Llegamos a Lecce sobre las cuatro de la tarde, treinta minutos antes de la hora que habíamos quedado para hacer el check-in con el recepcionista de “Tranquillo UpTown Lecce”, el establecimiento donde nos alojábamos esa noche, situado en la última planta de un bloque moderno que está enfrente de la estación de autobuses y muy cerca de las murallas. Como no estaba, llamamos por teléfono y enseguida acudió otra persona desde una cafetería próxima de la misma cadena, para entregarnos las llaves. Nos costó 96,73 euros, incluyendo las tasas turísticas (8 euros) que, como de costumbre, tuvimos que pagar en efectivo. En principio, habíamos reservado parking en el garaje por un precio de 10 euros, pero el hombre nos dijo que no era necesario, ya que podíamos aparcar gratis enfrente del hotel porque la zona azul no operaba desde el sábado por la tarde hasta el lunes por la mañana. Y era sábado. No vimos nada raro ni mal ambiente, así que allí se quedó el coche; sin problemas.
Foto del mapa turístico que me facilitaron.


La habitación resultó cómoda, grande, moderna, tenía buenas vistas y el aire acondicionado funcionó bien. Se podía utilizar una zona común exterior con mesas, sillas, sofás, escritorio… A pesar del calor, no tardé en salir a conocer el centro histórico, del que tenía excelentes referencias.

Según antiguas leyendas, los mesapios (antiguos pobladores del sur de Puglia) fundaron la ciudad tras la Guerra de Troya, sobre año 300 a.C. Se desarrolló comercialmente en tiempos de los romanos y, tras un periodo de dominio ostrogodo, durante cinco siglos perteneció al Imperio Bizantino. En el siglo XI, se instalaron allí los normandos y Lecce prosperó, convirtiéndose en la capital de la región de Salento. En 1463 pasó al Reino de Nápoles y comenzó una época de florecimiento artístico que culminó durante los siglos XVI, XVII y XVIII con el llamado “barroco lecesse”, un estilo decorativo propio, sumamente ornamentado con motivos naturales, figuras humanas y mitológicas, efectos ópticos, columnas... Para ello se utilizó la piedra caliza local, una roca blanda, muy fácil de tallar y que al contacto con el aire se endurece, adquiriendo un tono anaranjado que realza los edificios al darles el sol.

Tras caminar unos doce minutos por una ancha avenida paralela a las murallas, divisé a mi derecha el Obelisco de la Tierra de Otranto, monumento neoclásico dedicado al rey Fernando I de las Dos Sicilias. Enfrente, a mi izquierda, vi la Porta Napoli, un arco de triunfo monumental construido en 1548 para agradecer a Carlos V la fortificación de la ciudad, y cuyo nombre se debe a que marcaba la ruta de conexión con Nápoles.




Superada la puerta, aparecí en la Piazza Vittorio Aymone y continué por la Via Giuseppe Palmieri, por la que llegaría a la Piazza del Duomo según un mapa turístico que me habían facilitado. A un lado de la calle, quedaban la Iglesia de San Luis Gonzaga, el Palacio Guarini, al otro, y el Teatro Paisiello, más adelante. Casi de golpe creí moverme en un entorno de otra época, pues las calles se mostraban sorprendentemente vacías, al menos de momento.



Las casas captaban mi atención y la de mi cámara hacia sus fachadas de inequívoco aire barroco, sus balcones, adornados con ménsulas, modillones, mascarones, atlantes, cariátides… Me acordé de Sicilia. Muy bonito, sí.

Mientras caminaba, no sabía hacia dónde mirar, pues todo me atraía, hasta que llegué frente al Palazzo Palmieri y su llamativa fachada estilo rococó con un sinfín de personajes petrificados bajo los balcones de hierro forjado. En su jardín, se halla un hipogeo del siglo III a.C. que consta de varias estancias excavadas en la roca, decoradas con relieves y frisos. Al ser una propiedad privada, no se puede visitar.


Según avanzaba hacia el centro, aparecía más gente en las calles rompiendo un poco el hechizo. Era sábado y se notaba. Tenía la intención de visitar la Catedral enseguida, pero me encontré allí con una boda, y no dejaban pasar a los turistas. Me dijeron que abrirían a partir de las seis. Así que tomé nota y aproveché para ir a otros sitios. Giré a la derecha y continué por la Vía Vittorio Emanuele II, una de las calles más importantes y concurridas de Lecce, aunque no es muy ancha.




