Esta vez no se me escapará... Llevo dos días escuchando pasar a las 6:30, el tren que pasa a escasos metros de nuestra guesthouse. Así que en cuanto oigo el pitido, ahí estoy en la terraza con el video preparado. No me defrauda el momento. Entre las nieblas del amanecer, aparece entre la vegetación, ese encantador mastodonte de hierro, que me lleva de nuevo, a los recuerdos de mi infancia, en la estación de tren de mi pueblo. Que antiquísimos para nosotros son los trenes de Sri Lanka!!

Llegamos al lugar temprano, aún no hay muchos turistas. Pasas un túnel justo antes de llegar, y te das con el puente en las narices. La verdad, que está muy guapo. Empezamos a hacer fotografías desde varios ángulos hasta que viviese el tren, que lo teníamos calculado más o menos en media hora.

Casi a la hora, pasa el tren. Cada uno de nosotros, en un punto, para sacar todos los ángulos de la curva. Joder, casi pasó a cámara lenta... Ni a diez por hora... No sé si por no atropellar a nadie o para que a las lindas Instagramers que iban colgadas de las puertas, les diera tiempo sus churris, de hacerles 50 fotos.

Por allí no había nadie, así que saco el Maps y me pone que para llegar a un sendero más principal, hay que atravesar campo. Pues mis compis no querían y lo que me costó convencerles. Rosana era la única que no había sido mordida, porque iba como zapateando en un tablao. Al final, conseguimos llegar por donde iba todo el mundo civilizado.
Decir que lo mismo que el Nine Arch Bridge no me flipó tanto como imaginaba, el Little Adams más de lo esperaba. Es verdad que aquello lo tienen montado para el turista, con tiro con arco, tirolinas, hotel cojonudo, pared de escalada, pero a medida que vas subiendo hasta la cumbre, el camino se hace más auténtico y las vistas son la hostia, me gustó mucho.


Joder, los únicos en aquel sitio que nos dejó flipado a los 4. Después de subir más de media hora en el tuk tuk, por una carretera hecha polvo de un metro de ancha,llegamos a un lugar que estaba por encima de las nubes. Lo están construyendo, un gran monasterio de monjes budistas, con una gran estupa en medio, blanca, enorme. Y dando la vuelta a la estupa, apareció el George Clooney de los monjes. Las chicas se quedaron flipadas y nosotros más. El tío, de casi dos metros, emergió de dentro de la estupa, para saludarnos, mientras sonreía con unas facciones varoniles perfectas. Encima era simpático, el jodio lo tenía todo. Los cuatro nos preguntábamos, que pasaría por la cabeza de un hombre así, para hacerse monje y retirarse a un lugar tan apartado.

Paramos de vuelta a casa en una licorería donde estaban todos los borrachos del pueblo, gente con la que me entendía de pm, y me pillo una Lion Strong de las grandes, para degustarla a lo pistolero en el porche de mi house. Cena para despedirnos de Ella y a dormir por última vez, en esa especie de jungla en la que estábamos hospedados.


