La visita para conocer esta importante zona de viñedos sudafricana nos llevó en primer lugar hasta la bodega Middelvlei Wine Estate, donde almorzamos con una cata de vinos. Después fuimos a visitar la localidad de Stellenbosch, la segunda ciudad más antigua de Sudáfrica. El recorrido fue de unos 55 kilómetros para la ida, a los que hubo que añadir el regreso a Ciudad del Cabo, con el siguiente perfil en Google Maps.

Según nos íbamos alejando de Ciudad del Cabo, la climatología mejoró paulatinamente, incluso dejó de llover aunque seguía muy nublado. Por el camino nos sorprendió la cantidad de chabolas e infraviviendas que fuimos divisando. Al principio, aparecían barrios con casas bajas de colores que no tenían mal aspecto. El guía local nos comentó que se las conoce como las “casitas de Mandela”, que habían ido sustituyendo a asentamientos anteriores.



Pero esas prácticas se fueron quedando en nada tras la muerte de Mandela y la utilización de los presupuestos en otros fines “menos” sociales. Justo a continuación, empezamos a ver un mar de chabolas, algunas de hojalata, que surgían en fila durante kilómetros y kilómetros. La verdad, no pensé que tan cerca de Ciudad del Cabo hubiera tal cantidad de infraviviendas.



Sí, claro que hay países pobres, donde seguramente la gente vive peor y ni siquiera come, pero lo que me parece más chocante del caso sudafricano es que hablamos de un país con recursos que darían para todos si se repartiesen bien; bueno, simplemente si se repartiesen un poco. Porque se trata de un país extenso, donde se cultiva de todo y con solo 64 millones de habitantes. Esto no es Pakistán, que debe alimentar a más de 250 millones de personas; ni Egipto, con una población de 117 millones. En fin, estamos en un foro de viajes y no quiero seguir ahondando en este tema, pero me apetecía mencionar algo que me ha llamado tremendamente la atención y me ha entristecido. No pensé que Sudáfrica estuviese tan mal en cuestiones sociales después de haber superado supuestamente un apartheid. Las fotos no me salieron bien, así que pido disculpas por su mala calidad; pero creo que sirven para explicar lo que cuento y me apetece ponerlas.


Según he leído, algunas de estas zonas deprimidas están intentando visibilizar sus problemas y ganar algo de dinero mediante el turismo, para lo cual organizan visitas guiadas y relatan sus proyectos de reinserción social, que incluyen la pintura de murales en sus fachadas, la venta de artesanía, la difusión de su música y su gastronomía. De todas formas, desconozco el fondo de esos tours (se ofrecen en las webs más conocidas) y su enfoque real.

Sudáfrica y sus Winelands.
Vale, volvamos al vino, si bien, antes de empezar, comento que aunque he visitado varias bodegas en Portugal, Francia y España entiendo muy poco o nada del tema, no bebo vino con demasiada frecuencia y cuando lo hago prefiero el blanco al tinto.
Poco a poco, el ambiente cambiaba.



La viticultura en Sudáfrica se remonta a 1655, cuando Jan van Riebeeck plantó en un asentamiento del Cabo de Buena Esperanza los primeros viñedos para abastecer a los marineros con productos frescos y así evitar el escorbuto. Más tarde, aparecieron los cultivos en la zona de Constantia y se afianzaron con la llegada de los hugonotes franceses al Valle de Franschhoek. Durante el apartheid, la producción se limitó al consumo interno debido al boicot internacional, pero tras la caída del régimen racista, los mercados se abrieron y las cooperativas buscaron unos caldos de mayor calidad para favorecer la exportación.


Actualmente, casi el 90 por 100 de la producción de vino sudafricano se concentra en El Cabo Occidental, sobre todo en las regiones de Stellenbosch, Franschhoek y Constantia. Stellenbosch destaca por los vinos tintos (Cabernet Sauvignon, Merlot, y Pinotage); Franschhoek es famosa por sus vinos espumosos y Constantia por los blancos de clima fresco.


Nosotros visitamos durante esta jornada la zona de Stellenbosch, para lo cual nos dirigimos hacia Middelvlei, una granja vinícola familiar, donde nos ofrecieron una cata de vinos y comida típica. Aunque el cielo estaba plomizo y la luz era escasa, el paisaje me pareció precioso.


El tiempo era desapacible, incluso hacía frío. Estuvimos solos en el restaurante de la granja, así que agradecimos el reconfortante fuego que ardía en la chimenea del comedor, decorado al estilo tradicional y plagado de recuerdos de los antepasados de los actuales propietarios. Antes de la comida, además de explicarnos las características de los vinos que producen, la encargada nos deleitó durante unos minutos cantando varios temas famosos de solistas negros americanos: confieso que nos quedamos atónitos ante su fantástica voz y su entonación, así, en directo, sin música, ni altavoz, ni micrófono. Increíble, de verdad. Una de las cosas que se me quedarán en la memoria de este viaje a Sudáfrica. De hecho, pongo a menudo el vídeo que le grabé.

