De compras
Quiero ir hasta Inwood, en el extremo norte de Manhattan por aquello de llegar hasta las “esquinas”, así que tomo el metro en la 125, una estación que se alza sobre un puente metálico. Me bajo en Dickman, la calle que limita el barrio por el sur. Acabo de llegar a una larga avenida repleta de tiendas y de latinos.
Inwood es el apéndice norte de Manhattan, flanqueado al sur por la Avenida Dickman. Increíble, todo lleno de comercios y tiendas de ropa en las que todos hablan castellano. Aquí preside la cultura choni. Los leggins son una de las prendas estrella que se exhiben en el exterior de las tiendas. Son los leggins embutidos en maniquíes de culos antigravitarios y exagerados. Esta calle es un puzzle de comercios de distinta factura, edificios bajos que son oficinas o almacenes comerciales con grandes carteles sobre las puertas que atraviesan la fachada de lado a lado, muchos de ellos en castellano; anuncian desde todo tipo de profesiones liberales hasta comercios de comida y, sobre todo de ropa. Colgadores y muestrarios invaden la acera en esta animada área suburbana.




Aprovecho la facilidad del idioma para entrar en una tienda de ropa. El dueño es Orlando, un dominicano muy dicharachero. Charlamos un buen rato y de muchas cosas mientras me pruebo unos Levi’s. Hay que hacer traslación de la talla, más o menos, diez números menos que la europea.
-¿O sea que allí los Levi’s cuestan 80 o 100 euros?- pregunta incrédulo.
-Sí, al cambio unos 120 dólares- calculo.
-¡Qué barbaridad! -exclama.
Le hablo de la estafa que supuso la unificación del euro, de la inflación encubierta y de la situación económica. Orlando dice que en Nueva York se puede vivir relativamente bien, uno abre un comercio y trabaja duro, pero sale adelante. Me asegura que no es necesario saber inglés y que se va aprendiendo poco a poco, aunque el conocimiento del inglés abre puertas para acceder a un mejor estatus social. La charla deriva a la política en términos de conversación de ascensor, sin llegar a hilar muy fino que digamos. “Aquí también los poderosos se lo quedan todo. La corrupción es igual en todas partes”, sentencia. Para él soy europeo y me habla de un cuñado suyo que estuvo recientemente de vacaciones en Italia y menciona uno de los detalles que más le llamó la atención del contraste de costumbres con Europa. “Allá no venden hielo, oiga”, dice aturdido. Es verdad. En el Estado español se ven cada vez más supermercados y gasolineras donde venden hielo y los locales tipo McDonald’s, ¡cómo no!, con sus surtidores de bebida self service incluidas cantidades industriales de hielo, pero nada como en Estados Unidos, que parece una inmensa máquina de hacer hielo, en grandes cubitos o despedazado a mano y servido en grandes bolsas a un dólar o incluso a 50 centavos.
Estoy hablado muy a gusto con aquel hombre afable y, al mismo tiempo, muy contento de haber encontrado una tienda de ropa en la que poder entenderme, tan a gusto y tan contento que empiezo a cambiarme de pantalón ahí mismo, sin ir al probador. Como en familia, vaya. “Ejem, vaya al probador por favor”. Vuelve la mirada hacia el mostrador y me advierte. “La señora, la señora”. Claro, hay una dependienta en el mostrador, una señora oriental de sesenta para arriba. “Disculpe” y voy al probador.
Me decido, “me lo empaqueten” y pago a la señora, que me mira intrigada y, finalmente, me pregunta sorprendida a ver si soy policía. Yo a cuadros. Y ella: “Yes, yes. ¿Are you police?” Y señala mi camiseta negra del grupo The Police, con letras rojas. “Ah, no, no. Its a rock band. Music, music”, le respondo. “Ohhhh yeah”, exclama aliviada. Y yo pienso: "¿No conoce The Police, señora? Pues míreme aquí Police en vivo -gira 1983- con estética de la época y “jodéquetiempos”. “Aaaah, vale”.
Salgo de la tienda alegre y contento, en parte por la coña de The Police pero, sobre todo, por la compra; dos Levi’s y tres camisas Dockers, todo por 160 dólares, más dos pares de calcetines de regalo, gentileza de la casa.