Segundo día completo en Kyoto, así que, ¡seguimos visitando templos!
Nos dirigimos hacia el oeste, más allá del distrito de Arashiyama. ¡Nosotros pasaremos de largo del famoso bosque de bambús de Arashiyama!
Estamos prácticamente una hora de trayecto en bus (entre la nefasta frecuencia de los autobuses y que hay unos 10 kilómetros de distancia entre el hotel y nuestro destino, en el distrito de Ukyo).
Entre el autobús y nuestro primer templo planificado del día encontramos el templo Seiryoji de paso. Visitamos los exteriores, que son bien bonitos.
Es el típico templo con una gran puerta de acceso y un edificio en el centro del recinto que es el Salón principal.
Recorriendo unas elegantes calles residenciales llegamos al escondido templo Giouji. La entrada cuesta 300¥.
Por su acceso, un caminito de gravilla flanqueado por frondosa vegetación, ya sabemos que será algo distinto.
El templo no es más que una modesta ermita, una simple cabaña con tejado de paja, pero su distintivo particular es que todo el suelo está cubierto por musgo.
La luz del sol se filtra a través de las hojas de los árboles creando danzantes reflejos en la aterciopelada superficie.
La visita es muy corta porque el recinto es pequeñito, pero estar ahí es super agradable.
Oh, además tienen un paseo de bambús. Es una gozada escuchar el sonido de las hojas mecidas por la suave brisa en lo alto de nuestras cabezas.
Hemos desayunado muy pronto y muy poco, así que toca paradita para repostar el cuerpo de energía.
La única cafetería está en el inicio de esta misma calle. Al no tener competencia, los precios son desorbitados, pero la calidad es excelente, así que, ¡nada que objetar!
Seguiremos hacia el siguiente templo, recorriendo las calles históricas del barrio. Bonitas casas unifamiliares de una sola planta y paredes de madera de ciprés. Algunos bajos son tiendas de artesanía.
El paisaje enfrente a nosotros es un gran bosque, no parece que estemos en una ciudad.
El templo Adashino Nenbutsuji se encuentra sólo a 10 minutos caminando y también está rodeado de vegetación. La entrada cuesta 500¥.
La mayor parte del recinto es un cementerio. La zona más antigua del mismo contiene un montón de pagodas de piedra de los 5 elementos.
Son pequeños monumentos funerarios consistentes en unas rocas apiladas: la de la base es un cubo, encima hay una esfera, encima una pirámide y en su punta, una media esfera más pequeña coronada por otra forma redondeada.
También hay aquí bonito un bosque de bambús con unas escaleras que acceden a otro cementerio.
Ya es media mañana y nos cruzamos con algunos turistas que hacen sesiones de fotos, pero nada que un poco de paciencia no pueda solventar para conseguir una instantánea solitaria.
El siguiente templo de esta zona está siguiendo hacia el norte otros diez minutitos más de paseo.
Desde la carretera, del templo Otagi Nenbutsuji solo se observa una puerta de madera.
Tras pasar por las taquillas y previo pago de 300¥, nos encontramos con las 1.200 estatuitas de piedra de seguidores de Buda que hacen único este templo.
La historia de este templo y de estas estatuas es bien curiosa.
El templo, en sus orígenes (el siglo VIII), estaba construido en otra zona (en concreto, Higashiyama, donde estuvimos ayer), pero después de varias desgracias, en el siglo XX deciden trasladarlo aquí en medio del monte, para protegerlo de las inclemencias del tiempo.
Este traslado lleva consigo una rehabilitación, de la cual está al mando un escultor budista.
En 1981, decide invitar a varios fieles a enseñarles la técnica de escultura, y así, cada una de estas 1.200 figuras está hecha por personas normales y corrientes y cada una tiene un estilo distinto y un rostro propio.
Algunas creadas con más talento, otras con menos.
Algunas están concentradas en pregaria, otras están riéndose, otras llevan en brazos a criaturitas de piedra o sujetan algún elemento personal como instrumentos musicales. Son divertidísimas de mirar, a cada una más peculiar que la anterior.
