Después de desayunar en una cafetería de la misma cadena del hotel con los bonos que nos habían entregado, continuamos hacia Otranto, la siguiente parada de nuestro recorrido, que nos llevaría para finalizar la jornada hasta Ostuni, donde teníamos alojamiento esa noche. En total, 171 kilómetros y unas dos horas de coche. El perfil aproximado según Google Maps fue el siguiente:

En principio, descarte llegar a Otranto, pues suponía alargar el viaje hacia el sur para tener que volver hacia el norte el mismo día; y el resto del itinerario estaba cerrado. Sin embargo, cambié de opinión cuando supe que en Otranto hay algo que no me podía perder teniendo en cuenta lo que gustan los mosaicos. Pero a eso iré después.
Cava de Bauxita de Otranto.
Leyendo cosas sobre Otranto, me enteré también de que a unos cinco kilómetros escasos, existe una curiosidad geológica para visitar: una cantera de bauxita abandonada que ofrece una panorámica espectacular por el contraste de la tierra roja con el verde de la vegetación y un lago interior de color verde esmeralda. Pintaba bien y requería poco tiempo, así que decidimos acercarnos. Lo malo fue que tuvimos que pagar cuatro euros por dejar el coche en un aparcamiento que también se utiliza para acercarse a unas conocidas calas. El precio es por todo el día, pero solo íbamos a estar media u hora más o menos. Aunque vimos otra zona de parking algo más alejada y gratis, el sol y el calor nos hicieron descartarla.
Está bien indicado y se llega por un sendero hasta unos miradores, desde los que se contempla el lugar. Con la luz de la mañana, presentaba unos colores intensos que no reflejan del todo las fotos. No se permite bajar al borde del agua, ni mucho menos bañarse. Dimos unas cuantas vueltas, saqué unas fotos y nos marchamos. Si se dispone de tiempo, resulta curioso; si no, tampoco pasa nada.

Otranto.
Otranto es la ciudad situada más al este de toda Italia; el canal de su nombre conecta el mar Adriático con el mar Jónico. De hecho, la divisoria entre ambos mares se establece a la altura del Faro de Punta Palascia, que no nos dio tiempo de visitar. En la zona, se han hallado restos arqueológicos desde el Paleolítico, pero sus primeras referencias datan de la época de los mesapios, citados por el poeta Virgilio en la Eneida. Se convirtió en un importante puerto comercial, dominado por griegos, romanos, bizantinos, lombardos, normandos, gibelinos, franceses, aragoneses, venecianos… Atacada por los magiares en el año 947, cayó temporalmente en manos de los turcos durante los siglos XV y XVI, lo que ocasionó la decadencia de su puerto y su comercio, y el abandono poblacional por el paludismo hasta que en el siglo XIX comenzaron obras para el saneamiento de las zonas lacustres. Actualmente cuenta con más de cinco mil habitantes.

Dejamos el coche en una zona gratuita, a unos 500 metros del casco histórico. Pese a ser domingo, había muchas plazas libres, lo que no creo que ocurra en pleno verano. En menos de diez minutos, llegamos andando a un recinto amurallado bastante atractivo y pasamos a través de la Porta Terra.


En el interior, casas blancas y de color beige, con tiendecitas y bares, pero sin demasiado turismo en las calles peatonales empedradas. Pasemos tranquilamente por el Corso Garibaldi, la Piazza del Popolo, la Torre del Reloj y pasamos junto a la iglesita bizantina de San Pietro.



Desde la Torre Alfonsina (antigua entrada principal) fuimos hasta el Castillo Aragonés, del siglo XV, con torreones cilíndricos y un foso.


Pagamos no recuerdo cuánto por ver el interior, pero a toro pasado creo que solo compensa si se tiene mucho interés en la historia de la ciudad y las vistas desde los adarves tampoco ganan demasiado respecto a las que se divisan desde la Torre Matta, gratuitamente.


De todas formas, el entorno da para unas cuantas fotos muy resultonas con aspecto medieval, embellecido por unas panorámicas preciosas del puerto y las playas. El color del agua era esa mañana de auténtico escándalo.



Catedral de la Anunciación de Santa María.
La entrada es gratuita, pero lógicamente si hay misa no se puede pasar. Y en este caso está más que justificado porque uno de sus mayores tesoros se halla debajo de las sillas, que no bancos, donde se sientan los fieles.

La iglesia es de origen normando y se consagró en 1088, siendo el templo románico más grande de Puglia en la actualidad. En el interior, tres son las maravillas que no hay que perderse y que hacen a esta iglesia muy especial.

La primera, el Gran Mosaico del Árbol de la Vida, que ocupa casi todo el suelo de las tres naves de la iglesia, lo que lo convierte en el pavimento de mosaico medieval más grande de Europa.



Fue diseñado entre 1163 y 1165 por el monje Pantaleón y en su composición utiliza la estructura de un árbol para representar entrelazados pasajes del Antiguo Testamento junto a bestias mitológicas, signos del zodiaco, labores agrícolas y figuras históricas como Alejandro Magno y el Rey Arturo. La zona dedicada a los condenados al infierno poner los pelos de punta.




Resulta algo complicado de fotografiar tanto por estar en el suelo, con una parte no accesible y debajo de las sillas, como por los reflejos y la falta de luz interior; así que las fotos no pueden denotar lo que se ve en directo. Y es que el mosaico me pareció absolutamente fantástico.


La Capilla de los Mártires es otro punto destacado de la Catedral. En ella, se conservan detrás de unas vitrinas los restos óseos y los cráneos de los 813 mártires de Otranto, ejecutados por las fuerzas otomanas en 1480 al negarse a renunciar a su fe cristiana. Impacta, la verdad.

Tampoco hay que marcharse sin visitar la Cripta Monumental, situada bajo el Altar Mayor y sostenida por un bosque de columnas de mármol y capiteles, todos diferentes entre sí.

El puerto y las playas.
Era hora de almorzar y fuimos al puerto, donde habíamos visto un mercado con puestecitos de comida. Pedimos pasta y unas brochetas de calamares y pescado fresco.

Luego estuvimos dando una vuelta por un pequeño paseo marítimo con vistas a las playas, que estaban sumamente concurridas en un día caluroso. No teníamos intención de bañarnos, así que no sé si son públicas o privadas, aunque las sombrillas y las tumbonas, colocadas por grupos y colores, desde luego eran de pago. En el casco viejo, la gente utilizaba los espigones.


