Una de las cosas que fuimos descubriendo durante el viaje es que en Creta resulta difícil encontrar un lugar donde solo haya restos de una época determinada. Los minoicos construyeron sus palacios, después llegaron los griegos, los romanos, los bizantinos, los venecianos y los otomanos, y cada uno fue aprovechando parte de lo que habían dejado los anteriores. A veces construían encima de las ruinas, otras veces reutilizaban los materiales y, en muchos casos, simplemente seguían viviendo en el mismo lugar. El resultado es que puedes encontrar una iglesia bizantina junto a unos restos romanos o una casa mucho más moderna que incorpora piedras de un edificio de hace dos mil años.
Uno de los lugares donde mejor pudimos comprobar esta mezcla de épocas fue Argyroupoli, un pueblo que visitamos el primer día de ruta, cuando íbamos de Heraklion a Chania. Habíamos incluido aquella parada porque queríamos conocer la antigua Lappa, una ciudad que había tenido bastante importancia durante los períodos griego y romano, pero lo que encontramos fue mucho más que unos cuantos restos arqueológicos.
Argyroupoli nos gustó mucho. Es uno de esos pueblos donde merece la pena olvidarse del mapa y dedicarse simplemente a pasear por las calles, porque continuamente vas descubriendo pequeños detalles que te llaman la atención. Aquí una puerta con un dintel que conserva una inscripción latina de época romana, allí una casa con unos bloques de piedra que, por mucho que los mires, no parecen precisamente de este siglo. En algunos edificios se distinguen perfectamente materiales reutilizados de construcciones mucho más antiguas, mientras que en otros solo puedes sospecharlo por el tamaño o la forma de las piedras.
Y es que la antigua Lappa no ha desaparecido del todo, sino que ha ido quedando incorporada al pueblo actual. Durante la época romana había sido una ciudad próspera, con edificios públicos, termas y una actividad considerable, pero con el paso de los siglos las construcciones fueron transformándose y las piedras acabaron sirviendo para levantar nuevas casas. Supongo que, para los habitantes de cada época, aprovechar aquellos materiales debía de ser lo más normal del mundo. Si tienes unos buenos bloques de piedra al lado de casa, ¿para qué vas a ir a buscar otros?

Una calle tranquila de Argyroupoli, entre casas antiguas de piedra.
Pero lo que terminó de conquistarnos de Argyroupoli fue el ambiente. A pesar de ser un pueblo que recibe turistas, no ha perdido ese aire tranquilo de población de montaña donde la vida sigue su propio ritmo. Mientras paseábamos por sus calles nos encontramos con un hombre mayor sentado en una silla delante de su casa, tomando el sol, que nos saludó con un «¡Kalimera!» cuando pasamos a su lado. Una escena que no tiene nada de extraordinario, pero que dice bastante del tipo de lugar que nos gusta encontrar cuando viajamos. No hace falta que todo sea espectacular ni que haya un monumento en cada esquina. A veces basta con pasear tranquilamente por un pueblo que todavía conserva su personalidad.
Argyroupoli tiene, además, otra particularidad que contrasta bastante con buena parte de los paisajes cretenses: la abundancia de agua. En la parte baja del pueblo hay una zona de fuentes, pequeñas cascadas y vegetación muy abundante, que durante siglos permitió el funcionamiento de varios molinos. Actualmente hay tabernas que aprovechan aquel entorno, pero sigue siendo un lugar bastante singular en una isla donde, especialmente en el sur, encontramos muchas zonas secas y con poca vegetación.

Callejón empedrado de Argyroupoli, con puertas pintadas de azul.
Aquella visita nos hizo pensar que, cuando hablamos de ciudades antiguas, solemos imaginar yacimientos arqueológicos con ruinas, carteles explicativos y recorridos delimitados. Pero en Argyroupoli no existe una separación tan clara entre el pasado y el presente. Los restos de Lappa forman parte de las casas y de las calles de un pueblo donde la gente sigue viviendo, y eso nos resultó mucho más interesante de lo que habíamos previsto.
Ya habíamos encontrado otro ejemplo de esta superposición de épocas en Aptera, que también visitamos durante el trayecto hacia Chania. En este caso, sin embargo, la situación era bastante diferente, porque la ciudad antigua acabó desapareciendo y hoy lo que queda es un yacimiento arqueológico situado sobre una meseta que domina la bahía de Souda.
Aptera había sido una ciudad importante durante los períodos griego y romano, y conserva restos de distintos momentos de su historia. Entre los más destacados están las enormes cisternas romanas, que ya habíamos comentado al hablar de las fortificaciones venecianas de Chania. Sus dimensiones sorprenden, sobre todo cuando piensas en toda la infraestructura que hacía falta para abastecer de agua a una población importante en aquel emplazamiento.

La bóveda y los arcos de piedra de las grandes cisternas romanas de Aptera.
También resulta interesante comprobar que aquella posición estratégica siguió teniendo valor muchos siglos después. Cerca de las ruinas hay una fortaleza otomana del siglo XIX, construida para controlar la misma bahía que ya había dado importancia a la ciudad antigua. Cambiaban los habitantes, las potencias que gobernaban la isla e incluso las necesidades militares, pero el lugar seguía siendo el mismo. Y es que, cuando tienes una posición desde la que controlas buena parte del territorio, parece que siempre acaba habiendo alguien interesado en ocuparla.

