Las dos actividades imprescindibles en Ciudad del Cabo son, sin duda, la ruta por la península del Cabo y subir a Table Mountain, lo cual no siempre resulta fácil. Por eso, estuvimos cruzando los dedos para que el tiempo no nos chafase el asunto, como nos pasó con las vistas desde Signan Hill. Y es que para disfrutar de Table Mountain hay dos premisas fundamentales: que el cielo esté despejado y que no haga viento. Si hay nubes, no se ve nada; y si el viento supera ciertos límites, el teleférico no sube. Y si coinciden tan felices circunstancias, hay que madrugar para llegar a ser posible unos minutos antes de la hora de que empiece a funcionar el teleférico, pues las colas que se forman pueden llegar a ser kilométricas.


La mañana volvió a amanecer espléndida: apenas había alguna que otra nube aislada. ¡Bien!
El viento… Bueno, eso era otro asunto. Llegamos al teleférico cuando la estación aún no había abierto, pero las colas ya eran considerables. Desde el propio aparcamiento se divisan unas vistas espectaculares, así que merece la pena asomarse incluso si no resulta posible subir a la cima. Hicimos bastantes fotos. Por cierto que han tenido el detalle de instalar unos toldos para proteger del sol, que pega fortísimo en estas latitudes. Me arrepentí de haber olvidado el sombrero en el autobús.
El viento… Bueno, eso era otro asunto. Llegamos al teleférico cuando la estación aún no había abierto, pero las colas ya eran considerables. Desde el propio aparcamiento se divisan unas vistas espectaculares, así que merece la pena asomarse incluso si no resulta posible subir a la cima. Hicimos bastantes fotos. Por cierto que han tenido el detalle de instalar unos toldos para proteger del sol, que pega fortísimo en estas latitudes. Me arrepentí de haber olvidado el sombrero en el autobús.

Llevábamos las entradas compradas online. Sale un poco más barato. La tarifa de adulto de ida y vuelta es de 450 rands; en taquilla, 490. Hay entradas para saltarse las colas, pero cuestan más del doble. En cuanto abrieron, la gente empezó a avanzar más rápido de lo que esperábamos. Hasta que llegando casi al acceso se hizo un parón y por los altavoces comunicaron que el servicio quedaba interrumpido a causa del viento. ¡Uff! Pero eran ráfagas y no un vendaval, así que de momento no cundió el pánico. Al cabo de un rato, las ruedas del artilugio comenzaron a moverse y en adelante avanzamos rápido.


También se puede subir a pie, pero es una ruta de senderismo que requiere su tiempo, pues se supera un desnivel de 700 metros desde el aparcamiento, mientras que el teleférico tarda unos cinco minutos. Además, resulta muy chulo porque es circular y va dando vueltas, de forma que sin moverse del sitio todos los ocupantes en algún momento van a disfrutar de las mejores vistas, incluso un par de paños no tienen cristal. Impresiona, la verdad.


Una vez arriba, pudimos explayarnos con las panorámicas que nos habían fascinado desde el teleférico, ya que hay miradores hacia todas las direcciones y senderos por los que recorrer los tres kilómetros de la planicie. Son llanos y no presentan dificultad, si bien conviene llevar calzado adecuado porque no faltan piedras y agujeros.

Desde 1998, el Parque Nacional de la Península del Cabo pasó a denominarse Parque Nacional de la Montaña de la Mesa, cuyo propósito es proteger su medio ambiente y su flora, en particular los fynbos, si bien no todas las actuaciones que se llevaron a cabo para establecerlo estuvieron exentas de controversia. Consta de dos sectores, la Montaña de la Mesa y el Cabo de Buena Esperanza. El sector de la Montaña de la Mesa comprende Signam Hill, Cabeza de León, la Montaña de la Mesa propiamente dicha, los Doce Apóstoles, el Pico del Diablo y Orange Kloof.

La Montaña de la Mesa se convirtió en 2011 en una de las siete nuevas maravillas naturales del mundo, junto con la Amazonia, las Cataratas de Iguazú, la Bahía de Ha-Long, la Isla de Jeju, el Parque Nacional de Komodo y el Río Subterráneo de Puerto Princesa, tras una votación internacional organizada por New Open World Corporation.


La cima es plana, una meseta en realidad, lo que justifica su nombre. Una vez arriba, lo más práctico es seguir un itinerario circular sugerido, a lo largo del cual se han instalado paneles informativos y miradores, si bien la cornisa entera constituye un continuo y magnífico mirador.


El recorrido recomendado completo requiere unos 45 minutos sin paradas, pero, claro, te paras y mucho. También hay rutas guiadas y opciones más largas que implican alguna caminata. Depende de los gustos, el ánimo de cada cual y del tiempo disponible. También hay cafetería, tienda y servicios. Por cierto que según esta escalera estábamos a 11.803 kilómetros de España. ¡Total na!

La cámara de fotos echaba humo. Si la visibilidad es buena, como era el caso, las panorámicas resultan espléndidas, llegando incluso a divisarse la zona del Cabo de Buena Esperanza.


Por supuesto, las vistas que se obtienen tanto del casco urbano de Ciudad del Cabo como de sus alrededores son apabullantes, distinguiéndose también perfectamente Robben Island.
Igualmente, podíamos divisar con claridad nuestro hotel y el resto de lugares por los que nos habíamos movido durante los días anteriores. Estuvo bien lo de subir el último día, pues fue como un repaso general a vista de pájaro.





Y tampoco hay que olvidarse de los pequeños animalitos que pululan por allí.

Cuando terminamos, volvimos al hotel y salimos a dar una vuelta por los alrededores hasta el momento de dirigirnos al aeropuerto. Nuestro viaje a Sudáfrica había llegado a su fin. Por el camino, Ciudad del Cabo nos despidió con otra muestra de sus tremendos contrastes.

