Habíamos estado en Creta en diciembre de 2015 y volvimos enamorados, sobre todo, de tres lugares: Chania, Elafonissi y Matala.
Chania nos había encantado. Habíamos pasado poco tiempo allí y nos quedó la sensación de que necesitábamos conocerla con más calma. El puerto veneciano, las calles del centro, el ambiente... Era uno de esos lugares a los que ya sabíamos que volveríamos.
Elafonissi también nos había impresionado mucho. Recordábamos aquella playa prácticamente vacía, el agua transparente y, sobre todo, la famosa arena rosada que entonces todavía le daba al lugar aquel aspecto tan especial.
Y Matala se nos había quedado grabada por otra razón. En diciembre estaba casi todo cerrado. Había cuatro restaurantes abiertos junto al mar, poca gente y un pueblo que, fuera de temporada, tenía un aire tranquilo que nos había gustado mucho.
Por eso, once años después, buena parte de la idea de volver a Creta nacía precisamente de aquellos recuerdos.
Queríamos pasar más días en Chania, regresar a Elafonissi y quedarnos unas cuantas noches en Matala, esta vez en octubre, cuando todavía sería final de temporada pero el pueblo seguiría teniendo vida. Pensábamos que encontraríamos lo mismo que recordábamos, pero con más tiempo y con más cosas abiertas.
Con Chania, sí.
Era prácticamente la ciudad que teníamos en la memoria. El puerto seguía siendo uno de esos lugares por los que apetece pasear sin prisas y, además, esta vez pudimos conocer zonas que en 2015 nos habían quedado pendientes: fortificaciones, antiguos arsenales, Tampakaria, el museo arqueológico y rincones que en una visita corta pueden pasar fácilmente desapercibidos.

El puerto veneciano de Chania y las casas de colores junto al agua.
Aquí sí mereció la pena volver.
Con Elafonissi, no.
No sé si la memoria nos había hecho idealizar demasiado el lugar o si realmente ha cambiado tanto, pero la sensación fue completamente distinta. La famosa arena rosada, prácticamente desaparecida. La playa, a pesar de ser octubre, llena de gente. Y aquel lugar que recordábamos tan especial nos pareció, esta vez, una playa más atrapada en el circuito turístico.
Nuestra conclusión fue bastante rápida: Tourist Trap.
No Go Zone.
Hay lugares cuya popularidad puedes entender y, al mismo tiempo, decidir que ya no son para ti. Elafonissi ha pasado directamente a esa categoría.
Con Matala fue todavía más evidente.
De 2015 recordábamos cuatro restaurantes junto al mar, calles tranquilas y aquella sensación de pueblo casi vacío porque era diciembre. Ahora los cuatro restaurantes parecían haberse convertido en cuarenta. Gente por todas partes, terrazas, tiendas, más terrazas, más gente y momentos en los que incluso costaba caminar por las calles.
Y aquí sí que se nos cayó un poco el alma a los pies.
Matala era uno de esos lugares a los que siempre habíamos dicho que volveríamos. Después de este viaje, lo hemos borrado de la lista.
Quizá el problema no sea Matala. Quizá simplemente habíamos conocido una Matala que ya no existe o que solo existe fuera de temporada, cuando todo está cerrado y el pueblo vuelve a ser un pueblo.
Sea como sea, esta vez nos quedó claro que no volveríamos buscando aquel mismo recuerdo.
Y esta acabaría siendo una de las sorpresas del viaje.
Porque mientras algunos de los lugares que nos habían hecho regresar a Creta nos decepcionaban, otros que solo eran puntos en el mapa o nombres dentro del itinerario acabarían convirtiéndose en nuestros mejores recuerdos.
Festos, Agia Triada, la costa sur, las carreteras del interior, los monasterios, los pueblos pequeños y, sobre todo, Agiofarago.

Sobre las rocas plegadas de la costa de Agios Pavlos.
Volvíamos a Creta pensando que sabíamos qué era lo que nos gustaba de la isla.
Y acabamos descubriendo que nos gustaba una Creta bastante diferente.