Nuestro paso por Ella llegaba a su fin, y como teníamos una noche de sobra debido a que no pudimos visitar Nuwara Eliya, nos tocó decidir qué hacer. Habíamos pensado en hacer una noche en Yala, pero tras informarnos y ver vídeos de la realidad del parque, donde parecía que se podían observar más Jeeps que animales y que estos no respetaban el espacio de las especies, finalmente optamos por ir directamente a Tangalle y quedarnos una noche más allí.
El viaje lo haríamos en bus de nuevo, no sin antes comprar provisiones para el largo recorrido en forma de plátanos y rotis vegetales -deliciosos pero picantes-.Esta vez nos ofrecieron dejar las mochilas en el maletero del bus -mucho más cómodo- además que estas habían aumentado un poco su tamaño debido a la compra de algún souvenir. El bus venía prácticamente lleno, y aunque Aitana pudo encontrar un asiento, a mí me tocó sentarme en las escaleras de subida, pero como las puertas también van abiertas -como en el tren- pude disfrutar de las vistas en primer plano. Llegando al sur, dejábamos atrás las plantaciones de té de las zonas montañosas ya que estas se habían transformado en inmensas plantaciones de arroz -con sus respectivas garcetas-. El trayecto serían unas 3 horas y media aproximadamente y nos costó 500 rupias a cada uno -1 euro y medio-.
Llegamos a Tangalle un poco antes del mediodía, que nos recibía con un intenso calor, y decidimos ir directos a nuestro nuevo apartamento. El nombre, Hidden Garden Tangalle, tampoco daba lugar a equívoco. Estaba situado a unos 20 minutos andando -o 5 en tuktuk- del centro de Tangalle y a escasos metros de la playa y de la calle principal donde se encuentran todos los restaurantes. La verdad es que las instalaciones estaban muy bien cuidadas, y la gran piscina junto con los kayaks gratuitos para dar una vuelta por el pantano -más tarde os contaré mi gran aventura en él- eran un plus.

Sin tiempo que perder, comimos en un restaurante a pocos metros del hotel mientras disfrutábamos de las vistas en primera línea de playa y buscamos una playa donde disfrutar de las últimas horas de sol. La playa elegida fue Silent Beach, que se encontraba prácticamente desértica y llena de palmeras. Allí nos pudimos tomar un coco mientras veíamos el atardecer y nos dábamos un baño en las aguas calientes del océano índico -sobre todo acostumbrados a las aguas del Atlántico-. Más tarde cenaríamos en el Happy Mount Restaurant, ya más cercano al hotel, dirigido por una familia súper amable donde comimos muy bien. Además, como nos había encantado el Dahl Curry y nos lo acabamos enseguida, nos pusieron otro plato más -y también nos invitaron a un postre de la casa-.

El día siguiente empezaría bien temprano, ya que había convencido a Aitana -digamos que le cuesta madrugar un poco más que a mí- de ir a ver el amanecer a la playa, que estaba a 50 metros del apartamento. Antes de las 6 de la mañana ya estábamos preparados en la arena, y aprovechando la agradable temperatura del agua, me di un baño antes de que saliese el sol. Una vez de vuelta, como aún era muy temprano, decidimos ir a dar dar una vuelta en kayak por el pantano, al cual había acceso directo desde el hotel. Mala idea la mía fue no ponerme una camiseta que me cubriese la espalda. Después de observar alguna que otra ave y un lagarto monitor nadando sigiloso entre el agua -a modo de cocodrilo o caimán- tuvo lugar el episodio gracioso del día -aunque para mí no tanto-. Aitana decidió que era buena idea adentrarse por un estrecho camino del pantano, en el que casi no podíamos ni remar de la cantidad de vegetación y ramas que había. Cuando el sendero llegaba a su fin, dimos vuelta como pudimos y llegó la emboscada mosquitil -ni Alejandro Magno sería capaz de diseñar tal estrategia-. Yo empecé a decirle a Aitana que me estaban atacando los mosquitos, pero ella, tan tranquila, se rió y dijo que era un exagerado. El resultado: más de 20 picaduras de mosquito en la espalda. Así que ya sabéis, poneos camiseta y a poder ser un anti-mosquitos.

