El recorrido de este día era el más largo de todo el programa con diferencia. En total, 567 kilómetros y unas seis horas de carretera. Una paliza en autobús, pero es lo que hay y se asume. Por mi parte, mientras tenga una ventanilla por la que ir viendo el panorama no lo llevo mal; lo peor de este viaje era el asunto de la cámara. Eso sí me crispaba los nervios. Y todavía más, al ver el horrible resultado de las fotos que fui sacando por el camino. Una lástima, porque pasamos por paisajes muy bonitos.
Itinerario de la jornada según Google Maps.


Nos levantamos al mismo tiempo que debía salir el sol, aunque no salió. Desayunamos y partimos muy temprano. Casi toda la primera parte del recorrido fue por carretera desdoblada, así que circulamos con bastante rapidez. Afortunadamente, no encontramos atascos de tráfico reseñables. El motivo de tantas prisas durante esta jornada eran los horarios de la Ruta Panorama, pues aunque se trata de contemplar los paisajes excepcionales que hay en torno al Cañón del río Blyde, las vistas más interesantes se hallan en miradores de pago, a los que hay que acceder cuando están abiertos. Y, al menos en esta época del año, cierran a las cinco de la tarde.

El día estaba nublado y hacía fresquito. Nada que ver con el calor del día anterior en Johannesburgo. Por la zona que íbamos a transitar, se preveían temperaturas de veinte grados. Con tal estado de cosas, preguntando por aquí y por allá, decidí no tomarme las pastillas de Malarone. En esa época hay pocos mosquitos y la probabilidad de contraer malaria era sumamente baja; además, tenía el propósito de permanecer tapada de arriba abajo, salvo la cara y las manos, y llevaba la ropa exterior impregnada con permetrina. Unos buenos chorros de Goibi deberían ser suficientes durante los dos días que íbamos a estar en zona de riesgo relativo. Lo cierto es que nadie del grupo tomó Malarone. Pero eso no quiere decir que no se tenga que tomar.


Hicimos una parada técnica en un sitio muy curioso, con las consabidas tiendas, cafeterías, restaurante, gasolinera y demás parafernalia, pero también con un bonito paisaje, en cuyo fondo se adivinaba una manada de búfalos. Al parecer, es una pequeña reserva y los animales suelen venir a beber al alba y al atardecer a una pequeña charca que hay junto al área comercial. No era su momento y nos tuvimos que conformar con verlos de lejos. ¡Otra vez echando de menos el estabilizador de imagen de mi cámara!


No nos podíamos creer que ese montón negro del fondo fuesen los búfalos; pero sí, lo eran. La foto es terrible, pero al menos se aprecian los cuernos de los “muchachitos”.



Pasamos por varios lugares y pueblos interesantes, como uno que se llama Belfast y que, lógicamente, fue fundado por un irlandés. Me hizo gracia una casa, con su propia cabina telefónica al estilo británico. Había sitios muy turísticos, con cabañas y zonas de pesca.


A media mañana, paramos a comer en un restaurante, no recuerdo dónde ni lo que tomé de primero. De segundo fue carne y de postre, los típicos koeksisters con helado de vainilla.

Seguimos camino por la provincia de Mpumalanga hasta que en un momento abandonamos la carretera desdoblada para pasar a otra convencional con bastantes baches y que no dejaríamos ya hasta llegar por la noche a nuestro hotel. En cierto momento, surcamos incluso las estribaciones del Parque Kruger, lo que da idea de su enorme extensión. Fue muy gracioso divisar el cartel correspondiente, con un montón de animales de mentira alrededor. La foto es todavía más mala que el montaje
.

La carretera R-532 recorre la Ruta Panorama a lo largo de unos 90 kilómetros, desde Three Rondavels hasta Sabie Falls (o a la inversa, según el sentido que se tome), dando acceso a varios puntos desde donde se contemplan los paisajes del entorno del Cañón del Río Blyde. Bastante antes de llegar al primero de ellos, logré divisar el enorme tajo que forma el cañón. Al ir en alto, en al autobús, pude verlo, incluso captarlo con la cámara, pero de nuevo las fotos me salieron fatal. Además, cada vez estaba más nublado y oscuro.

Yendo en un coche, debe ser difícil contemplar buenas vistas desde la carretera, pues no se puede parar en los arcenes (tampoco se vería nada) y el terreno que rodea el cañón está vallado en su mayor parte. Por lo tanto, para divisar los panoramas hay que dejar el coche en los parkings de los miradores de pago, a algunos de los cuales solo se puede acceder por vías que también cierran al mismo tiempo que el mirador. Así que mejor informarse primero.
El Cañón del río Blyde.
Con 26 kilómetros de longitud, es el tercer cañón más largo del mundo tras el Cañón del Colorado y el Cañón del río Fish, aunque a diferencia de ambos se trata de un cañón verde, cubierto de vegetación subtropical. Situado a 1.944 metros sobre el nivel del mar, alcanza una profundidad de 762 metros. Por cierto que “Blyde” en afrikáans significa “contento” o “feliz”.

Mirador Three Rondavels.
Se encuentra a 1.300 metros de altitud y fue el primer mirador en que paramos. Sin duda es uno de los que merecen más la pena, posiblemente el que más, pese a que al asomarnos nos encontramos con que la neblina disminuía algo la visibilidad, si bien afectaba más a las fotos (he tenido que darles una ayudita para que se aprecien mejor) que al panorama en directo, que me pareció espectacular. También hay que tener en cuenta que por la época del año el fondo del cañón se veía de un tono marrón, diferente del verde intenso que debe presentar al final de la primavera.

