A continuación, me dirigí a las Villas Suburbanas, pues se encuentran a unos 800 metros del Foro y no quería dejarlo para última hora por si acaso. Hay quienes hacen este recorrido al principio o al final de la visita, yo la hice en medio, viendo lugares de paso para aprovechar mejor el tiempo. Es difícil aconsejar.
Las Villas Suburbanas.
Son grandes y lujosas mansiones situadas fuera de las murallas de la antigua Pompeya y requieren un suplemento o una entrada aparte o una combinada con la general. La distancia es de unos 800 metros desde el Foro, así que es perfectamente factible ir caminando hasta allí, pero lleva su tiempo, al igual que la propia visita, con lo cual habrá que añadir como poco una hora más a la visita del recinto principal. Aunque tenía otros lugares incluidos, solo tenía tiempo para ver las dos villas principales: la Villa Diomedes y la Villa de los Misterios.

En Porta Ercolano (Puerta de Herculano), hay vigilantes para escanear los tickets, que se deben llevar comprados de antemano, pues en este punto no existen taquillas. A continuación, se sigue la amplia Vía dei Sepolcri, con una necrópolis ya utilizada en la época prerromana. Poco después se llega a la primera de las villas. En esta zona se nota que hay muchos menos visitantes, tanto por el precio adicional como por la ausencia de grupos grandes.

Villa Diomedes.
Situada en una ladera y con una superficie de más de 3.700 m2, cuenta con varios niveles en pendiente, utilizados para ofrecer bellas panorámicas del Golfo de Nápoles. En la planta principal, se situaba un peristilo con 14 columnas rodeado por las habitaciones y una termas privadas.

Destaca el enorme jardín posterior que disponía de una piscina rodeada por una galería porticada. Durante las excavaciones realizadas en el siglo XVIII, se hallaron en una galería subterránea abovedada los cuerpos de 18 personas, entre ellas varias mujeres cargadas de joyas y un hombre (probablemente el dueño de la casa) con una gran cantidad de dinero, que murieron asfixiados tratando de protegerse de la erupción del Vesubio.

Villa de los Misterios.
Su origen se remonta al siglo II a.C. y es la más famosa de las villas suburbanas por la calidad de sus frescos, que están entre los mejor conservados del mundo romano. Se construyó como una lujosa residencia aristocrática de recreo, con grandes pórticos y jardines colgantes con vistas al Golfo de Nápoles, si bien tras el terremoto del año 62 d.C., pasó a formar parte de una finca rústica para la producción de vino a gran escala.



Hay varios salones con pinturas muy interesantes, si bien las más llamativas son las que cubren tres de las paredes de una habitación que pudo ser el triclinium (comedor principal). Datan del siglo I a.C. y, según la mayor parte de las interpretaciones, representan los ritos y rituales de la iniciación de una joven en un culto mistérico (de ahí el nombre de la villa) a Dionisio (mitología griega) y Baco (mitología romana), dios del vino, la fertilidad, el teatro y el éxtasis religioso.


El espectacular mural muestra a 29 personajes sobre un fondo de color rojo pompeyano, en cuyas escenas aparecen figuras humanas, mujeres con ropa de la época, sátiros tocando instrumentos y deidades diversas. Una maravilla.



También en esta casa se hallaron cuerpos de personas que trataban de huir de la erupción. Se conservan sus moldes en yeso.

De regreso al centro de Pompeya.
Regresé a la Puerta de Herculano y continué mi visita. Surcando las calles se comprende perfectamente como era el urbanismo romano: su pavimento, la calzada de un único sentido y las piedras formando “pasos elevados” para que los peatones cruzaran con seguridad. Todavía se conservan las rodaduras que dejaban los carros. En las calles laterales apenas había gente.


No recuerdo muy bien lo que vi antes de llegar a la Casa del Fauno, considerada la más grande (3.000 m2), lujosa e impresionante de Pompeya. Así que otra de las imprescindibles.


Tiene una doble estructura monumental, por lo que cuenta con dos atrios (privado y de negocios) y dos peristilos rodeados por columnas. Del conjunto de mosaicos, el más destacado es el de Alejandro, una obra maestra que decoraba la sala de recepciones.

Compuesto por millón y medio de teselas, representa la batalla de Issos entre Alejandro Magno y el rey persa Darío III. Se ve una réplica exacta, pues el original está en el Museo Arqueológico de Nápoles, aunque tampoco allí pude verlo al estar en proceso de restauración. El mosaico es muy grande y con los reflejos resultaba difícil de fotografiar. He intentado aumentarlo para que se aprecie mejor, pero creo que con poco éxito.

Otro icono de esta casa es el que le da su nombre, el fauno danzante, una figurita de bronce con pose de baile que se halló en un estanque para almacenar agua. El original también está en el Museo Arqueológico de Nápoles (este sí que lo vi).


La última parte de la visita me cundió mucho. Me asomé a la Casa de Obellio Firmo, un político prominente, con dos atrios, uno de ellos con columnas corintias, y un gran peristilo con jardín, y luego a la de Marco Lucrezio Frontone, un influyente político y magistrado, muy lujosa y bien conservada, con frescos y pinturas mitológicas, pero que solo se puede ver desde el exterior.


Muy cerca, está la Casa delle Nozze d’Argento (la casa de las bodas de plata), nombre que conmemora las bodas de plata de los reyes de Italia, Humberto I y Margarita de Saboya, al coincidir con la fecha de su excavación en 1893. Esta mansión, una de las más grandes y lujosas de la ciudad, perteneció a Lucio Albucio Celso, un rico aristócrata y político local. Su restauración terminó en 2023 y ahora se puede admirar en todo su esplendor. Otra imprescindible, al menos en mi opinión.


