
