Nos levantamos a una hora bastante decente para ir a nuestra primera playa, la Praia da Marinha, una de las mas conocidas de la zona.
A las 9:50 a.m salimos en coche en dirección a la playa que queda a unos 30 minutos de distancia. El parking de la misma es minúsculo y antes de llegar a el la policía municipal impide el acceso. Buscamos donde aparcar, cosa complicada, lo hacemos en una finca "habilitada", lo que nos supone mas de 1 km a pie y a pleno sol.
Por fin llegamos al aparcamiento y a la playa. Desde arriba tiene una pinta espectacular.
A la playa se baja por unas escaleras primera de piedra y mas adelante de madera, las cigarras empiezan a entonar duro sus melodías repetitivas, hace calor y nuestra primera imagen de la playa es la de un pequeño arenal en donde se acumulan toneladas de algas en putrefacción. Allí no hay nadie salvo los socorristas (curioso que no estén junto a los bañistas) y un chiringuito bastante apañado. El olor nauseabundo no invita a quedarse allí.
De todas formas y dado el esfuerzo que nos supuso llegar decidimos explorar "playa útil". Debemos de caminar un poco y bordear la pared de piedra, pasando por encima de montones de algas que se acumulan sobre la arena. No sabemos si la marea sube o baja, en función de una u otra cosa el retorno puede ser también, mas o menos divertido.
Llegamos a la playa "habitable", la verdad, muy bonita. A esta hora hay un número moderado de bañistas. Nos instalamos y disfrutamos del mar. En el medio de la playa hay una gran roca que la separa de otra en donde hay poca gente y se está muy a gusto.
Nos pegamos al acantilado, lleno de carteles de advertencia de peligro por desprendimientos. Estos carteles están en todas las playas a las que fuimos y ni las autoridades impiden el acceso, ni los bañistas hacemos caso del peligro
Nadando desde el final de la playa, entre las rocas, yo y el "peque" accedemos a una zona muy chula en la que los kayaks hacen una paradita para estirar las piernas entre arcos y cuevas excavadas por el océano.
Cuando ya nos cansamos de playa, sobre la 1:30 p.m. decidimos volver al apartamento pero vemos que la marea ha subido, el regreso es una odisea si se quiere llegar decentemente a las escaleras. Lo que antes consistía en rodear las rocas y mojarse la planta de los pies, ahora es un campo de minas. Hay que rodear las rocas cargados de bártulos, con el agua a la altura del bañador, las olas golpean la base del acantilado y salpicando hasta la cabeza a los que siguen entrando a la playa, con el añadido de las algas flotando. El espectáculo es dantesco, la gente consigue llegar a la playa, en muchos casos empapada y repletos de pedazos de algas que se les pegan al cuerpo y a la ropa.
Cambiamos el plan, como estamos a la sombra decidimos ir a comprar algo al chiringuito para comer (aunque nos mojemos y llenemos de algas putrefactas bastará con darnos un baño) y seguir disfrutando del terreno conquistado. Pido dos hamburguesas y dos bifanas y una botella de agua. Al poco rato estoy de vuelta, cuando vamos a comer vemos que sólo han puesto una hamburguesa
Vuelvo al bar, cuando me ven llegar apurado y jadeante saben que algo pasa, les comento la jugada y les enseño el ticket de compra. Después de disculparse me preparan la segunda hamburguesa.
Después de un par de baños mas, la marea comienza a bajar. Sobre las 4:50 p.m. abandonamos la playa secos y limpios. Cuando llegamos al parking comprobamos que hay sitios libres y que el acceso al mismo ya está permitido. Tomamos nota. Volvemos al coche y de allí a un gran Pingo Doce. Nos gastamos los 100 € mas bien gastados de todas las vacas, con lo que compramos tenemos para cinco comidas y para los desayunos de los próximos 4 días. Llegados al apartamento disfrutaremos por primera vez de la piscina.
Tras la rica cenita a descansar. Mañana probaremos otro método para intentar disfrutar de la playa con menos esfuerzos.






