Si había un lugar de Creta al que teníamos ganas de volver, era Chania. Cuando estuvimos allí en 2015 nos gustó mucho, pero nos quedó la sensación de haber pasado demasiado deprisa. Recordábamos sobre todo el puerto veneciano, las calles del casco antiguo y aquel ambiente que tenía la ciudad, y nos habíamos quedado con ganas de conocerla un poco mejor. Por eso, cuando empezamos a preparar este segundo viaje, una de las primeras decisiones fue quedarnos cuatro noches en Chania. Esta vez no queríamos limitarnos a dar una vuelta por el puerto, cenar y continuar ruta al día siguiente.
Nos alojamos en el Palazzo Duca, en pleno centro histórico, una ubicación ideal para salir a pasear a cualquier hora sin necesidad de coger el coche. Y la verdad es que Chania no nos decepcionó en absoluto. El puerto seguía siendo tan bonito como lo recordábamos, con las fachadas de colores, los restaurantes alineados frente al agua, el faro a la entrada y los antiguos arsenales venecianos. Evidentemente, es una de las zonas más turísticas de la ciudad, pero aquí no nos molestó especialmente. Quizá porque Chania, a diferencia de otros lugares que volvimos a visitar durante el viaje, todavía conserva suficiente personalidad como para que el turismo no se lo haya acabado comiendo todo.

Las fachadas de colores del puerto veneciano de Chania, junto al agua.
Lo que sí hicimos de forma diferente respecto a 2015 fue dedicar buena parte del tiempo a recorrer las fortificaciones y los barrios que rodean el puerto. Hasta entonces, nuestra imagen de Chania era sobre todo la del paseo marítimo y las callejuelas del centro, pero esta vez queríamos entender un poco mejor cómo había sido aquella ciudad durante los siglos de dominio veneciano.
Los venecianos llegaron a Creta a principios del siglo XIII, después de la Cuarta Cruzada, y mantuvieron el control de la isla durante más de cuatrocientos años, hasta la conquista otomana del siglo XVII. Ahí es nada. De hecho, gobernaron Creta durante más tiempo del que llevan existiendo muchos de los estados europeos actuales, y eso se nota especialmente en Chania, donde buena parte de la estructura del casco antiguo y del puerto todavía responde a aquella época.
Empezamos por el sector occidental del puerto, donde se encuentra la fortaleza de Firka, construida por los venecianos para proteger su entrada. Desde aquí se tiene una de las mejores perspectivas del faro y de todo el frente marítimo, pero también es un lugar con una historia curiosa, porque fue precisamente aquí donde, en 1913, se izó la bandera griega para celebrar la unión definitiva de Creta con Grecia. Después de tantos siglos pasando de unas manos a otras, aquel acto debió de tener un significado especial para los cretenses.

El faro de Chania, al final del rompeolas del puerto veneciano.
Continuando por la zona de San Salvador fuimos siguiendo los restos de las murallas y los bastiones que habían protegido la ciudad. No todas las fortificaciones se conservan igual de bien, y en algunos puntos cuesta incluso identificarlas porque han quedado integradas entre construcciones posteriores, pero eso también tiene su gracia. Chania no es una ciudad reconstruida para enseñar cómo era en el siglo XVI, sino una ciudad que ha seguido viviendo y transformándose a lo largo de los siglos.
Al otro lado del puerto llegamos hasta Sabbionara, uno de los bastiones venecianos de la parte oriental. Entre un extremo y otro pasamos por los antiguos arsenales, aquellos edificios alargados con grandes arcos que los venecianos utilizaban para construir y reparar embarcaciones. Algunos han sido restaurados y tienen nuevos usos, mientras que otros todavía conservan un aspecto bastante más antiguo. Al verlos es fácil imaginar la importancia que debió de tener aquel puerto cuando Venecia controlaba buena parte del comercio marítimo del Mediterráneo oriental.
Una de las cosas que más nos gustó de aquellos días fue precisamente poder pasear sin tener que seguir constantemente un itinerario. Habíamos preparado una ruta para no dejarnos los lugares que queríamos ver, pero disponer de cuatro días nos permitía entretenernos donde nos apeteciera, volver a pasar por alguna calle que nos había gustado o simplemente sentarnos un rato frente al puerto.

Una calle empedrada entre fachadas antiguas de Chania.
También quisimos salir del centro histórico y continuar hacia el este, pasando por Koum Kapi hasta llegar a Tampakaria, en el barrio de Halepa. Era una de las zonas que no conocíamos y que teníamos especial interés en visitar.
Tampakaria nos encantó. Es el antiguo barrio de las curtidurías, instaladas junto al mar durante el siglo XIX, cuando necesitaban grandes cantidades de agua para trabajar las pieles. Todavía se conservan muchos de aquellos edificios industriales, construidos prácticamente sobre las rocas, con las paredes castigadas por el mar y el paso de los años. Algunos han sido restaurados y transformados en hoteles u otros establecimientos, mientras que otros conservan buena parte de su aspecto original.
Lo que nos gustó especialmente fue encontrar una Chania completamente diferente de la del puerto veneciano. Aquí no hay aquella sucesión de restaurantes y tiendas de recuerdos, sino un antiguo barrio industrial con personalidad propia y una ubicación espectacular frente al mar. Disfrutamos mucho recorriendo aquella zona, observando los edificios e imaginando cómo debía de ser cuando las curtidurías todavía estaban en funcionamiento. Sin duda, fue uno de los descubrimientos más agradables de los días que pasamos en Chania.