Tras fijarme en casas y ornamentos, antiguos palacios, tiendas y cafeterías, aparecí en una plaza presidida por la fachada barroca pero sobria de la Iglesia de Santa Irene. Estaba abierta y con acceso libre (otras son de pago), así que entré, pues he aprendido que, si te gusta el arte, tienes tiempo y es posible, no pierdes nada por asomarte; y menos en Italia.

La Iglesia está dedicada a Santa Irene de Tesalónica, Patrona de Lecce hasta 1656, fecha en que el Papa Alejandro VII la destituyó de su “cargo” para otorgárselo a San Oronzo en agradecimiento por haber librado a la ciudad de una terrible epidemia de peste que asoló el resto de la región. Se construyó entre 1591 y 1639.


Con planta de cruz latina, el interior cuenta con una sola nave y capillas laterales con imponentes altares barrocos, aunque no tan recargados como los de otras iglesias. El más llamativo es el Altar de Santa Irene, con una estatua de madera que representa a la santa sosteniendo una réplica en miniatura de la ciudad; también destacan los Altares dedicados a San Oronzo y a la Sagrada Familia.


De nuevo en la calle, entretenida en mi tarea de rebuscar ménsulas bajo los balcones, debí llegar a otra iglesia, de la que tengo fotos pero que no sabía situar. Así que le pregunté a la IA y entre las opciones que me presentó reconocí un Altar de la Chiesa del Gesù o de la Madonna del Buon Consiglio, sita en la Piazzetta Sigismondo Castromediano.


El templo fue erigido por los jesuitas en 1575 sobre una antigua iglesia ortodoxa. El interior es muy vistoso, con nave única y cuatro capillas laterales repletas de pinturas de los siglos XVII y XVIII. El Altar Mayor consta de multitud de elementos escultóricos y pinturas, y en su base se sitúa un coro de madera de nogal del siglo XVIII. Mención especial merece el peculiar techo de madera con lienzos que representan escenas gloriosas de la Orden.



A continuación, callejeando, llegué en la Vía Umberto I a uno de los lugares imprescindibles y más impresionantes de Lecce: el espectacular paño arquitectónico que forman la Basílica de la Santa Cruz y el Palazzo dei Celestini, antiguo Convento de los Celestinos. La perspectiva en vivo a esa hora de la tarde era fascinante, con la luz del sol iluminando las fachadas de ambos edificios, que antaño eran uno solo. Captar la imagen completa con la cámara me resultó una tarea imposible. Tampoco tuve más éxito con la fachada de la propia iglesia, pues había una boda, con los novios y los invitados delante.

Para hacer tiempo, fui al Palazzo dei Celestini, actualmente sede de oficinas públicas y de la Prefectura del Gobierno Italiano. Se puede pasar libremente al patio interior porticado. Pongo la foto nocturna de la fachada, que me quedó mejor que la de la tarde; además, cuenta con una estupenda iluminación.


Luego fui a la taquilla de la Basílica de la Santa Cruz, donde compré un bono para varios monumentos religiosos (Catedral y cripta, Basílica de la Santa Cruz, Iglesia de San Mateo y Santa Clara, Museo de Arte Sacro…). Creo recordar que me costó 11 euros. No me dio tiempo a ver todo lo que incluía, pero salía más barato que comprar las entradas por separado. Me facilitaron folletos en castellano.
Basílica de la Santa Croce.
Aunque hubo una iglesia del siglo XIV en el mismo lugar, el templo actual se construyó durante la segunda mitad del siglo XVI y la primera mitad del siglo XVII. Los monjes celestinos administraron la Basílica y el Convento hasta la supresión de la Orden en 1805. Según algunas teorías, la elaboradísima fachada celebra la victoria de los cristianos en la Batalla de Lepanto sobre los turcos en 1571, lo que supuso grandes beneficios para la “Terra d’Otranto”. Su decoración -con multitud de tallas en piedra de animales, querubines, gárgolas, festones, columnas, escudos, alegorías, figuras humanas, flores y bestias fantásticas- fue muy criticada durante el siglo XIX al considerarla exagerada y de mal gusto; hoy en día se la cataloga como una obra maestra del barroco leccese. Guste más o menos, realmente impresiona.


Después de contemplar el exterior, el interior quizás decepciona un poco porque es bastante menos ostentoso y más convencional respecto a los cánones renacentistas. Tiene planta de cruz latina con tres naves separadas mediante columnas coronadas por capiteles con profusa decoración.


El Altar Mayor está dedicado a San Francisco de Paula, las capillas laterales cuentan con altares muy ornamentados y la cubierta presenta un imponente techo de casetones del siglo XVII realizado en madera de nogal. La cúpula aparece decorada con frescos y relieves.


