El día arrancó teletrabajando desde casa, en mi piso de Ștefan cel Mare, Bucarest. Hoy fue oficialmente mi último día allí. La empresa está haciendo recortes y, como parte del ajuste, me toca dejar el piso. A partir de ahora, hoteles. Triste, la verdad. Por la mañana vinieron a recoger las cajas que envío a España, y entre el ruido del precinto y los últimos objetos que metí sin mirar demasiado, el día ya venía cargado de nostalgia.
Este finde ya lo sentía torcido desde el principio. Unos días antes, me cambiaron el vuelo de vuelta: de domingo por la tarde a domingo por la mañana. Así, sin más, me robaron el domingo entero. Para colmo, he tenido vértigos a mitad de semana y las temperaturas ya pasan de los 30 grados… un calor de esos que te aplastan. No estoy en mi mejor momento, pero cuando algo me ilusiona, no hay quien me lo quite. Tenía muchas ganas de conocer Oradea, una ciudad que me atraía desde hace tiempo por su arquitectura. Para quienes aman los detalles y los edificios con historia, es un destino imprescindible. La prioricé sobre Timișoara (a la que aún no he ido), justamente por eso.
Trabajé hasta las 16:30. Cerré el portátil, respiré hondo y me puse en marcha hacia el aeropuerto. Metro + tren: la opción más barata (unos 15 lei en total). Lo justo para estirar el trayecto con calma y despedirme mentalmente de la ciudad que ha sido mi casa estos meses.
Compré los vuelos con HiSky, una low cost que me salió cara en más de un sentido. Pronto me arrepentí: TAROM no tuvo cambios (aunque costaba el doble), y mi vuelo H40482, que debía salir a las 18:30, empezó a acumular retraso hasta que despegó a las 20:15. Así que todo mi mini plan para esa primera tarde… al traste.
El vuelo es corto, apenas una hora. A las 21:15 ya estaba en tierra, en un aeropuerto pequeño pero funcional, a solo cinco kilómetros del centro. Pero claro, como todo en este viaje venía torcido, al aterrizar el móvil decidió que no quería funcionar: en Oradea, si no desactivas el 5G y lo pasas a 4G, olvídate de tener datos. Como el vuelo llegó con dos horas de retraso, ya no había autobuses al centro, así que cuando por fin logré solucionar lo del móvil, pedí un Bolt. A las 21:31 subí al taxi, y a las 21:41 ya estaba en el alojamiento (costó apenas 25 lei).
Con el retraso, llegue para ver el atardecer mientras esperaba al taxi.


Hice el auto check-in en el Elisabeth Apartment, en la Strada Mihai Pavel nº 18. Un estudio sencillo, sin pretensiones, pero acogedor y bien ubicado. Ideal para instalarme estos días con tranquilidad.
Salí a cenar sin pensármelo mucho: se me había hecho tarde y el cuerpo me pedía algo sólido. La ciudad es absolutamente preciosa a esa hora. Tiene una luz especial y una calma que envuelve. Paseé por el río hasta el único restaurante abierto a esas horas: Mediterana, junto al agua. A pesar de que eran las 22:00, hacía aún unos 27 grados. Mi cuerpo pedía carne, así que pedí un solomillo (tardaron una eternidad en servirme, el servicio es… inexistente). Tomé dos Coca-Colas y pedí una tarta de queso para llevar: sabía que la agradecería en el desayuno.
La verdad, no me encontraba bien. Entre el calor, el mareo, el cansancio y la medicación, lo único que quería era volver y meterme en la cama. Inicialmente tenía la idea de tomarme un cóctel en el Prohibition Cocktail Bar, pero tras el retraso y cómo me sentía, se me quitaron las ganas. A veces lo mejor es no forzar nada. Mañana será otro día. Esta primera noche, aun con lo torcido, ya huele a que me va encantar.
Gastos del día:
Cena: 155,10 lei → 32,92 €
Bolt al alojamiento: 24.60 lei→4,91 €
Transporte al aeropuerto de Bucarest: 10 lei + 5 lei → 3 €
Total: 40,83 € (sin contar vuelos ni alojamiento)


