DÍA 10
21/09/22
Empieza el día con un madrugón. Según internet, había un autobús a las 8 que pasaba por Himarë de camino a Sarandë, así que nos levantamos, recogimos y pusimos rumbo al pueblo, a donde en teoría debería llegar el bus. Estuvimos esperándolo más de 1 hora, pero por allí no pasaba nadie. Vimos y hablamos con otros viajeros que se fueron acumulando en la calle a la espera del transporte que nunca parecía llegar. Nos planteamos probar suerte haciendo autoestop, pero todavía era temprano y no pasaban muchos coches.
Al final el autobús apareció bastante más tarde de la hora acordada y nos subimos. La tarifa era bastante más cara que las travesías en bus del norte del país. Se notaba que estábamos en zona de playa y de más turismo (aunque seguían siendo precios baratos). Intentamos regatear un poco, pero de nada sirvió.
Tras 1 hora y media de viaje por las sinuosas carreteras albanesas, con ovejas incluidas, llegamos a Sarandë. A esta ciudad se la podría fácilmente comparar con Benidorm. Muy turística, buen clima, playas y apartamentos bordeando la costa. Para nosotras, sin embargo, era un mero trámite hasta nuestro destino del día. Aunque no le quitamos atractivo, Sarandë era demasiado ciudad para lo que nosotras buscábamos y nos llamaba más la atención sobre todo las ruinas de Butrinto, y la belleza de Ksamil, considerada como el Caribe albanés.
En Sarandë dimos una vuelta e hicimos tiempo bajando a la playa y caminando por el paseo marítimo antes de coger otro autobús con destino a Ksamil y luego a Butrinto. Cruzamos Ksamil en bus de camino a las ruinas y pronto vimos que, aunque seguro que tenía playas muy bonitas, era también más cara y parecía más turística de lo que nos gustaba, sobre todo después de la tranquilidad y belleza de Himarë.
También nos habíamos planteado si cruzar desde allí a Corfú y aprovechar para visitar la isla, pero teníamos planes ambiciosos que pasaban por terminar de dar la vuelta al país en los 4 días restantes que nos quedaban, así que descartamos esa opción. Ya iremos otra vez.
Ya en Butrinto, escondimos las mochilas grandes tras el stand de los folletos de diferentes idiomas de la entrada (porque no había dónde dejarlas y era más incómodo caminar con ellas), y nos dispusimos a explorar el lugar.

Merece sin duda alguna la pena acercarse hasta allí. El lugar en sí es precioso, rodeado por las aguas del lago Butrinto y repleto de vegetación. Con museo, baños romanos, anfiteatro, basilicas y fortificaciones, esta ciudad es uno de los puntos arqueológicos más importantes del país, habiendo sido colonia griega, romana, bizantina y veneciana.

Una vez admirada toda la zona, nos pusimos en marcha. Habíamos pensado dormir en Ksamil, pero no nos entusiasmaba mucho la idea, así que decidimos continuar el viaje hacia la siguiente ciudad: Gjirokastër.
Desde Sarandë, cogimos un autobús que nos llevó hasta allí. Por el camino pasamos junto al Blue Eye que se encuentra cerca de Muzinë. El problema es que era ya bastante tarde y parar ahí suponía luego tener que encontrar transporte de noche en una zona poco transitada, así que lo dejamos para el día siguiente.
En Gjirokaster nos alojamos en el Margarita Babacari Guest House. Reservamos una habitación con dos camas y estuvimos muy a gusto, ya que tanto los espacios comunes como el baño estaban muy limpios y eran amplios.
Para aprovechar la noche, dejamos las mochilas en el hostal y nos acercamos al casco antiguo de la ciudad. Allí pudimos ver varios kules o casas torres, una de las atracciones arquitectónicas de la ciudad, dar un paseo por sus calles empedradas y buscar un sitio para cenar. Finalmente nos decidimos por el restaurante Kujtini, donde pedimos algunos platos típicos y cenamos por un precio bastante asequible.

Después de cenar, nos dimos una vuelta por las callejas del casco antiguo para luego dirigirnos a nuestro alojamiento para descansar.