Llevamos dos días enteros en Kyoto viendo templos uno tras otro sin parar ¡¡y todavía nos quedan por ver!!
¡Hoy serán “solo” tres!
Empezamos por el famosísimo santuario Fushimi Inari Taisha. Es super conocido por ser el santuario de los cientos de toriis rojos. Es de acceso gratuito.
Es tan popular que en todas partes recomiendan llegar pronto para evitar las masas de turistas. Pues son las 8 menos 5 y ya estamos en la puerta.
Nosotros ya nos encontramos gente, pero no está impracticable como lo estaba Kiyomizudera el viernes por la tarde.
El santuario está construido en una colina. En la base está la típica puerta adornada, naranja, blanca y dorada. La flanquean dos figuras de zorros de mirada feroz. Son los mensajeros de Inari, el kami (o deidad sintoísta) al que está dedicado el santuario.
Encontraremos varias figuritas similares en distintos altares que iremos encontrando.
Antes que llegue la multitud, iniciamos el ascenso por el paseo de toriis, estos arcos rojos y negros que se alinean durante unos cientos de metros hasta la cima del monte.
Los toriis son donaciones de particulares y empresas. En la parte trasera, cada torii lleva la inscripción del nombre del donante. Cada torii cuesta como mínimo unos 2.500€.
Parece ser que subir hasta la cima de la montaña son unas dos o tres horas. Nosotros recorremos el sendero solo media horita, y no nos resulta difícil encontrar un huequecito para tomar una foto sin nadie. Un poco de paciencia.
Hay un momento en que se bifurca el camino y allí decidimos retroceder, pero bajamos no por el paseo de toriis paralelo, sino que por error pasamos por unos altares laterales, curiosos pero mucho menos pintorescos.
Una vez de nuevo en la plaza central curioseamos las distintas estructuras, en una hay un montón de grullas de origami de colores, ofrendas de los creyentes y tablillas de madera donde las personas escriben sus deseos.
La siguiente visita del día será, cómo no, otro templo.
El templo Byodo-in no se encuentra en la ciudad de Kyoto, sino en una ciudad vecina llamada Uji. En realidad están pegadas, así que no parece que salgamos de Kyoto.
Además, desde Fushimi Inari está muy bien conectado, porque es la misma línea de tren de la compañía JR, la Nara Line.
Una vez en Uji seguimos las indicaciones de los letreros y con la ayuda de google maps encontramos la entrada.
El ticket cuesta 700¥ y si además se quiere acceder al interior del templo, el Salón del Fénix, cuesta 300¥ adicionales y se realiza con un guía.
La visita a este templo fue de las últimas cosas que añadimos en nuestra planificación, porque estaba un poco alejado, pero nos enamoraron las fotos que vimos por internet y decidimos que valía la pena el ratito extra de transporte.
(En realidad, ayer estuvimos más rato viajando de un lado a otro que hoy)
Y definitivamente, el templo cumple con las expectativas.
Su exterior es precioso, con el immovil lago enfrente, y la abundante vegetación a su alrededor. El jardín está cuidado con mucho mimo.El orígen de este edificio es del siglo X. Sólo fue cuando en una restauración en el siglo XI le añadieron las dos figuras de fénices encima del tejado, que la gente lo empezó a llamar así.
La visita guiada al interior del salón es únicamente en japonés.
Para entrar, como en todo templo, hay que descalzarse.
Su interior está presidido por la gran figura del buda sentado de mirada impasible, de 2,4 metros de altura, hecha por un importante escultor medieval.
Las paredes, columnas y techo, de madera policromada, actualmente se encuentran en un estado bastante envejecido. Adornando los muros hay 52 reproducciones de estatuas de Bodhisattvas flotando entre nubes. Las originales las podremos observar mejor en el museo del templo.
En el moderno museo disfrutamos, entre otras cosas, del aire acondicionado que llevamos un buen rato echando a faltar.
Al igual que con el salón del Fénix, en el museo tampoco se pueden tomar fotos.
Vemos un audiovisual donde reproducen el estado original de la pintura y las estatuas, realmente el salón en su época de máxima esplendor, era impresionante.
También observamos las 52 estatuas originales de los Bodhisattvas en nubes. Algunos tocan instrumentos, otros bailan, otros rezan,... y otras piezas de gran importancia artística y espiritual.
Hemos estado aquí una hora y media, y una vez visto todo, empezamos a tener hambre y a estar cansados.
Encontramos en google maps un restaurante de sushi giratorio y allí que vamos.
Es de esos restaurantes en que las piezas de sushi y otros manjares circulan en una cinta giratoria por las mesas de los comensales.
Los precios de los platos van desde 200 hasta 700¥ y depende del color del plato. La calidad es excelente, pero las cantidades son escasas y a los que sean de buen comer les puede salir la broma por un tanto.
En medio del círculo que forma la cinta giratoria están los cocineros que se encargan de sustituir los espacios vacíos de la cinta con nuevos platos de pescado fresco u otra comida típica japonesa.
En la mesa cada uno tenemos un surtidor de agua caliente con el que nos hacemos té matcha, añadiéndole al vaso de agua unas cucharaditas del polvillo verde que hay en un bol encima de nuestra mesa.
Habiendo comido vamos a la estación de tren a regresar a Kyoto.
¡Todavía nos queda un templo para visitar esta tarde!
El templo Sanjusangendo está en un barrio un tanto desangelado, y por fuera no es más que un larguísimo pabellón anodino.
Pero la belleza de Sanjusangendo, al igual que de las cosas importantes de este mundo, está en su interior.
Previo pago de 600¥, se pueden contemplar exactamente mil estatuas doradas de Kannon, una bodhisattva con varias docenas de brazos y múltiples cabezas encima de su cabeza. Cada una de las Kannon, exactamente igual que la anterior, está de pie y rezando.
Como no se pueden hacer fotos, comparto esta de la wikipedia:
Todas ellas se alinean en estrictas filas escalonadas, para que las posteriores estén más elevadas y se puedan contemplar todas y cada una de ellas.
En medio del salón de 120 metros de largo se encuentra otra Kannon, mucho más grande. Supongo que la ventaja de ser la más importante le otorga el privilegio de poder estar sentada mientras reza durante toda la eternidad, mientras simultáneamente sus múltiples brazos están ocupados en una gran variedad de tareas.
Por si andara escaso de estatuas el templo, todavía se encuentran, en primera fila y repartidas longitudinalmente por la gran sala, 28 figuras de estrambóticos dioses originarios del hinduismo, con ojos de jade que le dan un realismo inquietante al asunto.
Hay pocos visitantes en este templo, quizás porque no está bien situado, quizás porque es poco agradecido a nivel de redes sociales. (Está totalmente prohibido tomar fotos).
Ya al atardecer regresamos, como es tradición, a la zona del río. Tomamos una cervecita en la orilla, sentados en el suelo, a falta de bancos en el espacio público.
Y luego cruzamos al barrio de Gion para recorrer la pintoresca calle Shirawaka, que sigue el curso de un bonito canal lleno de vegetación. Ahora las lamparitas están encendidas y se respira un ambiente de tranquilidad.
Intentamos buscar un restaurante asequible por la zona pero, tras fracasar, compramos comida en el 7 Eleven de enfrente de nuestro hotel y resolvemos la cena un tanto menos elegante de lo que pretendíamos.
Esta es nuestra última noche en Kyoto. No nos da la impresión que nos hayamos dejado muchas cosas por ver. Estamos super satisfechos.
Otras fotos del día