Después de desayunar en el pueblo con los tickets que nos entregaron en el alojamiento, partimos hacia Brindisi, nuestro primer destino de un día que concluiríamos en Lecce. En total, 118 kilómetros, con una hora y media de coche, según Google Maps.

Brindisi.
Había que elegir entre Bari y Brindisi, y me decanté por esta última localidad, que actualmente cuenta con algo más de ochenta mil habitantes. Cuadraba mejor en el itinerario y al ser más pequeña y menos turística, resulta más fácil de visitar en media jornada. Nos dirigimos hacia el puerto y pudimos aparcar sin problemas antes de llegar a la zona de pago, algo impensable en sábado en otros lugares de la costa adriática italiana.
De origen bastante anterior, tras la conquista romana en el 267 a.C., se convirtió en un puerto muy importante, que comunicaba Oriente y Grecia con Roma, a través de las vías Appia, Regina Viarum y Appia Traiana. Su historia estuvo ligada a ostrogodos, longobardos, bizantinos, venecianos, aragoneses y napolitanos, incluso austriacos por un breve periodo de tiempo. Conoció una gran prosperidad con su anexión al Reino de Italia en 1860 y, sobre todo, al abrirse el Canal de Suez, en 1869.

En pocos minutos, llegamos caminando hasta la Piazza Vittorio Emanuele II, una importante plaza frente al mar que comunica las zonas nueva e histórica, con una fuente, un pequeño parque y varias esculturas como la del rey que le da nombre y un busto de Mahatma Gandhi. También consultamos un mapa turístico que nos ayudó a orientarnos.

Desde esta zona del puerto salen unos barquitos que llevan hasta el Monumento al Marinero Italiano, que se aprecia perfectamente a la izquierda y que está bastante más lejos de lo que podría pensarse en un principio. Consiste en una estructura de 54 metros de altura con forma de timón que ofrece buenas panorámicas. También pudimos ver a lo lejos el Castillo Alfonsino (Forte a Mare), del siglo XV y origen aragonés, una fortaleza de piedra rojiza erigida sobre la isla de Sant’Andrea, a la entrada del puerto.


Seguimos por el Lungomare Regina Margherita hasta las Columnas Romanas, que contemplamos a nuestra izquierda en lo alto de la Escalinata de Virgilio, inaugurada en 1861 y cuyo nombre recuerda una casa cercana donde vivió y falleció el poeta en el siglo I a.C. Constituyen el símbolo oficial de la ciudad desde el siglo XIV y marcaban el final de la Vía Appia. Aunque se ignora su significado y su fecha de construcción, por el estilo y materiales parece que datan de mediados del siglo II d.C.

De las dos columnas originales solo se conserva una y la base de la otra, que se derrumbó a causa de un terremoto en 1528. Los trozos quedaron en el suelo hasta 1657, cuando la ciudad de Lecce los pidió para erigir un monumento a San Oronzo, su patrón, en agradecimiento por haberles librado de una epidemia de peste. Pese al rechazo de Brindisi, el virrey de Nápoles autorizó el traslado de los restos, que sirvieron para levantar una columna sobre la que se colocó una escultura del santo y que ahora está en la Plaza de San Oronzo de Lecce. En 2002 se acabó de restaurar el conjunto actual, compuesto por la base primitiva de la columna que se derrumbó y la columna completa, si bien el capitel es una copia, pues el original está expuesto (entre otros capiteles romanos y restos arqueológicos) en el Palazzo Granafei-Nervegna, un edificio de estilo renacentista, cuya entrada es gratuita. Una lástima que no pudiera visitarlo, pues después de ver otros sitios, cuando volví, había cerrado.



Continué por la zona baja, buscando el camino hacia el Castillo Suevo, edificado por Federico II en el siglo XIII. Solo pude verlo por fuera, pues es zona militar y hay que reservar una visita guiada con antelación.


Luego me dirigí al casco antiguo, que está en una zona un poco elevada, sobre el puerto. Tras caminar por varias calles, alcancé la Piazza Duomo, con la Catedral de San Juan Bautista y el Pórtico de los Caballeros Templarios.

De origen normando, la Catedral data del siglo XI y fue escenario de festejos, coronaciones y bodas reales en los siglos XII y XIII. Destruida por el terremoto de 1743, se reconstruyó en estilos barroco y neoclásico. Se conservan algunos mosaicos del pavimento original y el coro de madera de 1594 con figuras inspiradas en la Chanson de Roland.

El Portico dei Cavalieri Templari, estructura normanda de los siglos XII y XIII, se halla en una esquina de la Piazza Duomo. Su nombre responde a un error de interpretación, pues no tiene nada que ver con la Orden del Temple, sino que debió pertenecer a una Logia, formando parte más tarde del palacio de la familia aristocrática De Cateniano. Hoy en día forma parte de la entrada del Museo Arqueológico Provincial Francesco Ribezzo.

Seguí paseando por el casco viejo, siempre muy tranquilo en comparación con otros puntos de la costa adriática, hasta que llegué al Templo di San Giovanni al Sepolcro (Iglesia del Santo Sepulcro), una de las más importantes joyas del románico normando en el sur de Italia. Se comenzó a edificar a finales del siglo XI y sirvió como lugar de oración y peregrinaje de los caballeros, ya que Brindisi era el principal puerto con destino a Oriente Medio para ir o volver de las Cruzadas. Tiene planta circular y se concibió como una réplica del Santo Sepulcro de Jerusalén. Aunque está cerrado al culto, se puede visitar pagando una entrada; creo recordar que fueron 3 euros. La portada románica tiene una parte superpuesta en la que dos leones de mármol sostienen sendas columnas que soportan un arco central con escenas mitológicas, bíblicas y figuras de guerreros normandos.


El interior cuenta con ocho columnas de mármol con capiteles bellamente tallados y en el suelo, a través de un cristal, se distinguen los restos de la domus romana del siglo I sobre la cual se edificó el templo. En los muros se conservan fragmentos de pinturas al fresco de los siglos XIII y XIV, que representan pasajes de la Pasión de Cristo, de San Jorge y el león, así como escenas relacionadas con las Cruzadas.




Me gustaron mucho, lo mismo que el bonito jardín que hay en la parte posterior, un remanso de paz repleto de plantas, flores y restos arqueológicos.

En mis paseos por las ciudades, suelo ser bastante anárquica y, aunque procuro ver lo máximo posible de los sitios considerados más interesantes, no me molesto en seguir los itinerarios habituales, por lo que acabo perdiéndome por lugares donde apenas hay nadie. De modo que vagando por no sé dónde, llegué al punto donde muchos inician su visita a Brindisi: la Porta di Napolio Porta Masagne, la puerta más antigua de la ciudad, pues fue construida en el siglo XIII sobre los cimientos del muro erigido por Marco Antonio para contener los envites de las tropas de Octavio.




Para almorzar, preferimos la zona comercial de semi-peatonal Corso Umberto I en vez de la más turística del puerto. No nos resultó difícil encontrar mesa en un restaurante con aire acondicionado, donde tomamos una pasta típica de la región que nos recomendaron (aseguro que estaba todo mucho mejor del aspecto que tiene en la foto), entrecot a la brasa y helado de vainilla. El problema fue que el camarero no me debió entender en cuanto al punto de la carne y nos lo trajo pasado cuando nos gusta al punto.


Para terminar, dimos una vuelta por este barrio de elegantes edificios y altas palmeras, hasta la Piazza Cairoli, con su Fontana delle Ancore, cuya estructura circular con cuatro grandes anclas que representan la rosa de los vientos rinde homenaje a la relación de la ciudad con el mar Adriático.

