Era nuestro último día completo en el hotel, y nos costó levantarnos, como si no quisiéramos que llegara. Los tres nos despertamos a las 8:30, con esa sensación agridulce de querer exprimir hasta el último momento, pero sabiendo que el final estaba cerca.

Nos vestimos rápidamente y nos dirigimos al restaurante Gourmet “El Colonial” para desayunar.

Mi mujer y yo pedimos, como de costumbre, una tortilla al gusto con nuestros ingredientes favoritos, mientras que nuestra hija optó por un plato de pancakes con sirope de caramelo, que disfrutó con una sonrisa a pesar de que no se sentía del todo bien. Como siempre, acompañamos el desayuno con algunos productos de la mesa de entrantes, donde nunca faltaban frutas frescas, embutidos, panes variados y algo dulce para cerrar.

Durante el desayuno, mi hija nos comentó que había pasado una mala noche, ya que se había puesto indispuesta y no tenía cuerpo para hacer la actividad de snorkel que teníamos programada. Fue una pequeña desilusión, porque era nuestra última oportunidad para hacerla, pero por supuesto lo más importante era que ella se sintiera bien y tranquila.
Sobre las 9:40, me fui al lobby del hotel para solicitar un transporte interno que me llevara al “Watersports”, con la intención de informarles personalmente de que no haríamos la actividad. Al llegar, me llamó la atención que en el bar del lobby habían colocado una bandera de Cuba. Pregunté en recepción y me explicaron que ese día el hotel celebraba el Día de Cuba, y que durante la cena habría platos especiales y ambientación típica del país. Me pareció un bonito detalle para despedir nuestra estancia con un toque local.

El transporte llegó enseguida, y en apenas dos minutos me dejó en el “Watersports”. Al llegar, uno de los trabajadores me esperaba ya en la entrada, como si supiera que venía a por algo importante. Al verme solo, cambió su expresión con un gesto de sorpresa. Le expliqué la situación: que mi hija se había puesto indispuesta durante la noche y que, lamentablemente, al marcharnos al día siguiente ya no tendríamos más oportunidades para hacer la actividad. Lo entendió perfectamente y me agradeció la visita. Con una sonrisa sincera, me deseó un buen regreso a España y me dijo que siempre tendríamos allí nuestra casa. Fue un gesto que me emocionó más de lo esperado.

Como aún era temprano y mi mujer e hija se habían ido a la villa para preparar las cosas del día, decidí aprovechar para explorar la otra parte de la playa Ensenachos, esa zona que aún no habíamos tenido ocasión de visitar, y que está a unos 300 metros por la carretera, en dirección al Coral.
Al llegar, vi que en la entrada había dos carteles que indicaban el camino hacia la playa y hacia el bar Ensenachos.

Tomé el sendero elevado de madera, muy bien integrado en el paisaje natural, y en el trayecto, el camino se bifurca, uno de los ramales se dirigía hacia el bar, una casa de madera pintoresca que parecía tener más tamaño que el nuestro. Tenía música ambiental caribeña y acogedora, y al lado, una pequeña caseta que funcionaba como baños.


Unos pasos más adelante, y antes de llegar a la playa, se encuentra una casa que es el snack bar, una estructura de madera más pequeña y discreta que servía comidas rápidas para esa zona de la playa.

Seguí por el camino principal, y pronto se abrió ante mí una imagen preciosa: la playa Ensenachos en todo su esplendor. Aunque era más estrecha que la parte que usábamos habitualmente, conservaba esa misma belleza de aguas cristalinas y tranquilas. Los parasoles de madera y las tumbonas estaban bien organizados, y aunque había menos espacio entre las hamacas y la orilla, el ambiente era muy agradable y relajado. A la derecha se podía ver claramente el espigón que separa esta playa de la zona del “Watersports”, y justo en el centro de ese límite natural, se encuentra el restaurante buffet “Punta Pirata”, que tiene una ubicación envidiable justo entre ambas playas.

Me tomé unos minutos para disfrutar de ese rincón que no habíamos transitado del resort, y aunque el cielo seguía nublado, la temperatura era muy agradable. Sentí que estaba cerrando el círculo de este viaje al descubrir una zona nueva justo en el último día. Era como un pequeño regalo de despedida que me ofrecía el lugar.
Después de explorar la otra parte de la playa Ensenachos, volví por el mismo camino de madera, disfrutando del silencio, del canto de las aves y del susurro del viento entre los manglares. Al llegar a la carretera, me quedé esperando el transporte interno que me llevaría al Coral, donde se suponía que mi mujer y mi hija ya estarían de camino hacia la playa tras terminar el desayuno.
Llegue a la playa, y después de darme un buen chapuzón, y tumbarme en la tumbona,…

… escuché un pequeño revuelo en la orilla. Me acerqué con curiosidad y vi que un bañista había encontrado una estrella de mar. No pude resistirme, fui a verla de cerca y le tomé varias fotos. Era preciosa, de un color marrón anaranjado, perfectamente simétrica, y destacaba sobre la blanca arena como una joya marina. Fue uno de esos momentos sencillos pero especiales, que te conectan con la belleza natural del entorno.


