Nos levantamos sin prisas y después del desayuno preparamos la infraestructura playero y ponemos rumbo a la playa de
Os tres irmaos, en la vecina localidad de Alvor. Cruzamos el puente que atraviesa la ría y en veinte minutos estamos aparcando a pie de playa, no nos hace falta usar el parking de pago porque encontramos una plaza en la calle. Realmente
nos instalamos en la larga playa de Alvor, una playa con múltiples servicios, desde allí podemos pasar caminando por la arena hasta la famosa playa.
Después del primer baño nos vamos a dar una vuelta. Un buen reguero de gente se dirige hacia la zona izquierda de la playa. Allí han habilitado una especie de peldaños con sacos rellenos de arena que permiten comunicar la playa de Alvor, con la de Os tres irmaos.
La playa es muy coqueta, tiene un chiringuito incrustado en el acantilado que se integra muy bien en el mismo. Curiosamente, está mas llena que la playa de Alvor pese a que ambas están comunicadas y basta con un par de minutos para pasar de una a otra playa. La verdad es que no tengo muy claro de como se llama cada una de las playas, ni donde empieza y acaba cada una.
Al final de esta playa hay un serie de túneles y cuevas que te permiten pasar a otra playa todavía mas pequeñita (cuando la marea está baja) en la que nos damos un baño muy bueno, apenas estamos nosotros y media docena de personas mas. El agua está perfecta para refrescarse sin pasar frío.
Volvemos caminando a "nuestra playa", felices. Todos
coincidimos en que esta es la mejor de la región en la que hemos estado hasta ahora, tanto por las posibilidades de aparcamiento, como por la belleza de la playa y los servicios cercanos, sin sentirte en ningún momento, agobiado por el poco espacio de otras playas muy famosas pero muy frecuentadas.
Pasamos toda la mañana en la playa, compramos unos boliños (bollos de masa tipo donuts rellenos de crema, nutella .....) a un vendedor ambulante. Sobre las 1:30 p.m. volvemos al coche y conducimos hasta nuestro apartamento para comer y pasar la tarde en la piscina. A las 7 p.m. tenemos visita en barco a la Ponta da Piedade, uno de los lugares más turísticos del Algarve.
El barco lo contratamos por internet con
algarexperience.com/ empresa que ofrece excursiones variadas en varias zonas del Algarve. Pagamos
17,00 € por persona por una excursión de hora y cuarto que sale de la Marina de Lagos y nos enseña las playas y acantilados de la localidad con final en la famosa
Ponta da Piedade.
Tenemos que estar en la Marina de Lagos media hora antes de la hora de partida. Aparcamos sin problema y nos acercamos al local de empresa, allí comprueban la reserva y nos entregan 4 tarjetas plásticas, indicándonos que tenemos que estar en el muelle 5 minutos antes de las 7 p.m. La Marina de Lagos nos parece un sitio agradable y cómodo.
En el barco viajamos nosotros cuatro, un matrimonio inglés con un bebé y una pareja de franceses, además del capitán y de un guía. Tras entregarnos los chalecos salva vidas y tras darnos un par de instrucciones partimos del puerto deportivo. Cuando ya estamos en el canal de salida nos comunican que regresamos a por una pasajera poco puntual. En un par de minutos la recogemos en otro punto del muelle diferente y emprendemos la marcha hacia la salida del puerto.
Vamos navegando a poca velocidad, el guía nos va explicando curiosidades sobre las playas y lugares por los que vamos pasando. El guía se centra mas en gastar bromas y hacerse el gracioso que en darnos explicaciones sobre aspectos que podrían ser mas interesantes como la formación de los acantilados, etc.
Es lo que toca.
Vamos entrando y saliendo de las diferentes cuevas y formaciones rocosas gracias a la pericia del capitán, al tiempo que el guía nos da los nombres y curiosidades de las mismas.
Cuando llevamos una hora de experiencia el guia nos dice que volvemos a puerto. En lugar de hacerlo a poca velocidad, el capitán acelera y vamos sintiendo el viento en la cara y la salpicadura de las olas,
disfrutamos un montón de la sensación de velocidad.
Embocamos de nuevo la entrada al puerto y diez minutos antes de la duración prevista, estamos poniendo pie en tierra firme.
Ponemos rumbo hacia nuestro último destino de la jornada, el pequeño pueblo de
Ferragudo. Llegamos sobre las 8:40 p.m. y aparcamos en el lugar en donde teníamos previsto.
En lugar de dar vueltas para intentar buscar un aparcamiento que apenas hay en el propio pueblo, vemos que si
aparcamos en el final del aparcamiento habilitado para ir a la playa de Angrinha, el muelle, centro neurálgico del pueblo, está a menos de un minuto caminando.
El aparcamiento que se encuentra casi vacío y disfrutamos de la vista que nos ofrece la orilla opuesta de la ría a estas horas.
Teníamos pensado comer en el pueblo pero los 4 o 5 restaurantes están repletos, preguntamos y no nos aseguran la cena.
Decidimos dar un pequeño paseo por el pueblo y arreglarnos con lo que queda en la nevera para cenar. El pueblo es muy chusco, conserva la esencia de pueblo de pescadores, casas caleadas, suelo de adoquín y escaleras entre callejuelas que nos llevan hasta la parte alta, en la que se encuentra la pequeña iglesia.
En una media hora volvemos a buscar al coche. Llegamos al apartamento y arreglamos una gran ensalada de tomates, lechuga, mozzarella, atún y aguacate. Junto con unas latas de sardinillas en tomate y unas tostadas de paté de atún, nos vamos a dormir como unos reyes portugueses.