Como teníamos el desayuno incluido, decidimos madrugar para hacernos tranquilamente los bocadillos en el restaurante del hotel. El desayuno (y la comida que pudimos preparar) estaban muy bien, y nos dio energía para el duro día de conducción que nos esperaba. No empezamos el día demasiado bien, ya que en primera instancia nos pasamos la salida del primer destino del día y tuvimos que dar la vuelta unos kilómetros más adelante.

Tras recorrer algunos kilómetros por una carretera de grava, llegamos a Stokknes. Se trata de uno de los pocos parajes naturales en los que se paga una entrada en Islandia (por ser propiedad privada), pero vale la pena. Son unos 6 euros por persona al cambio. En el centro de visitantes, donde también tienes cafetería y baños, te explican el recorrido (en coche). Tienes tres puntos de interés, la zona más alejada, donde tienes un faro y unos acantilados donde vimos un grupo de focas descansando. Luego tienes la playa, situada a los pies de Vestrahorn, una montaña compuesta de oscura roca ígnea y afilados picos, la playa de Stokksnes es uno de los lugares más fotografiados de Islandia . La espuma blanca del Atlántico serpenteando por la arena negra provoca un bellísimo contraste que, además, sirve de marco perfecto para el sinuoso reflejo de la montaña en el agua. Es imposible despegar el dedo del disparador de la cámara; cada ángulo es mejor que el anterior. Y finalmente encontramos la recreación de un auténtico poblado vikingo. Esta zona fue uno de los lugares en los que se asentaron los primeros humanos en Islandia y esta recreación está bastante conseguida. Incluso hay un barco vikingo que aún le da más realismo al lugar. Una visita de lo más recomendable que se hace como mucho en un par de horas.


A partir de aquí se presentaba un día muy diferente a los vividos hasta ese momento , mucha carretera y a tener paciencia. La idea era ir parando en los distintos lugares de interés que nos puediésemos encontrar en el trayecto por los fiordos . De esta forma, realizamos nuestra primera parada en el mirador del faro de Hvalnes. El camino de entrada es infernal, repleto de baches, pero finalmente llegamos a nuestro destino. Se encuentra en un promontorio rocoso y ofrece una vista perfecta del océano, una playa negra en forma de una lengua larga y estrecha y montañas de hermosas formas. El área de la playa también es una reserva natural, y los fiordos circundantes son un excelente hábitat para las aves. Allí al lado pudimos observar una colonia de Charranes árticos que atacaban a todo el que se acercase a sus nidos.

Unos pocos kilómetros más al norte por esta hermosa carretera a través de los fiordos, llegamos a una de las playas de arena negra más hermosas de la isla; Lækjavik . En la misma carretera encuentras un aparcadero junto a un mirador desde donde se aprecia a la perfección la belleza del lugar. A la derecha, tienes la playa, hermosa, con una roca basáltica que parece colocada unos 10-20 metros dentro agua por una fuerza superior. Y a la derecha, un acantilado repleto de aves. Un hermoso lugar muy recomendable para los aficionados a la fotografía.

El hambre empieza a apretar y aprovechamos para parar a tomar un temtempié en Djúpivogur, primer signo de civilización que encontramos en los fiordos. Esta pequeña ciudad, situada en la desembocadura del fiordo Berufjörður, se remonta al siglo XVI cuando los daneses establecieron allí un puesto comercial. El pueblo es muy bonito, con sus casitas de madera de diferentes colores y un puerto pesquero que parece importante, pero que no pierde su esencia (creo que incluso llegan cruceros). A su alrededor se concentran comercios y lugares de restauración, y aquí es , en un puesto callejero, donde pudimos degustar un típico rollito de salmón con una deliciosa salsa. Eso sí, hacia un viento gélido que no te dejaba ni respirar, con lo que nuestra estancia en el exterior fue breve y preferimos hacer tiempo en un coqueto (y caro) café colindante. Antes de partir nos dirigimos a un pintoresco lugar situado a 1 km del centro, junto a las aguas del fiordo, la obra escultórica «Eggin í Gleðivík». Se trata de una hilera de 34 huevos de granito, creados por el artista islandés Sigurður Guðmundsson para representar las aves de la región. Cada huevo de gran tamaño, se encuentra sobre su propio pedestal en el puerto de la ciudad.