Alrededor de las 12:00 decidimos ir a la piscina, buscando un poco de sombra y relax. Al llegar, aparte de estar como siempre vacío, notamos que el bar también había sido decorado con la bandera de Cuba, como parte de la celebración del hotel del día de Cuba. Todo el ambiente tenía un aire festivo y tropical.

Nos metimos en el agua, y cuando nos acercábamos nadando hacia el bar, vimos una gran pizarra que decía en letras grandes: MOJITO. Ni siquiera habíamos llegado a la barra cuando ya lo estábamos pidiendo. No hacía falta leer más.

Durante el rato que estuvimos allí, nos dedicamos casi exclusivamente a probar mojitos y diferentes tipos de ron, en un improvisado concurso personal para decidir cuál era el mejor. El ambiente era divertido, la música sonaba de fondo y el servicio, como siempre, fue excelente. Los mojitos estaban realmente espectaculares, con la hierbabuena fresca, bien equilibrados, no muy dulces y con un toque de ron fuerte pero suave al paladar. ¡El mojito cubano auténtico no tiene comparación!

A eso de las 14:10, nos dirigimos al rancho “Pelícano” para almorzar. Aunque estaba lleno, tuvimos suerte y en menos de cinco minutos ya teníamos mesa, junto a los músicos que amenizaban el almuerzo.

Para empezar, pedimos una caldereta de marisco, muy sabrosa, y una ensalada de temporada con ingredientes frescos y bien aliñados. Como platos principales, mi mujer pidió un sándwich de jamón y queso, nuestra hija optó por la sugerencia del chef, que eran espaguetis a la carbonara, y yo me decanté por un sándwich club, que venía generosamente servido con plátano frito, tipo papas fritas, y ensalada de champiñones con zanahoria y maíz. Esta vez decidimos no pedir postre, ya que sabíamos que los argentinos nos estaban esperando para una nueva aventura: ver los peces en la parte menos frecuentada de la playa, aprovechando la marea baja.


Sobre las 15:40, ya estábamos listos. Los cinco nos dirigimos hacia el lobby para tomar el transporte interno. Cuando llegamos al sendero de madera que conduce a la otra parte de la playa, pasamos junto al bar Ensenachos y allí nos encontramos con la otra pareja argentina, que estaba de lo más animada tomando unos chupitos. Como era de esperar, mi mujer se apuntó de inmediato a la ronda, riendo y brindando con ellos antes de continuar el camino.

Al llegar a la playa, pudimos comprobar que la marea estaba tan baja que parecía una enorme piscina natural. Caminamos unos 40 metros dentro del agua, que apenas nos cubría los tobillos, hasta acercarnos a la zona de rocas que forman el espigón entre esta playa y la del “Watersports”. Ya desde lejos, el fondo marino comenzaba a cobrar vida: grupos de peces nadaban entre nosotros, algunos pequeños y rápidos, otros más grandes y tranquilos, con colores que parecían salidos de un cuadro impresionista.

Cuando llegamos a las rocas, fue sencillamente espectacular. Una auténtica manta de peces nos rodeaba. Nadaban a nuestro alrededor sin miedo, cruzando entre nuestras piernas o rodeándonos con total naturalidad. El agua era tan clara que podías ver cada detalle sin necesidad de gafas de snorkel, pero cuando nos pusimos las máscaras y sumergimos la cabeza, el espectáculo se multiplicó.
Me arrodillé en el agua y metí la cabeza. La vista era impresionante: decenas de especies distintas, peces con rayas, puntos, colores llamativos, algunos casi invisibles por mimetizarse con la arena blanca. Vimos también erizos y cangrejos entre las piedras, parecidos a los que vemos en España, pero muy activos y rápidos.
El agua nos llegaba justo por debajo de la ingle, lo que permitía una visión perfecta sin esfuerzo. Intentamos bordear el espigón, pero poco a poco la profundidad aumentaba, hasta llegar a un punto en el que ya no hacíamos pie. Decidimos entonces volver sobre nuestros pasos y quedarnos en la parte más baja, disfrutando de la experiencia una y otra vez.
Fue, sin duda, uno de los momentos más mágicos de todo el viaje. Un contacto directo con la vida marina en su estado más puro, sin embarcaciones ni guías, simplemente dejándonos llevar por la belleza del entorno. Una despedida perfecta, y aún nos quedaba la cena cubana por delante…
Sobre las 17:30, tras despedirnos de la increíble experiencia entre peces y rocas, decidimos no tomar el transporte interno de regreso al Coral. En su lugar, optamos por volver caminando por la playa. Sería poco más de un kilómetro por la orilla, pero queríamos saborear cada paso, como si retrasáramos el final inevitable de unas vacaciones que no queríamos que terminaran. Íbamos descalzos, sintiendo la arena tibia bajo los pies y escuchando las olas suaves romper contra la orilla, mientras el sol empezaba ya a bajar.


