Este día era libre y estuve barajando varias opciones. Podía ir a la Isla Robben, donde estuvo preso Mandela, que ahora es un Museo y Patrimonio de la Humanidad, pero no me convencía demasiado. También, era posible apuntarse a un tour para avistar ballenas en Hermanus, pues era temporada; sin embargo, ya lo hice en Noruega y no apetecía repetir. Y también estaba el Jardín Botánico de Kirstenbosch.

En principio, no es que la palabra “jardín botánico” impresione mucho cuando se viaja a tantos miles de kilómetros de distancia. Así que algo así no le interesa a todo el mundo. No obstante, tras visitar uno en el norte de Escocia y otro en Tailandia, yo sabía que los hay muy especiales.

El Jardín Botánico de Kirstenboch, situado a 13 kilómetros de Ciudad del Cabo, está considerado como uno de los más impresionantes del mundo y el más bello de África, incluso se integra en la zona de protección de la flora autóctona y endémica de El Cabo, calificada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Así que no me lo podía perder. Además, nos acompañaba nuestro guía local, biólogo, toda una garantía después de lo que nos había enseñado ya en los Jardines de la Compañía.


Kirstenbosh significa “jardín botánico” en afrikáans. Goza de una ubicación fantástica, en las laderas de la Montaña de la Mesa, a 100 metros de altitud sobre el nivel del mar. Tiene una extensión de 528 hectáreas, de las cuales 470 corresponden a vegetación autóctona y el resto a jardines acondicionados.



En 1895, un hombre de negocios inglés llamado Cecil Rodhes compró estas tierras para evitar asentamientos en ellas. A su muerte, las legó a la Corona Inglesa. El Jardín como tal fue creado en 1913 para reunir, albergar y proteger la flora de El Cabo.



La mañana amaneció nuevamente espléndida. El sol brillaba en el cielo azul, no hacía viento y la temperatura era muy agradable. Había poco tráfico y tardamos apenas veinte minutos en recorrer los 14 kilómetros que hay desde Ciudad del Cabo hasta Kirstenbosh, aunque no accedimos por la entrada principal sino por otra que se halla a un nivel superior, lo que nos permitió divisar el precioso paisaje de Constantia y, luego, recorrer el jardín hacia abajo en vez de hacia arriba.



Simplemente por la ubicación del Jardín ya mereció la pena el desplazamiento. Me pareció un lugar precioso. Luego empezamos a descubrir plantas y flores, en especial las colecciones de Proteaceae (arbustos perennifolios), Ericas (brezos), Cycas (palma del sagú) y Restionaceae (hierbas perennes, similares al bambú). La mayoría de estas plantas son nativas del entorno de Ciudad del Cabo, especies únicas en el mundo. Una maravilla.



Aunque existen multitud de caminos y senderos para recorrerlo, nosotros seguimos uno recomendado para visitas de entre dos y tres horas, que fue el tiempo que estuvimos allí. En particular, disfruté mucho del paseo por la pasarela sobre los árboles, que se conoce como Tree Canopy Walkway.


Aunque no es tan larga ni tan impresionante como la que recorrí en las proximidades de Chang Mai (Tailandia) el año pasado, también me gustó mucho y ofrece un panorama espléndido de la Montaña de la Mesa.


Igualmente contemplamos árboles de gran porte y singulares, algunos especies únicas en el mundo, incluso una clase de palmera que se consideraba extinta.

Y tuvimos la oportunidad de ver aves y pájaros, en particular varios colibríes. Una suerte que nuestro guía los encontrase para nosotros, si no, creo que no hubiésemos localizado ni uno
.




Muy bonito este Jardín Botánico, sobre todo en una mañana soleada de primavera. Merece la pena verlo, aunque sé que no todo el mundo será de la misma opinión.

