El nombre oficial tailandés de su capital es Krung Thep Mahanakhon, que significa “ciudad de los ángeles”; mientras que la traducción de Bangkok, su denominación internacional, es “aldea de la ciruela silvestre”, que se refiere a una parte del río Thon Buri. Es una urbe inmensa de más de diez millones de habitantes, que supera los catorce si se cuenta el área metropolitana. Su ubicación a solo dos metros de altitud sobre el nivel del mar le hace vulnerable a las inundaciones en época de monzones. Situada en el delta del río Chao Phraya, creció a lo largo de sus orillas, si bien el curso de las aguas se fue modificando mediante la construcción de numerosos canales; con el tiempo, algunos se pavimentaron o se cerraron, mientras otros aún se emplean para drenaje y transporte, constituyendo en muchos casos la parte posterior de las casas, por lo que, si bien hay excepciones, suelen estar sucios y bastante contaminados. A muchos visitantes les apetece dar paseos en barca por ellos. No era mi caso, así que preferí contemplarlos desde los puentes.


Bangkok cuenta con un número ingente de rascacielos que condicionan su perfil, haciéndolo parecer muy occidental. Sin embargo, en la zona más próxima al río se encuentran los barrios antiguos, con casas de dos o tres alturas, incluso de una sola planta, muchas construidas con madera y tejados de uralita. Resulta sorprendente la forma en que los edificios altos (altísimos, más bien) rodean y envuelven las viviendas tradicionales, que quedan casi prisioneras, sitiadas por el cemento y el cristal. Este es uno de los contrastes que me resultó más fascinante de la ciudad.


Las zonas más turísticas suelen estar cerca del río, pero las distancias son tan grandes que aunque se esté alojado en sus inmediaciones en algún momento habrá que valerse de un medio de transporte para ir de un lado a otro, ya que caminar puede resultar agotador, sobre todo si la temperatura y la humedad son muy altas. Por fortuna, nosotros tuvimos suerte con la climatología: apenas superamos los treinta grados a mediodía y el cielo un poco nublado nos libró del pleno azote del sol. De todas formas, es básico enterarse previamente de cómo funcionan los transportes en Bangkok. Importante: hay que llevar efectivo, ya que no se admiten tarjetas.

Taxis y tuk-tuk.
Son muy económicos, así que sin duda serían la solución perfecta de no ser por los tremendos atascos, que pueden ralentizar mucho los trayectos, jugando incluso alguna mala pasada, como le sucedió a mi amiga. Circulando por la calle hay muchísimos taxis tradicionales, que tienen igual precio y están dotados de taxímetro, independientemente de su color. Están libres si llevan encendida una luz, que puede ser verde o roja. Antes de subirse al coche, siempre hay que decir el destino (mejor llevarlo escrito para evitar malentendidos), ya que el taxista puede aceptarlo o no. Si lo acepta, lo más aconsejable es pedirle que ponga el taxímetro; si no lo hace, la recomendación es parar a otro, aunque también se puede acordar, previo regateo, un precio que interese a ambas partes. A veces esto último puede compensar por los atascos y porque las tarifas son realmente bajas, pero eso depende de cada cual. El pago siempre es en efectivo. Otra opción interesante es descargarse la aplicación Grab (VTC), con la que te sale el precio de la carrera previamente. Funciona bastante bien, aunque puede darse el caso de que la carrera se eternice porque el conductor, siguiendo fielmente el itinerario del navegador, no sepa salir de un atasco o de una zona de obras. Se puede abonar con tarjeta solo en la aplicación; una vez en el coche, el pago debe hacerse en efectivo.

Otra alternativa es el tuk-tuk, que dispone de más facilidad para sortear los atascos, aunque puede convertirse en una auténtica “aventura tailandesa” si al conductor le encanta la velocidad (lo habitual y doy fe). Es preciso regatear y acordar previamente el precio, desconfiando de las ofertas de “atractivos recorridos turísticos a precios irrisorios” que con toda seguridad incluirán plúmbeas visitas a tiendas no deseadas en las que el susodicho obtiene comisiones. En cuanto a la “moto-taxi”… Bueno, eso ya entra en el capítulo de experiencias de “alto voltaje” que no nos atrevimos a probar
.