Estamos unos 45 minutos en total en el templo, porque nos entretenemos mucho observando las figuritas.
Y aquí es donde empieza la odisea de regresar al centro. Hay un autobús que pasa una vez cada hora por delante del templo, pero nos da pereza esperar.
Bueno, pues vaya error, porque la alternativa es caminar un montón bajo el sol del mediodía y por unas calles desangeladas hasta encontrar la siguiente parada de autobús que nos acercará a nuestro siguiente destino.
Se nos ha hecho tarde y acabamos comiendo sentados en un bordillo cuatro cosas precocinadas compradas en una tienda de conveniencia.
Finalmente, casi dos horas después de haber salido del anterior templo, llegamos a la puerta del famoso templo Kinkakuji, el templo dorado.
La entrada cuesta 400¥.
El edificio dorado, en el otro extremo del lago, con el paisaje natural detrás es de postal. Pero hay poco más. No me decepciona porque ya iba con las expectativas bajas.
No entiendo como este templo es taaaaaan popular, mientras otros igual de peculiares y fotogénicos son desconocidos para el gran público.
Bueno, este es el único templo dorado, pero la visita no es tan placentera como los de esta mañana, tan tranquilos…
Ya llevamos visitados 5 templos, ¡ahora toca un santuario!
Está a media horita de autobús, por suerte es un bus directo y no hay que hacer transbordo, y este tiene mucha frecuencia. ¡Es que Kyoto es más grande de lo que parece!
Vamos al santuario Shimogamo, que es gratuito.
Es el típico con una gran puerta de madera con las columnas pintadas de rojo-naranja y las paredes de blanco, y edificaciones rectangulares con los tejados curvados.
Pero tiene de peculiar que hay una balsa artificial donde nos podemos remojar los pies. Después de toda una jornada de pateo non-stop, ¡nos parece como un oasis en el desierto!
El agua está fresquita y hay unos toldos para sentarse en la sombra. ¡Qué gozada!
Estamos aquí hasta que nos echan porque cierran.
Y para el atardecer nos acercamos al centro, también en autobús, recorremos el pintoresco callejón Pontocho, con restaurantazos de lujo.
En una de las callejuelas con las que se cruza, hay una diminuta taberna en la que tomamos dos cervezas. Tienen las típicas mesas cuadradas con patas cortas y hay que sentarse en el suelo.
Y hoy ya sí, vamos a explorar Gion, el tradicional barrio de las geishas.
No vemos geishas, pero nosotros ya disfrutamos con solo pasear por las calles.
Todo el barrio es semipeatonal y las casas están hechas con la típica madera oscura en la fachada y las persianas de paja. Los elegantes restaurantes tienen un farolillo encendido en la puerta.
Los comensales de estos sitios deben ser muy recelosos de su intimidad, porque no hay ventanas ni puertas de cristal. Desde la calle es imposible ver nada del interior.
Como nuestro presupuesto no está dentro de los márgenes de las cartas que vemos en las fachadas, nos alejamos del barrio en dirección al río.
Encontramos el restaurante más campechano de Kyoto. Una vitrina mal iluminada con las típicas muestras de los platos y un farolillo rojo en la fachada es todo el reclamo que necesita el local para llamar nuestra atención.
Dentro es lo opuesto al lujo. Un señor que sobrepasa la edad de jubilación nos da una bienvenida un tanto brusca y nos sienta en la barra.
Al otro lado de la barra está la diminuta cocina, en la que trajina la que debe de ser su esposa, más o menos de la misma edad que él, que se mueve en tan reducido espacio con la soltura de quien ha repetido los mismos movimientos durante varias décadas.
Aquí tenemos la oportunidad de probar los okonomiyakis. Una especie de tortilla circular en la que la masa es una mezcla de huevo y col rallada. Además se le añaden ingredientes al gusto.
Es una cena austera pero muy casera, literalmente, ¡comida de la abuela!
Ah, aunque sea un puesto muy sencillo, tienen menú en inglés. Eso sí, solo aceptan efectivo.
Y finalmente, el siguiente destino del día ya es la cama.
Otras fotos del día