Después de embadurnarme de after bite, cogimos un bus para ir a Hiriketiya, una de las zonas de playa más conocidas del sur de Sri Lanka, y que estaba a unos 20 minutos. Dimos una vuelta por la calle principal donde se encuentran todas las tiendas -el precio había considerablemente comparado con el centro del país- y acabamos en la playa principal de Hiriketiya, esta sí más poblada de gente y con una buena cantidad de surfistas. Encontramos un lugar a la sombra donde tumbarnos y bebernos un coco -no nos gusta demasiado el sol directo- y también buceamos un rato con mis gafas, aunque la visibilidad del agua no era del todo buena. Tras un ratito de relax en la playa, comimos en un restaurante de pokes que estaba justo enfrente de la playa -Malu Poke-.
Ya por la tarde, cambiamos de ubicación a otra playa cercana -Dickwella Bay- donde habíamos visto que era posible ver tortugas en su hábitat natural, ya que leímos que había otras playas donde les daban de comer en la orilla para que los turistas se pudiesen sacar fotos con ellas -y hasta tocarlas- lo que no nos parecía correcto. Llegados a la nueva playa, alquilamos un par de gafas y tubo y nos pusimos a bucear por la pequeña bahía. Daba gusto bucear con esa temperatura del agua, ya que en Vigo no hubiese aguantado ni 15 minutos antes de congelarme. Esa tarde yo pude observar una tortuga, pero en lo que saqué la cabeza del agua para avisar a Aitana y el pequeño oleaje que había, la perdí de vista cuando volví a bucear. Me dio bastante pena que Aitana se quedase sin ver la tortuga, ya que yo en las islas Gili el año anterior ya había podido ver bastantes, pero volveríamos al día siguiente para intentarlo.
Volvimos en bus a nuestro apartamento -los trayectos en bus desde Tangalle a Hiriketiya costaban menos de un euro y los buses pasaban cada 10 minutos- mientras nos caía otro diluvio universal, aunque esta vez solo duró unos 15 minutos, pero el tiempo justo para empaparse cuando nos dirigíamos a la parada de bus. Esa noche cenamos en el restaurante más próximo a nuestro apartamento -literalmente a 10 metros- y degustamos otro Dahl Curry que nos encantó además de un Kottu.
Como estábamos bastante cansados ya que el día lo habíamos comenzado pronto y a la mañana siguiente teníamos reservado un safari de aves por el lago de Kalametiya a las 6 de la mañana, nos fuimos a dormir a una hora prudente.
Como decidimos no hacer el safari de Yala y sabiendo que Aitana -y a mí también- nos encantan las aves, indagando en Internet sobre qué hacer en los alrededores de Tangalle, había encontrado este lugar en el que se realiza un paseo en barca -sin motor- mientras un guía te va ayudando a avistar los diferentes tipos de aves.
Nos vinieron a buscar a las 6 de la mañana en tuktuk a la puerta de nuestro hotel, y tras media hora de recorrido, llegaríamos al lago de Kalametiya, donde nos esperaban el guía, Pasindu, y el capitán, Sampath. El paseo duró unas dos horas y media aproximadamente, y pudimos observar un montón de aves y animales diferentes, desde la garza imperial hasta el mono de cara negra saltando entre los árboles. Sin duda, una experiencia totalmente recomendable si te gusta observar animales en su hábitat natural.

La próxima parada del día volvería a ser la playa a la cual habíamos ido el día anterior a ver -o intentar ver- las tortugas, en Dickwella Bay. Allí alquilamos dos tumbonas en primera línea y a la sombra por 1000 rupias -3 euros- que incluían equipamiento de snorkel. Esta vez sí que tuvimos más suerte y pudimos ver dos tortugas nadando en la bahía. Después de una intensa mañana de buceo y con la boca seca y salada, no veáis lo bien que entró un coco fresquito. También aprovechamos para tomar algo de picar, un guacamole con Papadam y un smoothie bowl -este nunca podía faltar-.

Por la tarde decidimos volver a Hiriketiya, ya que Aitana quería comprar algún regalito que otro en las tiendas que habíamos visto el día anterior -compró regalos como si su familia fuese del Opus Dei- además de alguna prenda de ropa para ella -una falda y un top que le quedan genial-. Como ya se hacía de noche, cenamos en un restaurante vegano de la calle principal de Heriketiya y nos volvimos en tuktuk al homestay.