Al llegar a nuestra zona de playa, nos dirigimos directamente a la piscina para refrescarnos y tomar una última copa antes de subir a la villa. Allí, entre chapuzones y risas, hablamos de la cena especial del día de Cuba. Decidimos acercarnos a recepción para confirmar que, igual que la noche anterior, queríamos una mesa para seis personas a las 21:00, para así compartir todos juntos nuestra última cena en la isla, en buena compañía y con buen sabor de boca.
Sobre las 19:00 regresamos a la villa. Estábamos reventados, con el cuerpo pidiendo descanso a gritos, pero sabíamos que aún quedaba una noche por exprimir. Nos duchamos, nos arreglamos y, si bien no hubo tiempo para dormir, al menos conseguimos unos minutos de relax.

A las 20:30 salimos de la villa rumbo al lobby. Allí nos esperaban ya los argentinos y Ángela, copa en mano, animados como siempre. Después de algunos saludos y bromas, poco antes de las 21:00 ya estábamos todos sentados en el restaurante Gourmet “El Colonial”, listos para disfrutar de la cena temática cubana.
Como siempre, después de pedir las bebidas, los camareros nos explicaron que el menú esa noche sería una representación de la cocina criolla tradicional. Había platos variados: pasta, empanadas, carne de res, pollo y pescado, todos preparados al estilo cubano, con ese toque especial de especias y cariño casero. Cada uno pidió lo que más le apetecía, y todos coincidimos en que el sabor era diferente… ¡y delicioso! Un cierre gastronómico perfecto para el viaje. De postre había buñuelos y helado. Algunos optamos por los buñuelos, dulces, suaves y con ese sabor a cocina de abuela. Otros eligieron el helado, ideal para refrescarse después de una comida tan completa.

Sobre las 22:00, salimos del restaurante y nos dirigimos al bar del lobby. Esta vez, decidimos llevar las copas al exterior, ya que la noche estaba ideal: brisa suave, cielo despejado y una temperatura perfecta. Nos acomodamos en las hamacas junto a la piscina, rodeados de luces tenues. Allí pasamos la noche, riendo, compartiendo anécdotas del viaje, brindando una y otra vez, como si las horas no quisieran avanzar.

Y entonces... apareció el inesperado protagonista de la noche.
De repente, entre las sombras del camino, surgió un cangrejo enorme, de unos 20 a 25 centímetros de pata a pata, y unos 8 o 10 de alto. Se dirigía hacia nosotros con total seguridad, como si fuera uno más del grupo. Las mujeres, al verlo, soltaron un grito al unísono que podría haber despertado a medio hotel. ¡Parecía que hubieran visto un león en vez de un cangrejo! Jajajajaja. Entre el argentino y yo, intentamos llevarlo de vuelta al manglar, apuntándolo con las linternas de los móviles para no perderlo de vista. Nos habían contado que por las noches podían verse cangrejos grandes en la zona, pero hasta entonces solo habíamos oído ruidos entre las hojas secas del camino. ¡Por fin los veíamos en vivo!

Sobre las 23:30 decidimos retirarnos. La noche había sido divertida y especial, pero sabíamos que al día siguiente tocaba despedirse. Con algo de pena, nos fuimos caminando hacia la villa, disfrutando del último paseo por el resort en silencio, casi como si estuviéramos agradeciendo al lugar todo lo vivido.
Y por si el primero no hubiera sido suficiente… justo cuando estábamos llegando a nuestra villa, ¡nos salió otro cangrejo gigante! Pero este, a diferencia del anterior, se puso a la defensiva: levantó sus pinzas en posición amenazante mientras retrocedía lentamente hacia los matorrales del manglar. Yo, por supuesto, no podía perder la oportunidad de inmortalizar el momento y me lancé con el móvil a hacerle fotos. Mi hija, mientras tanto, no paraba de gritar:
—¡Papá no! ¡Papá nooo! ¡Papáaaaaa!
Jajajajaja, si se pone así con un cangrejo, no me quiero imaginar si algún día ve un león, un cocodrilo… o un tiburón. ¡Qué momento más divertido para recordar!

Cuando por fin entramos en la villa, tras lo que para mi hija parecía un mini safari nocturno, nos pusimos manos a la obra con las maletas. Dejamos preparado todo para el regreso: la ropa para la mañana siguiente —aún queríamos aprovechar nuestras últimas horas en la piscina— y lo necesario para el viaje de vuelta a España.
Cerramos la maleta con una mezcla de tristeza y gratitud, sabiendo que habíamos exprimido cada segundo del viaje. Y aunque nos esperaba el regreso a casa, sabíamos también que Cuba —sus playas, su gente, sus sabores, sus cangrejos jajajajaja— ya formaban parte de nosotros.