Su atrio monumental es el más grande de Pompeya, con cuatro columnas corintias de toba que sustentan el techo, rodeando un estanque de agua de lluvia (impluvium). El salón de banquetes es de estilo corintio y está decorado con frescos, algunos de los cuales simulan falsas arquitecturas.


El peristilo, con gran jardín porticado, estaba construido a un nivel ligeramente superior para favorecer la entrada de la luz solar. El complejo disponía de baños termales privados, piscina, cocinas y un segundo jardín amurallado con triclinio para cenar al aire libre. Total “na”.


A no mucha distancia, pude ver desde el exterior, a través de cristales, una taberna (thermopolium) muy interesante, pues en la parte baja de su mostrador aparecen varios frescos, cuya intención era atraer la atención de la gente que pasaba por la calle, tanto animales como incitantes figuras femeninas. Todavía se conservan los huecos de la comida y las tinajas del vino como se ve en la foto de abajo a la derecha (me disculpo por el terrible reflejo del sol). Seguí viendo más lugares: la Casa del Cenáculo, la Casa de Orfeo o la Casa del Jabalí, cuyo nombre se debe al mosaico que tiene en la entrada representando a un jabalí atacado por un grupo de perros. Se veía a través de una reja sin poder aproximarse, así que la foto no salió demasiado bien. Otras casas, como la que tiene un mosaico con un ciervo en la entrada, no he sido capaz de ponerles nombre ni recurriendo a la IA.




Tuve que dar varias vueltas para llegar al Lupanar (la más famosa casa de citas de la época) porque se halla un poco escondido. Tiene entrada y salida diferentes, pero el espacio no es muy grande y había varios grupos, así que me limité a echar un vistazo rápido y tomar tres o cuatro fotos. Disponía de dos plantas, la baja con cinco habitaciones para clientes con menos recursos, mientras que en la superior eran más amplias y lujosas. Cada una conserva una cama de piedra sobre la que se ponían los colchones. Se pueden ver grafitis, notas con anécdotas, comentarios y precios, así como numerosos frescos con imágenes eróticas, algunas a modo de catálogo explícito para los clientes que no hablaban latín, ya que muchos eran marineros extranjeros.

Y por fin le llegó el turno a una de las casas más lujosas y mejor conservadas de la antigua ciudad romana, que por algo está considerada la Capilla Sixtina de Pompeya: la Casa de los Vettii, dos hermanos libertos, antiguos esclavos que se hicieron ricos comerciando con los vinos y el teñido de telas.


Habíamos visto la casa durante nuestra anterior visita, antes de que se iniciara una restauración que duró 20 años; en 2023 volvió a abrirse completamente al público. De entonces, conservo una foto del peristilo y otra del vestíbulo, donde se halla el famoso fresco que muestra a Priapo, el dios de la fertilidad, sopesando su enorme falo con una bolsa de dinero, lo que atraía la prosperidad y alejaba el mal de ojo según las creencias de la época.


Con una superficie de 1.100 m2, el interior de la casa es magnífico: no hay que perdérselo. Y lleva su tiempo. La decoración se basa en composiciones teatrales, arquitectura falsa y los característicos fondos, destacando los colores rojos y negros, aunque tampoco faltan los azules y amarillos.


Un patio con columnas rodeaba al jardín, que contenía 14 fuentes que recibían el agua desde el acueducto a través de tuberías de plomo. Como complemento a las plantas, había numerosas esculturas de mármol y bronce. Los muros interiores estaban decorados con frescos.


Los frescos merecen mención aparte. Destacan los frisos que hay en las paredes inferiores de uno de los salones, con Amorcillos para proteger del mal de ojo, y otros con pequeños cupidos realizando oficios de la época.



En otras estancias, aparecen numerosas escenas mitológicas, algunas de gran formato, con fondos negros, amarillos y rojos: Hércules estrangulando a las serpientes, Leda y el Cisne, Dédado y Pasifae…Tampoco falta una habitación erótica, con escenas de explícito contenido sexual. En fin, una maravilla.




Acabé la visita de Pompeya asomándome al peristilo con columnas estucadas de la Casa de Julia Felix, una gran mansión que disponía de termas privadas, tiendas y un enorme jardín.

Después me reuní con mi marido y fuimos a comer a un pequeño restaurante que teníamos localizado frente a un lateral de la Catedral, apartado de los establecimientos más turísticos que están junto al Parque Arqueológico.
El menú del día costaba 18 euros: dos platos a elegir, postre, agua y vino incluidos, algo poco habitual en Italia. Estuvimos solos con una familia local. Pedimos gnochhi di pane, espaguetis frutti di mare, calamares rebozados y tiramisú; el vino blanco del país tenía su toque y nos obsequiaron con un chupito de limoncello. Los alcoholes solo los tomé yo, que no iba a conducir.

Antes de dejar Pompeya, entramos en la Catedral de la ciudad moderna (acceso gratuito), con fachada de estilo neobarroco y campanario de 80 m. de altura. Convertida en un gran centro de peregrinación mariana, fue declarada Basílica por el papa León XIII en 1901. Me sorprendió su interior plagado de mármoles policromos y de frescos; no lo esperaba tan lujoso. En el Altar Mayor, se expone un famoso lienzo de la Virgen de Luca Giordano del siglo XVII.



A continuación, emprendimos un largo trayecto hasta nuestro alojamiento de esa noche en Castellana Grotte, ya en Puglia, región en la que íbamos a pasar los días siguientes. Por el camino, disfrutamos de algunas panorámicas interesantes, si bien el tiempo había cambiado y se anunciaban tormentas.

, el último acceso a Villa dei Misteri...