Nuestro vuelo de Recife a Lisboa era a medianoche así que teníamos todo el día para hacer algunas actividades en Porto de Galinhas antes de regresar al aeropuerto.
En la Pousada nos dieron todas las facilidades para dejar nuestro equipaje y utilizar sus instalaciones hasta la hora en que decidiéramos marcharnos. Ellos mismos nos recomendaron que, después de desayunar, nos fuéramos playa adelante, hasta el Pontal de Maracaipe, donde nos ofrecerían llevarnos en barco de vela (paseo de jangada) hasta las piscinas naturales del arrecife, aprovechando la marea baja.
El Pontal de Maracaipe es la desembocadura de un pequeño río que forma una amplia extensión de arena y donde se juntan el agua dulce y la salada, siendo la mejor zona de la playa para el baño, pues es donde hay menos oleaje.
Caminando por la playa ya veíamos a lo lejos las jangadas (balsas), con sus velas de colores y, nada más acercarnos, efectivamente, un jangadeiro nos ofreció acercarnos a las piscinas naturales y pasar allí una hora por 150 reales los dos.
En un corto paseo estábamos en el arrecife, al que conviene acceder con calzado, por lo cortante de la roca como porque en sus huecos hay erizos.
Allí había unas cuantas jangadas y muy pocos bañistas, a diferencia del día anterior en Maragogi. El jangadeiro nos explicó que las piscinas de Maracaipe eran muy poco conocidas y tenían la ventaja con respecto a otras en que, en todas las mareas bajas siempre quedaba el arrecife por encima del nivel del mar.
Estas piscinas naturales son sencillamente espectaculares. Con el agua completamente cristalina y en calma, algunas comunicadas entre sí y otras aisladas, algunas albergan cientos de peces multicolores que quedan atrapados en ellas al bajar la marea y vuelven a quedar en libertad al subir.
Estuvimos una hora haciendo snorkel en ellas. Como éramos muy pocos los visitantes, nos las apañábamos para estar a solas o cambiar a las que quedaban desocupadas. En este video dejo un pequeño resumen de lo que en ellas grabamos.
De vuelta a la playa, nos ofrecieron hacer otro paseo de jangada, esta vez por el río que desemboca en el Pontal, para ver caballitos de mar en los manglares de sus orillas.
Fuimos a pie hasta uno de los meandros del río y allí embarcamos en una balsa que el jagandeiro movía con una pértiga, empujando en el fondo del río.
No nos hacíamos una idea exacta de cómo ibamos a ver los caballitos de mar, pues el río tenía unas aguas oscuras, con poca visibilidad.
El jagandeiro se dirigió hacia una de las orillas del río donde las raices de manglar estaban sumergidas, cogió sus gafas de bucear y un gran bote de vidrio y, después de decirnos que esperaramos en la balsa, se lanzó al agua.
Así estuvo haciendo varias inmersiones hasta que en una de ellas apareció con el bote lleno de agua y con un caballito de mar dentro de él. Nos dijo que era una hembra y nos explicó algo acerca de cómo vivían en el río. Rápidamente volvió al sitio donde lo capturó, se sumergió y lo devolvió al río. Algo que también, por nuestra parte, le pedimos que hiciera.

Realmente, pensábamos que íbamos a ir a un lugar donde íbamos a ver los caballitos en libertad, aunque estaba claro que en esas aguas hay que tener muy buen ojo para verlos enredados en las raices de los manglares.
El paseo en la jangada nos llevó después hasta la desembocadura del río y con esto terminó nuestra última excursión en este viaje.
De vuelta al hotel, esperamos allí hasta la hora de poner rumbo a Recife. Antes de marcharnos, nos invitaron a la merienda que todas las tardes servían gratis. Otro buen detalle de la Pousada.
Sin más incidencias que un retorno al aeropuerto algo más complicado, por los grandes atascos y la forma de conducir poco ortodoxa de algunos brasileños en estas situaciones, tomamos el vuelo para Lisboa y acabamos esta escapada que nos ha resultado muy interesante.
Más sobre este y otros de nuestros viajes podéis ver y leer en mi blog, yendo al siguiente enlace:
misespaciosnaturales.blogspot.com/