El acceso está abierto desde las 7 de la mañana a las 5 de la tarde y los precios, por entonces, son los que figuran en la siguiente foto. No es que sea barato para los extranjeros, aunque hay rebajas para niños y pensionistas. Nosotros lo llevábamos incluido.

Por cierto, que hay que andarse con ojo, ya que al menos existen dos puntos panorámicos diferentes y no hay que perderse ninguno. El primero al que nos asomamos, con una gran caída, nos ofreció la estampa (algo emborronada) de tres imponentes formaciones rocosas asentadas sobre el río. Su nombre hace referencia a su parecido con las casas tradicionales sudafricanas, llamadas rondavels. En cualquier caso, la visión completa resultaba magnífica.


A continuación, seguimos hacia el segundo punto panorámico, donde pudimos contemplar el meandro del río en el cañón en toda su belleza. De nuevo la neblina y las nubes bajas molestaban un poco, pero in situ el panorama era mucho mejor, realmente espléndido.


Cuando nos fuimos, desde la carretera, todavía asomaban al fondo las "tres hermanas". También pude contemplar unas imponentes panorámicas del propio cañón, aunque no logré sacar ninguna foto decente.

Bourke´s Lukes Potholes.
Es otro de los puntos más destacados de la Ruta Panorama, yo diría que tan imprescindible como el mirador anterior. En este caso, más que un mirador se trata de una pequeña ruta circular que lleva por un sendero, puentes y pasarelas, contemplando desde arriba unas espectaculares formaciones rocosas que han sido talladas por la erosión del agua en la confluencia de los ríos Blyde y Treur. Deben su nombre a Tom Burke, un buscador de oro que las descubrió en el siglo XIX.



Aquí vimos a muchos sudafricanos haciendo pic-pic. Era sábado y las familias disfrutaban del fin de semana en el merendero y en la propia ruta, incluso algunos con los pies metidos en las pozas de la parte alta del río, aunque son zonas que tienen su riesgo.



Conviene llevar zapatillas de trekking o un calzado que no resbale, pues seguramente apetecerá en algún momento dejar el sendero e internarse por las rocas en busca de las mejores perspectivas para la vista y las fotos.



Después de varias horas de autobús, disfruté mucho de esta mini caminata, en el curso de la cual se pueden ver los agujeros llenos de agua, las pozas, algunas cascadas y las rocas de un color marrón oscuro bajo la luz del sol, que allí volvió a aparecer de nuevo aunque de forma tenue.




The God’s Window (la Ventana de Dios).
Nos habíamos demorado bastante en los dos miradores anteriores y a este llegamos ya justitos de tiempo, pues el sitio cerraba a las cinco, igual que todos los demás. Pero, bueno, era de suponer que una vez dentro, no nos iban a dejar encerrados allí
.

Este lugar consta de varias rutas y puntos panorámicos. Según los carteles, se pueden contemplar vistas fabulosas de las llanuras de Lowveld, que en días despejados alcanzan también incluso al Parque Kruger y Mozambique. No era el caso, ya que el día pintaba un poco feo y las nubes se habían instalado como un manto sobre las llanuras, y bajo nuestros pies. De modo que al asomarnos al primer mirador eso fue lo que vislumbramos: nubes. Y en el segundo, más de las mismas nubes.


A continuación, comenzamos a seguir un sendero que, sin dejar de ascender, conduce hacia diversos miradores, en los cuales continuábamos encontrando idéntico mar de nubes.



La parte final me pareció muy bonita, surcando un bosque que, salvando las distancias, me recordó a los del Parque Nacional de Garajonay, en la Gomera. Allí, ya en el mirador más alto, en un momento dado, las nubes se abrieron un pelín y pudimos divisar un poquito de las llanuras verdes que se adivinaban a nuestros pies.



Cuando bajamos, unos pocos repetimos los miradores, a ver si teníamos más suerte. Y, bueno, sí que obtuvimos un pequeño premio al entrever el espeso bosque coronado por las nubes. ¡Fascinante! De todas formas, como quien no se contenta es porque no quiere, nos quedaba la foto sin nubes del panel informativo que he puesto más arriba:



Además de los mencionados, hay otros puntos que se pueden visitar en la Ruta Panorama, por ejemplo, dos zonas de cascadas, Berlin Falls y Lisbon Falls, o el Pinnacle Rock. Nosotros no tuvimos tiempo de más, pues la oscuridad empezó a caer rápidamente sobre el terreno y según bajábamos de altitud, las nubes se cerraron en torno al bosque y nos vimos imbuidos en una espesa niebla, que no se disipó hasta bastantes kilómetros más adelante.

Alojamiento.
Llegamos bastante tarde al que sería nuestro alojamiento durante dos noches, un resort llamado Pine Lake Inn. Naturalmente, no podíamos aspirar a alojarnos dentro del Parque Kruger, que visitaríamos al día siguiente. De todas formas, nos gustó: tenía una decoración africana muy chula, piscina y estaba situado a orillas de un lago, en un entorno casi idílico, si bien ya de noche poco se podía apreciar (la foto de abajo es de otro momento).

Era ya muy tarde y rápidamente nos dirigimos al restaurante para cenar, ya que la jornada siguiente iba a ser muy intensa: tocaba el safari del Kruger y teníamos que levantarnos a las cuatro de la madrugada para estar allí a tiempo de ver la salida del sol.