Metro y Skytrain (BTS).
El metro cuenta con varias líneas y, según nos comentaron, es rápido, si bien en las horas punta puede resultar bastante agobiante. No lo utilizamos, así que no puedo opinar.

Respecto al skytrain (BTS), es un tren elevado que tiene dos líneas. Funciona muy bien y es bastante rápido. El precio depende del trayecto. Los tickets se compran en máquinas o en taquillas atendidas por empleados, muy amables en general. Te dan una tarjeta de plástico que se pasa por un torno y, al final del viaje, se introduce en una ranura que se la traga. La pega es que no recorre los lugares más turísticos y sirve más bien para acercarse desde la periferia al centro o al río, como fue nuestro caso. También puede llegar a estar saturado.

Barcos y ferrys.
Otra opción, y muy chula, son los barcos que navegan por el río, haciendo paradas en muelles que se encuentran cerca de los lugares más turísticos, y también trasbordadores que cruzan de un lado a otro. Hay varias empresas y rutas. Por ejemplo, la Orange Flag (más económica) y la Blue Flag (un barco turístico, del que puedes bajar y subirte durante un día completo por un precio de cuatro euros). Merece la pena darse un garbeo, tanto para ir de un lado a otro como para contemplar el panorama. De noche, es especialmente bonito.



Vestimenta.
No hay que olvidar meter en la mochila o en el bolso de mano unos calcetines que no resbalen. Tarde o temprano, se visita algún templo y en todos es preceptivo llevar la cabeza descubierta y quitarse los zapatos, que se depositan en estantes situados a la entrada o en la propia escalera de acceso. A veces, te pueden facilitar una bolsa de plástico para que lleves el calzado contigo. Por supuesto, también puedes entrar con los pies desnudos. A gusto de cada cual. Igualmente se requiere que la ropa cubra al menos hombros y rodillas, así que conviene llevar una camisa de manga larga en la mochila; incluso una falda larga o unos pantalones anchos, pues los fulares o pañuelos no siempre les convencen, sobre todo si se transparentan. En el Gran Palacio son especialmente quisquillosos con este tema y las perneras deben tapar los tobillos y las mangas, los codos, si bien una camiseta de media manga suele ser suficiente. En caso necesario, los templos más visitados proporcionan ropa apropiada. También me llamó la atención que en algunos sitios alquilen sombrillas y paraguas. Aunque sea un engorro, no viene mal llevar en la mochila una chaqueta porque en los centros comerciales y en los trasportes públicos suelen poner altísimo el aire acondicionado.
Uniforme para los templos




Otras reglas que hay que respetar son no tocar a nadie la cabeza (la parte más sagrada del cuerpo), incluidos los niños; las mujeres no podemos establecer ningún contacto con los monjes, ni siquiera entregarles algo directamente en la mano. Por cierto que las mujeres tenemos prohibido acceder al interior de algunos templos (son pocos, eso sí). Las figuras de los budas no se deben tocar ni señalarlas con los pies. Dentro de los templos, frente a los budas, suele haber un espacio cubierto por una alfombra destinado a la oración y a las ofrendas, donde no está permitido permanecer de pie, pues hay que sentarse o arrodillarse. En estos lugares, salvo que esté prohibido expresamente, respetando la intimidad de las personas y la de los monjes, no suele haber problema para tomar fotos (sin flash), pero al sentarse hay que comprobar que nuestros pies (la parte del cuerpo más impura y terrenal) quedan hacia atrás, pues se considera una grave falta de respeto que apunten hacia los budas. Obviamente, hay que tener cuidado para movernos sin pisar ni desplazar las ofrendas que dejan los fieles. Al principio, estas normas parecen un poco latosas y complicadas, pero enseguida le coges el tranquillo y todo va bien, pese a la mala educación de algunos compatriotas con los que nos cruzamos en algunos templos y cuya conducta me produjo sonrojo
. En mi opinión, no todo vale con tal de tomarse un selfie.

