Hoy es el último día de nuestro viaje por el sur de Italia y nos vamos a pasar el día en la costa Amalfitana aprovechando que hace un día espléndido. No es lo mismo ver la costa, el mar, los pueblos y los limoneros en un día soleado que en un día nublado. Hemos tenido suerte y ha salido un sol resplandeciente, no como los días anteriores que hemos tenido más nubes que claros.
Nos dirigimos esta vez en coche al sur, como si te fueras a Sorrento por la autoestrada E45 y poco antes de Sorrento nos hemos desviado para tomar la SS163 que es la carretera que bordea la costa amalfitana. Ya había leído algo sobre esta carretera, de las vistas que pueden contemplarse desde ella y de las curvas y estrecheces que tiene. Es una prueba de fuego para la conducción; quien la cruza se puede considerar un buen conductor. Aunque esto que digo parezca un poco exagerado siempre es necesario advertir de las dificultades de esta ruta donde la carretera se estrecha en muchos lugares y donde hay personal contratado para controlar el flujo de tráfico, dando prioridad a unos o a otros, según los casos. Hay que advertir que es una zona muy turística y los servicios de autocares de línea, turísticos y camiones de reparto es frecuente, y que en época de verano se pueden producir inmensas colas de vehículos esperando el paso con la sensación de estar perdiendo el tiempo parado en la carretera. En fin, dicho esto nos adentramos en la SS163 a ver lo que pasa. Nuestra intención era ver las poblaciones más importantes de la costa amalfitana, pero una cosa es lo que planeas y otra lo que sale. Ya en la carretera se puede contemplar lo que estabas esperando ver: montaña, pueblos, un mar inmenso, el Tirrero, y barcos de recreo. Positano fue la primera población que visitamos con la catedral de Santa María Assunta que sobresale de entre las casas dispuesta de forma escalonada y que bajan hasta la playa, playas, que por cierto, en su inmensa mayoría son artificiales y sembradas de sombrillas en perfecta formación de desfile.

Seguimos la ruta y la siguiente parada fue para tomar café en Praiano. Nos gustó tanto que nos quedamos paseando por la zona centro, asomándonos a los miradores a contemplar el inmenso mar y toda la costa. Este pueblo no es de los más importantes de la costa amalfitana, pero tiene mucho encanto y además está descongestionado de turistas. Nuestro siguiente destino es Amalfi. Imposible estacionar el coche, es desesperante, así que tomamos la decisión de continuar para no quedarnos estancados poniendo rumbo a Ravello. Para llegar a este pueblo hay que desviarse hacia interior por la carretera SS373. No tiene pérdida, es de los más famosos de la zona, desde sus numerosos miradores se pueden contemplar unas vistas inolvidables de la costa amalfitana. Está a 365 metros de altitud sobre el nivel del mar. Con pasear por sus calles es suficiente, pero si lo deseas puedes visitar el Duomo o Catedral y las iglesias de Santa María a Gradillo y San Giovanni del Toro, así como la Villa Rufolo. Ha sido una buena decisión cambiar Amalfi por Ravello, allí aún estaríamos buscando aparcamiento.


Volvemos por el mismo camino por el que hemos subido a Ravello para salir de nuevo a la carretera que nos llevará por la costa amalfitana a nuestro siguiente destino que está por decidir. La bajada de Ravello a la costa es un camino muy ameno. Igual que el resto de la ruta que hemos dejado atrás, está repleto de plantaciones de limoneros (la estrella del lugar, de ahí viene el limonchelo), viñedos, huertos, todos ellos suspendidos en grandes terrazas que descienden hasta el mar.

Salimos de nuevo a la SS163 en dirección Oeste (Salerno) para ir mirando algún pueblecito para comer algo. Íbamos contemplando el paisaje, la montaña a la izquierda y el mar a nuestra derecha, pasando por las poblaciones de Minori e Maiori (ya que en todas no se puede parar) y decidimos llegar hasta Cetara, un pueblo que en principio no nos había llamado la atención ni tiene, al parecer, la fama de otros. Nos desviamos y bajamos con el coche al mismo puerto de Cetara con la suerte que había aparcamiento libre en el mismo muelle. El pueblo es de los más pequeños de la costa, tiene cuatro calles y muchas tabernas y una pequeña playa de aguas cristalinas que finaliza en un colosal castillo o fortaleza que hacen de la playa un lugar mágico. Nos alegramos de haber llegado a este remanso de tranquilidad después del agobio y estrés que nos han dejado otras localidades que acabamos de dejar por el camino. Pues aquí decidimos quedarnos a comer.

La taberna Punto e Pasta fue la elegida. No sé cómo serán los demás restaurantes y tabernas de Cetara, pero aquí comimos de categoría al más puro estilo italiano y con un trato familiar y cercano. La carta invitaba a probar todos los platos. Todo casero y servido en platos y cubiertos de plástico (por lo menos a nosotros nos tocó de esta manera). Estaba todo delicioso (ravioli, bacalao, ensalada y rebozados), con nuestra jarrita de vino blanco. Esta taberna viene en Google, podéis entrar y comprobar lo que digo. El precio, tirando a barato para conforme están las cosas. Así que, si os perdéis por aquí este es el sitio para comer o pernoctar, una pasada de bonito.

Después de comer pusimos la directa al Vesubio, la estrella de la Campania. Toda gira alrededor del famoso volcán. Salimos nuevamente a la SS163 y pasando por la localidad de Vietri sul Mare (aquí comimos nuestro primer día en la Campania) tomamos la A3 en dirección a Pompeya, para luego desviarse al Parco Nazionale del Vesubio donde. Despúes de varios kilómetros de ascensión se llega a un aparcamiento público. Ya desde aquí las vistas son impresionantes: la Bahía de Nápoles con Pompeya, Ercolano, y claro está, Nápoles. Nos dirigimos a una caseta para sacar el ticket para subir al cráter del volcán. Tuvimos mala pata porque al ser pasadas las cinco de la tarde no dejaban ascender a la cúspide. El cráter lo teníamos al alcance de la mano, pero así son las cosas. No se puede estar en misa y replicando.
Estaba empezando a oscurecer y había que bajar el Vesubio para alcanzar la autovía que nos llevaría a Ercolano. También había sido un día agotador, y entre el cansancio y el bajón porque el viaje estaba finalizando decidimos subir primero a la habitación del hotel, darnos una ducha y salir a cenar algo. Si Ercolano es triste de día imaginaros un lunes por la noche. Entramos en la pizzería que primero nos encontramos y pedimos una pizza y verduras a la plancha, regado con un mal vino blanco. No sé si es que estábamos cansados o qué, pero nos pareció todo horrendo, hasta el dueño. Para ser la última noche nos lucimos en la elección. En fin, bajo una noche cerrada y sin nadie por la calle volvimos al hotel para hacer las maletas. Mañana volvemos para casa.
Foro de Roma