Edificios de las antiguas curtidurías de Tampakaria, construidos sobre el mar.

Antiguas curtidurías de Tampakaria, en Halepa, junto a las rocas del mar.
Ya que estábamos en Halepa, aprovechamos para visitar el nuevo Museo Arqueológico de Chania, inaugurado en 2022, y fue todo un acierto. El museo ocupa un edificio moderno, con salas amplias y una exposición muy bien organizada, pero lo que más valoramos fue la manera de explicar las cosas. No se limita a exponer piezas antiguas con una etiqueta al lado, sino que te ofrece suficiente información para entender qué estás viendo, de dónde procede y qué papel tenía en la vida de las personas que las utilizaban.
Nos pareció realmente interesante y nos ayudó a situar mejor las distintas etapas de la historia de Creta, especialmente el mundo minoico y las épocas griega y romana. Hay museos arqueológicos en los que, al cabo de un rato, acabas pasando delante de las vitrinas sin saber muy bien qué estás mirando. Aquí no nos ocurrió. Salimos con la sensación de haber aprendido cosas y de entender un poco mejor muchos de los yacimientos que habíamos visitado o que todavía teníamos pendientes.
De hecho, ya habíamos tenido un buen ejemplo en Aptera, que habíamos visitado de camino a Chania. Las ruinas están situadas sobre una meseta que domina la bahía de Souda y solo por las vistas ya valdría la pena acercarse. Pero, además, es un yacimiento especialmente interesante porque permite ver restos de distintos períodos en un mismo espacio.
Aptera fue una ciudad importante de la Creta antigua, sobre todo durante los períodos griego y romano. Entre los restos que se conservan destacan unas enormes cisternas romanas, un teatro y diferentes estructuras de la antigua ciudad. Lo que más nos llamó la atención fue el tamaño de las cisternas, que dan una idea de los recursos necesarios para abastecer a una población importante en un lugar como aquel.
Además, la posición estratégica de Aptera explica que el territorio siguiera teniendo interés militar mucho después de la desaparición de la ciudad antigua. Cerca del yacimiento hay una fortaleza otomana del siglo XIX, construida para controlar la bahía de Souda. Es otro ejemplo de cómo las diferentes potencias que han dominado Creta han acabado utilizando, una y otra vez, los mismos emplazamientos.
Unos días más tarde, cuando dejamos Chania para bajar hacia la costa sur, visitamos Frangokastello, una fortaleza veneciana del siglo XIV construida para controlar la región de Sfakia, un territorio que históricamente había sido bastante difícil de someter. El castillo se encuentra en una llanura abierta frente al mar de Libia, con las montañas detrás, y conserva su estructura cuadrada con cuatro torres en las esquinas.

La fachada almenada y las torres del castillo de Frangokastello.
El entorno es muy bonito y el castillo, visto desde fuera, tiene una presencia considerable. La visita, sin embargo, nos dejó un poco a medias. No está mal y merece la pena hacer una parada si pasas por la zona, pero nos pareció algo pobre de contenido. Con unos cuantos paneles explicativos sobre la construcción, la vida en el castillo y los episodios históricos que allí se vivieron, la visita habría ganado mucho. Sobre todo porque es un lugar con una historia interesante, que incluye el asedio de 1828 y la leyenda de los Drosoulites, aquellas figuras misteriosas que, según la tradición, aparecen algunas mañanas cerca de la fortaleza y que se identifican con los soldados muertos durante los combates.
En definitiva, nos gustaron más el emplazamiento y la imagen exterior del castillo que la visita en sí. No nos decepcionó especialmente, pero tampoco fue uno de los lugares que más nos impresionaron del viaje.
Al final, una de las cosas que nos sorprendió de este segundo viaje a Creta fue descubrir hasta qué punto la presencia veneciana había dejado huella en la isla. Evidentemente, conocíamos el puerto de Chania y sabíamos que los venecianos habían estado allí, pero no habíamos prestado demasiada atención a todo lo que todavía se conserva de aquella época. Esta vez, entre murallas, bastiones, arsenales y fortalezas, acabamos entendiendo mucho mejor la importancia que había tenido Creta dentro del dominio marítimo de Venecia.
Y eso también cambió un poco nuestra manera de ver Chania. En 2015 nos habíamos enamorado de ella sobre todo por el ambiente y la belleza del centro histórico. Once años después seguía gustándonos exactamente por los mismos motivos, pero descubrimos muchas otras cosas que entonces nos habían pasado desapercibidas.
De todos los lugares que queríamos volver a visitar en este viaje, Chania fue el que mejor resistió la comparación con el recuerdo que teníamos. Y quizá incluso nos gustó más, porque esta vez, en lugar de limitarnos a admirar el puerto veneciano, dedicamos tiempo a conocer la ciudad que hay detrás.