Timos.
Todo el mundo dice que Tailandia es un país muy seguro para los extranjeros. Y así lo noté. No obstante, aparte de algún que otro carterista aislado, hay que tener cuidado para no caer en las triquiñuelas de ciertos listillos que se pasean por las zonas más turísticas con el objetivo de engatusar a los más incautos. Además de los recorridos en tuk-tuk de saldo que ya he mencionado, un timo muy extendido consiste en que una persona se te acerca y te dice que el lugar que quieres visitar está cerrado, pero que él te llevará a otro muy bonito en las inemdiaciones; pero ese sitio no es más que una tienda de la que es complicado salir sin dejarse un buen dinero. En cuanto a esto, sentido común y desconfiar de tan buenos samaritanos; lo mejor es acercarse a la taquilla y comprobar personalmente si el lugar está cerrado o no. Suele ocurrir mucho en torno a la muralla que rodea el Gran Palacio.

El Budismo y los templos budistas tailandeses.
No pretendo ser pesada ni enrollarme con aburridas explicaciones, pero voy a intentar poner un pequeño resumen sobre este tema, lo que me servirá igualmente para ordenar mis ideas tras el relato que nos hizo la guía local. Y es que el Budismo forma parte fundamental de la sociedad tailandesa y siempre acabaremos visitando varios templos, ya que a fin de cuentas constituyen uno de los principales atractivos turísticos del país. Se suele cobrar entrada a los extranjeros para visitar los templos más conocidos (entre 50 y 100 bahts por persona), pero hay muchos otros que son gratuitos. Como en casi todos sitios en Tailandia, el pago es en efectivo, ya que no se admiten tarjetas.

De acuerdo con una estadística de 2021 publicada por el Departamento de Asuntos Religiosos de Tailandia, el 92,5 por ciento de la población es budista, el 5,2 musulmana y el 1,2, cristiana. El Budismo es tanto una religión como una filosofía de vida. Su fundador fue Siddharta Gautama (563-483 a.C.), un príncipe hindú que decidió abandonar su vida de lujos y riquezas para a través del retiro y la meditación buscar explicación a cuestiones que le atormentaban sobre su propia existencia, el sufrimiento, la enfermedad, la vejez y la muerte. Tras varios años, halló respuestas bajo un árbol Bodhi y se convirtió en Buda, que significa “iluminado”, pero sin ser un dios. En adelante, dedicó su vida a ayudar a la gente, transmitiendo el dharma, que es el camino hacia el conocimiento verdadero mediante una vida libre de sufrimiento a través de la compasión, la sabiduría, el cultivo de la mente y la paz interior. En Tailandia, predomina el budismo Theverada, cuya meta consiste en alcanzar un estado de comprensión completa, paz, felicidad y profunda liberación, denominado “Nirvana”.

Una de las primeras cosas que aprendes en Tailandia es que la palabra “wat” se traduce por “templo”. Proviene del término “vata”, que significa recinto en sanscrito, y designa un lugar de culto budista. No se trata de construcciones aisladas, como nuestras iglesias o catedrales, sino que, tras una gran y decorativa portada, cada templo contiene varias áreas y estructuras que comprenden edificios, jardines, pagodas y campanarios. Las zonas esenciales son:
- La “estupa”, también denominada “chedi” o “pagoda” que contiene las reliquias budistas y simboliza la iluminación de Buda.
- El “vihara”, o sala dedicada a la oración y las ofrendas. Contiene estatuas de buda y otros objetos religiosos. Puede estar rodeada de frescos y pinturas murales. Algunas son muy ricas y llamativas.
- El “ubusot” constituye el lugar más sagrado del templo, donde se llevan a cabo las principales ceremonias religiosas.
- La “sangha”, lugar de reunión y trabajo de los monjes. Esta zona no se puede visitar.
- La “estupa”, también denominada “chedi” o “pagoda” que contiene las reliquias budistas y simboliza la iluminación de Buda.
- El “vihara”, o sala dedicada a la oración y las ofrendas. Contiene estatuas de buda y otros objetos religiosos. Puede estar rodeada de frescos y pinturas murales. Algunas son muy ricas y llamativas.
- El “ubusot” constituye el lugar más sagrado del templo, donde se llevan a cabo las principales ceremonias religiosas.
- La “sangha”, lugar de reunión y trabajo de los monjes. Esta zona no se puede visitar.


