Llegada a Ciudad del Cabo.
Sin ninguna incidencia digna de mención, llegamos al aeropuerto de Ciudad del Cabo pasadas las nueve de la noche. La recogida de equipajes fue muy rápida y en la puerta nos estaba esperando nuestro nuevo guía local, que resultó ser un afrikáner muy majo. El autobús era pequeño, similar al que habíamos tenido en el norte, pero sin cargadores para los móviles. Nos trasladaron directamente a nuestro alojamiento para cuatro noches. De camino pudimos ver una parte de la ciudad, con muchos edificios iluminados pero con escaso tráfico y apenas nadie en las calles.

Nuestro hotel era el Cresta Grande, perfectamente situado en el centro de Ciudad del Cabo, en Strand St., entre Long St. y Loop St., a unos quince minutos caminando del Parlamento. Hubiese sido una ubicación perfecta para movernos por libre en otras circunstancias de seguridad. Pero eso ya lo contaré.
Entorno del hotel.


Fuimos directamente a cenar, pues el bufet de la cena estaba abierto hasta las diez y media de la noche, algo casi increíble fuera de España. Luego ocupamos nuestras habitaciones, la mía en el décimo piso, situada en ángulo, con ventanales de cristales fijos con buenas vistas a dos calles, aunque no se veía la Montaña de la Mesa; desde otras, sí. Un compañero del grupo me pasó una foto. ¡Gracias Pedro!

También disponíamos de gimnasio y piscina, servicios que no utilicé. La habitación me pareció confortable, con una cama de dos metros de ancho para mí sola: no me podía quejar. Nos confirmaron que el agua del grifo era potable, pero siguiendo mi costumbre solo la utilicé para ducharme y lavarme los dientes. Había varios enchufes con clavijas de diversos modelos, incluido el europeo. En mi caso, no me hubiera hecho falta llevar el adaptador.

Mirando por las ventanas, me llamó la atención lo solitarias que estaban las calles de noche, con el parpadeo inútil de las luces de los semáforos ante un tráfico inexistente: apenas algún coche perdido y prácticamente ninguna persona. Solo divisé, justo enfrente, una especie de pub abierto, vigilado el acceso por varios hombres con una cinta donde se paraban algunos vehículos, cuyos ocupantes volvían a salir al cabo de un rato con algún paquete en las manos. No sé qué era todo aquello. No pude por menos que reírme al pensar que parecía la “vieja del visillo” de José Mota. Se oía un lejano susurro de música, pero sin que me molestara para dormir. Luego, me fijé de día y todo pintaba normal anunciando una barbería en la planta baja. Arriba, se veía como un pub. Yo y mis investigaciones…


Recorriendo el centro de Ciudad del Cabo.
Al día siguiente madrugamos, aunque no tanto como en el norte. El bufet del desayuno no estaba mal, con mucha fruta, quesos, algún embutido, bastante comida de la que toman los anglosajones para empezar la jornada y que a nosotros se nos atragantaría a tales horas; también dulces, bollos, mermeladas y yogures, así como huevos y tortillas preparadas al momento.
Por la mañana, me encontré con estas vistas desde mi habitación.



A continuación, iniciamos una visita por Ciudad del Cabo, que incluyó algunos de sus lugares más representativos en la zona centro. La temperatura era bastante fresca, en torno a catorce grados, y cielo se nublaba por momentos. Según el pronóstico del tiempo, podía llover.

Considerada como una de las ciudades multiculturales más importantes del mundo, con más de siete millones de habitantes, es la segunda urbe más poblada de Sudáfrica después de Johannesburgo. Y también la más antigua de la que se tienen registros, pues fue fundada en 1652 por empleados de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales como una estación base para los barcos que hacían esa ruta. Los holandeses importaron esclavos como mano de obra desde Indonesia y Madagascar, que trajo como consecuencia la primera población mestiza en la zona. A partir de 1795, los ingleses invadieron la colonia y se hicieron con su dominio.

Geográficamente hablando, la ciudad se asienta en un extremo norte de la Península del Cabo. Su clima es de tipo mediterráneo, con veranos suaves e inviernos frescos, durante los cuales aparecen frentes atlánticos que traen fuertes precipitaciones y fríos vientos del noroeste.

Tras encontrarnos con nuestro guía local, fuimos por Strand Street y pasamos frente a la Estación Central, al borde de la cual hay muchos puestos de venta de fruta y otros artículos. Vimos bastante basura y algunos trapicheos evidentes. El lugar no pintaba muy seguro.

A pocos metros, se encuentra el Castillo de Buena Esperanza, considerado el edificio más antiguo de la ciudad. El pequeño canal que hay delante proporciona unas bonitas vistas con la Montaña de la Mesa de fondo, aunque las amenazadoras nubes negras que cubrían la cima volvían la panorámica un tanto tenebrosa.

