Sin tiempo para desayunar por lo temprano de la hora de salida, nos pusimos rumbo al sur de Nuwara Eliya, para ascender, como ya nos había adelantado nuestro chófer, por una carretera en pésimas condiciones, hasta la entrada del Parque Horton Plains. Tal era su estado, que la subida la hicimos en un 4x4, que nos gestionó la noche anterior.
Visto el sinfín de curvas y baches al que nos tuvimos que enfrentar, agradecimos ir aún en ayunas. A la llegada a la entrada del parque, fuimos recibidos por un ciervo, bastante habituado a ser alimentado por los visitantes.
Pese al clima subtropical de la región, como el parque está a más de 2.000 metros de altitud, por la mañana hacía bastante frio, así que nos pusimos varias capas de ropa y nos fuimos a hacer el sendero circular de unos 6 kilómetros de longitud que recorre la parte más accesible del parque.
La parte inicial discurre por un paisaje de pradera de montaña, paralelo al río Belihul (Belihul Oya), con helechos y arbustos de flores de colores muy llamativos. Un primer mirador se encuentra a la altura de una poza denominada Chimney Pool.
Después el sendero se adentra en un bosque subtropical lluvioso con magníficos ejemplares de helechos arborescentes. Esta fue la parte más complicada del recorrido, porque el terreno era empinado y estaba muy resbaladizo, a pesar de que tenía acondicionados escalones para hacerlo más transitable.
Al parecer, toda la región que ocupa el parque Horton Plains estaba cubierta de bosque primario, pero fue destruido por un incendio y no se regeneró.
Continuando el sendero por el interior del bosque, se llega a uno de los lugares más conocidos del parque, las cascadas de Baker, que se encuentran en un tributario del río Belihul y que tienen un salto de más de 20 metros.

La senda avanza un trecho a la orilla del río y, saliendo ya del bosque, continúa hasta el otro lugar más famoso del parque, el Acantilado del Fin del Mundo, un precipicio que tiene una altura de 870 metros.
Íbamos avanzando por una vereda entre arbustos y, de repente, llegamos a una estrecha pasarela de madera que, no sé ahora pero en aquella época no tenía baranda y daba paso al precipicio. Mejor no mirar para abajo.

Desde este punto, se inicia el camino de retorno a la entrada del parque. La niebla, que se había mantenido relativamente alta al inicio de la mañana, empezó a caer y cubrir el paisaje rápidamente. Los consejos de nuestro chófer nos habían vuelto a ser muy útiles.
Con esta excursión terminaba la parte del viaje dedicado a la naturaleza. A partir de ahora, ibamos a empezar la etapa de componente más cultural.
Regresamos a Nuwara Eliya, donde recuperamos nuestro coche y nos pusimos camino a Kandy, volviendo a pasar por los campos de té, con un paisaje lleno de verdor, con grandes cascadas que se veían en la lejanía, como las de Kolapathama dentro de la jungla de Mandaram Nuwara.
El coche empezó a tener algún problema y, a duras penas pudimos llegar hasta Kandy. El chófer se dirigió directamente a un taller y nos buscó un tuc-tuc para que nos llevara a nuestro hotel. De esta manera, hicimos un primer recorrido turístico por la ciudad.