Según fueron apareciendo los platos, nos sirvieron la cata de vinos: primero un blanco y luego tres tintos. No voy a dar mi opinión porque no serviría de mucho; además, me salté el segundo porque me empezaba a marear. Eso sí, a los entendidos, les gustaron.

La comida se compuso de varios platos que fueron sirviendo en pequeñas ollas en la mesa para que cada uno se sirviese lo que quisiera: patatas con una salsa que me recordó las de estilo alemán, la tradicional salchicha sudafricana (boereword), el panecillo relleno de verduras y carne picada (vetkoek) y las brochetas de pollo a la parrilla (sosaties). Siempre me digo que tengo que apuntar lo que llevan estos platos, pero nunca me acuerdo. De postre, nos trajeron koeksisters, un dulce de masa trenzada y frita, bañada en sirope de azúcar, que probamos varias veces durante el viaje y que está de muerte.

Aunque en la zona hay bodegas mucho más grandes y famosas, personalmente me sentí satisfecha. Luego salimos a pasear un rato por la granja, donde pastaban unas cuantas vacas y había también otros animales. Lástima que el tiempo no acompañase demasiado, con las nubes emborronando las cimas de las montañas que se adivinaban en la distancia.


Un paseo por Stellenbosch.
Concluida la sobremesa, nos dirigimos a Stellenbosch. Por el camino, vimos gran cantidad de bodegas. Poco a poco, el ambiente parecía ir aclarándose. Y cuando empezamos a pasear por la ciudad, al fin lucía el sol ¡Bien!


Stellenbosh es el segundo asentamiento más antiguo de Sudáfrica. La localidad fue fundada en 1679 por el Gobernador de la Colonia del Cabo, llamado Simon Van der Stel, quien le puso ese nombre para honrarse a sí mismo: el bosque (bosch) de Stel. También se la conoce como la Ciudad de los Robles, por la gran cantidad de estos árboles que plantó su fundador para decorar sus calles y haciendas.

Situada a orillas del río Eerste, a 136 metros de altitud sobre el nivel del mar, en las estribaciones de las montañas Jonkershoek, goza de un clima de tipo mediterráneo. Con una población de unos 200.000 habitantes incluyendo alrededores, su economía se basa en la producción de vinos y uva de mesa, y en menor medida en el turismo, pues actualmente hay muchos tours que realizan la conocida “ruta del vino” desde Ciudad del Cabo, de la que solo dista 50 kilómetros.

Cuenta también con una de las Universidades más importantes de Sudáfrica, cuya historia se remonta a 1863 y que se considera el corazón de la cultura afrikáner.

Hicimos un recorrido por el centro, pequeño pero muy cuidado y bonito, casi de postal. Además, es un lugar muy seguro por donde se puede caminar tranquilamente. Hay muchas cafeterías, restaurantes y terrazas donde sentarse a tomar algo; y también galerías de arte y tiendas de artesanía.

Todavía se conservan varias casas de un estilo de arquitectura tradicional llamado Cape Ducht, cuyas características principales son el uso de frontones que recuerdan los de las casas adosadas de Ámsterdam, las fachadas encaladas, los techos de paja, las contraventanas de madera, las estructuras largas con una o dos plantas y buhardilla y los detalles en verde.

Aproveché la seguridad del lugar para perderme por sus calles, viendo la Iglesia Reformada con el fantástico fondo de la montaña detrás, iluminada al fin por el sol. Y el histórico Hotel Werf, el más antiguo de Sudáfrica.



Y también se pueden ver los canales y las esculturas que rememoran los surcos construidos por sus primeros pobladores para dirigir el agua del río Eerste por la población, desde la calle Thibault y la calle van Riebeeck hasta la calle Mill (molino), donde levantó un Molino, de ahí su nombre.

En resumen, muy chulo el recorrido. Lo peor, el atasco que encontramos para salir de allí. Menos mal que todo el entorno merece muchísimo la pena. Es precioso.



De regreso a Ciudad del Cabo.
De vuelta a Ciudad del Cabo, ya con un cielo cada minuto más azul y la luz del sol disipando las nubes bajas, pudimos contemplar un paisaje casi idílico: ¡qué bonita es esta zona! Los campos verdes, las montañas al fondo decoradas con palmeras aisladas, los viñedos, las bodegas, algunas muy sencillas y otras de gran diseño, las vacas pastando…




Ya cerca de Ciudad del Cabo, volvimos a ver los kilómetros y kilómetros de infraviviendas, aunque ahora parecían tener otro aire, más optimisa, con grupos de niños jugando al fútbol en las inmediaciones de las casas, al borde de la carretera.





Y todavía nos aguardaba otra sorpresa: el sol cayendo sobre Table Mountain, que casi lo redimía todo.