Tiene traza italiana y data del siglo XVII. Originariamente, estuvo en la costa de la Bahía de la Mesa, pero ahora se sitúa en el interior como consecuencia de las tierras ganadas al mar. Fue restaurado en los años ochenta del pasado siglo y actualmente es un Museo Militar. Estuve pensando visitarlo, pero al final lo descarté.

Pasamos por la Biblioteca Central y llegamos a Grand Parade Square (la Plaza del Gran Desfile), donde está el antiguo Ayuntamiento, un enorme edificio de estilo neobarroco eduardiano, construido en 1902 con piedra caliza de color miel procedente de la localidad inglesa de Bath. En 1918, se instaló una estatua de Nelson Mandela en el balcón donde pronunció su discurso tras salir de la cárcel el 11 de febrero de 1990. Las casas por esta zona presentan una bonita arquitectura, incluso de estilo colonial.


A continuación, llegamos a una zona muy interesante y segura de Ciudad del Cabo, que empezamos a recorrer a pie junto al Iziko Slave Lodge, uno de los edificios más antiguos de la ciudad que hoy en día se ha convertido en un museo sobre la esclavitud y sus consecuencias. Junto a la entrada, hay una escultura del general Smuts, uno de los iconos de la historia sudafricana y gran intelectual, de quien se dice que el país hubiera sido muy diferente de haber ganado las elecciones presidenciales de 1948.


Enfrente, está la Catedral anglicana de San Jorge, cuyo origen se remonta a 1901, año en que se empezó a construir en piedra y estilo neogótico sobre otra iglesia de 1834 situada en el mismo lugar. Todavía está incompleta. Al lado, se ha instalado una estructura llamada Arch for Arch, que recuerda al arzobispo Desmond Tutu.

En la calle lateral, se levanta el Parlamento de Sudáfrica, sede del poder legislativo del país y que ha sufrido muchas transformaciones a lo largo del tiempo como consecuencia de su tumultuosa historia, reflejando la transición desde el colonialismo a la democracia pasando por el apartheid. Consta de dos edificios blancos conectados por una cúpula central. Se empezó a construir en 1884 en estilo neoclásico. En los jardines, hay una escultura de la reina Victoria. Según nos comentó el guía, sufrió un sospechoso incendio en algunas de sus dependencias que comprometían al anterior presidente del país, acusado de corrupción a gran escala. En la misma calle del Parlamento hay otros edificios suntuosos y elegantes, como la Biblioteca Nacional, la Galería Nacional o el Museo del Holocausto.

Uno de los lugares imprescindibles y más bonitos que ver en el centro son los Jardines de la Compañía, los más antiguos de Sudáfrica, un parque público histórico, cuyo origen se remonta a la fundación de la ciudad en 1652 y cuyo propósito primordial era servir de huerto donde cultivar productos frescos con los que abastecer a los barcos que se dirigían Oriente. Su horario va desde las 07:00 hasta el atardecer. Es gratuito.


En los alrededores hay bastantes vendedores, incluso algunos indigentes, aunque sin mayores problemas. El interior es un remanso de paz, con edificios históricos, fuentes y esculturas. Además, una infinidad de árboles (algunos singulares o de gran porte), flores, un huerto similar al que hubo en su origen y una amplia muestra de vegetación autóctona, incluso endémica de la Península del Cabo.

Uno de los árboles más antiguos que plantaron los colonizadores en Ciudad del Cabo.


A este respecto, tuvimos la suerte de que nuestro guía local fuese un entendido en botánica, por lo que nos explicó con pelos y señales cuestiones muy interesantes que no podíamos ni haber imaginado, como la diferencia entre las plantas de “aves del paraíso” sudafricanas y las de otras latitudes. También tuvimos ocasión de ver diversas aves y un par de variedades de ardillas, entre ellas la albina; incluso presenciamos como un águila atacaba a una bandada de pájaros: le costó, pero al final consiguió su presa.



Alcanzamos la parte alta de los Jardines, hasta llegar al Delville Wood Memorial, concebido como una réplica del monumento que hay Longueval (Francia) en recuerdo de los soldados sudafricanos caídos en dicha batalla durante la I Guerra Mundial.


El monumento, que ha ido evolucionando, comprende un templete clásico junto con un grupo escultórico en bronce. En 2025, se ha ampliado con el monumento dedicado al Cuerpo Laboral, compuesto por más de 1.700 sudafricanos negros que murieron en la I Guerra Mundial y que fueron omitidos en los reconocimientos oficiales. Un bosque de postes les rinde homenaje, cada uno dedicado a uno de ellos, con inscripciones en inglés y afrikáans. Muy emotivo, la verdad. Tuvimos la suerte de verlo recién inaugurado.

