Escucho aún a lo lejos la música por los festejos de Reyes en Cusco. Hoy después de mi primer día en “el ombligo del mundo”, descanso y escribo.
Estos son los meses de lluvia: enero, febrero y marzo, sin embargo, el día acompañó a la ciudad, a sus habitantes y visitantes con un sol poderoso, nubes pasajeras y temperatura agradable de casi 20 grados.
Al final del día lloviznó, esto funcionó como excusa para levantar los puestos de venta ambulante y cerrar las persianas de los locales.
Amaneció antes de las 6 am, un rato después ya había movimiento en el hotel en donde me alojo. Tuve una mañana en las nubes, floté somnolienta por las calles, por la Plaza de Armas. Me compré un sombrero de alas anchas y me subí a un ómnibus con guía.
Mal de altura no tuve pero sí fueron horas entre el cielo y la tierra. Tomé agua y la segunda pastilla para mareo y vértigo, tomé mate de coca y masqué coca, un resultado perfecto: levitar por Cusco.
El paseo fue emocionante, por 35 soles recorrimos el Parque Arqueológico Nacional Saqsaywaman. Observamos construcciones, vimos textiles de alpaca, participamos de una ceremonia breve y hermosa con un cusqueño: nos habló en quechua, de la Pachamama, nos convidó cositas…todo es sencillo acá y exótico y detenido y movido a la vez.
Almorcé viendo la Plaza de Armas epicentro de Cusco, cambié dinero: 3,30 soles equivalen a 1 dólar. Vi una bajada de bailarines y bailarinas más sus músicos por la celebración de Reyes.
Cusco son planos yuxtapuestos, las voces aflautadas de las muchachas, es aire que falta y que te agita y después te adormece.
Me resulta enigmática.
Mañana continúo.