Cerrando la plaza del memorial, que da acceso a los Jardines, se encuentra el Iziko South African Museum, al que me referiré más adelante, pues fuimos a visitarlo en otro momento.

Mirando a nuestra izquierda, podíamos divisar la Montaña de la Mesa, que a cada minuto presentaba un aspecto más siniestro, ataviada con su caperuza de nubes negras. Entonces comenzó a chispear.


Signal Hill.
A continuación, fuimos a esta colina, considerada uno de los mejores miradores sobre Ciudad del Cabo, incluso una buena alternativa si no es posible subir a Table Mountain. Pero por mucho que insistiera el guía local en animarnos con un dicho que afirma que “si no te gusta el tiempo en Ciudad del Cabo, espera a que pase media hora”, al final lo que tanto nos temíamos se cumplió: arriba no se veía nada de nada, pues la niebla lo hacía imposible. Bueno, sí, asomaba algo el estadio de fútbol… Por si eso fuese poco, empezó a llover con fuerza mientras soplaba un viento intenso y sumamente desagradable. En fin, habría que esperar otra oportunidad.


Bo-Kaap.
La siguiente parada fue este barrio malayo, situado a los pies de Signal Hill, y que se ha convertido en los últimos tiempos en un referente turístico en Ciudad del Cabo por sus casas pintadas de colores. En realidad, es algo que se repite en muchos pueblos y ciudades de ascendencia marinera, que utilizaban la pintura sobrante de los barcos para pintar las fachadas de sus casas.
Desde este cruce parte, hacia arriba, Whale Street, la calle principal de Bo-Kaap.



Cuando llegamos, seguía lloviendo y el guía local insinúo la idea absurda de obviar la visita porque “nos íbamos a mojar”. ¡Cómooor! ¿Acaso nos había tomado por una panda de viejecitos decrépitos…?
La respuesta fue unánime: ¡Ni hablar! ¡Llevamos paraguas y chubasqueros, pues no faltaba más! Lo cierto es que dejó de llover en cuanto bajamos del autobús.


Este barrio está habitado en su mayor parte por musulmanes descendientes de los primeros esclavos que llegaron a Ciudad del Cabo como mano de obra y que fueron alojados aquí. Por eso hay también varias mezquitas.



Las casas de colores se concentran en la parte alta del barrio, al final de Wale Street, donde se pueden localizar la mayor parte de las imágenes que circulan por Instagram, como la que tiene permanentemente un coche antiguo a la puerta.

Igualmente hay casas de colores en Hout Street y en otras calles más pequeñas, perpendiculares, por las que me metí, aprovechando que algunas personas del grupo se entretenían comprando hierbas y especias en una tienda local bastante conocida.

En mi opinión, este sitio no tiene mayor interés que tomar unas cuantas fotos chulas por los colores, aunque los coches aparcados delante estorban bastante, así que no viene mal escaquearse por alguna pequeña calle lateral con menos tráfico. No obstante, he leído que a veces hay agentes de seguridad que disuaden a los turistas de perderse demasiado por los callejones.

Debido a la lluvia, cuando fuimos, había muy pocos visitantes, pero es un destino al que se acercan la mayor parte de tours y free tours, así que suele estar muy concurrido. De día, me pareció seguro.

Green Market Square.
Esta plaza histórica, por su proximidad al Parlamento, se utilizó bastante para centrar las protestas por el apartheid. Allí, ahora se celebra un mercado diario, al estilo del Rastro madrileño pero mucho más reducido, donde se vende de todo, en particular, artesanía y recuerdos para los turistas, pues es un lugar muy visitado por los extranjeros y al que acuden todos los tours guiados.


Por eso, está considerado uno de los sitios ineludibles en Ciudad del Cabo, y digo ineludibles y no imprescindibles porque, personalmente, no me lo pareció. Que hay que ir para conocerlo, quizás; que tenga mayor o menor interés, depende de cada cual. Si te gusta curiosear lo que se vende en los tenderetes y comprar recuerdos y demás, seguramente pasarás un buen rato. Yo, a los cinco minutos estaba cansada de estar allí y me dediqué a dar una vuelta por los alrededores y, entre otros edificios, me fijé en la llamativa fachada de una Iglesia Metodista.


Al mismo tiempo, tuve que esquivar a los vendedores y a los indigentes que pedían dinero. La verdad es que algunas de aquellas personas me daban algo de pena, pero estaba sola y tampoco era cuestión de sacar el monedero del bolso sin más. De todas formas, la plaza está vigilada y se iban en cuanto les decías que no. Así que el lugar me pareció seguro.

Un rato después, se puso de nuevo a llover, así que nuestro guía local sugirió dejar para otro momento el callejeo por el centro de Ciudad del Cabo y continuar hacia nuestro siguiente destino: la zona de los viñedos. Pero eso queda para la siguiente etapa.