La orchestra semicircular y las gradas del teatro de Aptera.
Pero si hubo un lugar donde esa sensación del paso de las civilizaciones nos resultó especialmente evidente, fue Gortina, que visitamos durante el trayecto de regreso hacia Heraklion, después de los días que habíamos pasado en Matala.
Gortina había sido una ciudad importante desde la época griega y, bajo el dominio romano, se convirtió en la capital de la provincia de Creta y Cirenaica, que también incluía una parte del norte de África. Cuesta un poco imaginar que desde aquel lugar, hoy rodeado de campos y olivos, se administrara un territorio que se extendía a ambos lados del Mediterráneo. Pero los restos arqueológicos demuestran que fue una ciudad considerable, con edificios públicos, templos, termas y todo lo que necesitaba una capital provincial romana.
Una de las piezas más conocidas es la gran inscripción de las leyes de Gortina, grabadas en piedra en el siglo V antes de Cristo. Es uno de los códigos legales griegos más antiguos y completos que se han conservado, y regula cuestiones tan cotidianas como los matrimonios, los divorcios, las herencias o la propiedad. Lo más curioso es que estas leyes son anteriores a la época romana, pero los bloques donde están grabadas acabaron incorporados a un edificio posterior. Una vez más, una civilización aprovechando lo que había dejado la anterior.
También están los restos del odeón romano y de la basílica de San Tito, construida durante los primeros siglos del cristianismo en Creta. La tradición relaciona a Tito con el apóstol Pablo y lo considera el primer obispo de la isla, de manera que Gortina también tuvo una gran importancia religiosa durante la época bizantina. En un mismo lugar encuentras, por tanto, testimonios de una ciudad griega, de una capital romana y de un centro cristiano que continuó existiendo muchos siglos después.

Muros monumentales de piedra en el yacimiento de la antigua Gortina.
Todo eso es interesante, pero tengo que reconocer que una de las cosas que más nos impresionó de Gortina no fueron precisamente las ruinas, sino los olivos.
Hay unos olivos con troncos enormes, retorcidos y llenos de formas imposibles, que tienen toda la pinta de llevar muchos siglos allí. No sabemos cuántos años tienen realmente, pero al mirarlos se nos ocurrió que quizá, cuando Gortina estaba en su momento de máximo esplendor, aquellos árboles ya estaban allí. Evidentemente, no tenemos manera de saberlo, pero esa es la sensación que transmiten: la de unos árboles que han visto pasar una cantidad de tiempo difícil de imaginar.

Un olivo de tronco enorme y retorcido en el yacimiento de Gortina.
Y mientras caminábamos entre aquellos olivos nos vino una reflexión que quizá no tenía demasiado que ver con las explicaciones arqueológicas del lugar, pero que se nos quedó grabada. Por allí habían pasado griegos, romanos, bizantinos, árabes, venecianos y otomanos. Se habían construido ciudades, templos e iglesias, se habían librado guerras, habían cambiado las lenguas, las religiones y los gobernantes, y finalmente buena parte de todo aquello había acabado convertido en ruinas. Y aquellos olivos, o al menos otros como ellos, seguían allí.
Ahora estábamos nosotros, paseando entre los restos de una ciudad que había sido importantísima y que hoy ya no existe. Dentro de unos cuantos siglos, quién sabe quién pasará por aquel mismo lugar y qué quedará de nuestro mundo. Quizá aquellos olivos todavía estén allí, con los troncos un poco más retorcidos, viendo pasar a otra generación de visitantes que se preguntarán cómo debía de ser la vida de quienes habían ocupado aquel territorio.
Es curioso, porque las ruinas te hacen pensar en una época concreta, mientras que aquellos árboles nos hicieron pensar en el propio paso del tiempo, en todo lo que aparece y desaparece mientras la naturaleza sigue su camino. Y, al fin y al cabo, esa fue probablemente la imagen que más recordamos de Gortina: los olivos centenarios, con aquellos troncos impresionantes, rodeados de piedras que habían formado parte de una gran ciudad.

Restos arqueológicos de Gortina entre olivos y pasarelas.
A lo largo del viaje fuimos encontrando otros ejemplos de esa mezcla entre el pasado y el presente. Pequeñas iglesias construidas con materiales antiguos, capillas en lugares bastante apartados, restos de fortificaciones junto a poblaciones actuales y construcciones que habían cambiado de uso varias veces a lo largo de los siglos. Algunas tenían un interés monumental evidente, mientras que otras eran simplemente edificios que nos encontrábamos durante las rutas por el interior de la isla.
También nos llamaron la atención las antiguas infraestructuras relacionadas con el agua. Ya habíamos visto las grandes cisternas de Aptera y las fuentes de Argyroupoli, pero cerca de Heraklion todavía pasamos por el acueducto de Agia Irini, relacionado con el sistema que los venecianos construyeron para abastecer de agua a la ciudad.
Quizá no sea una de las construcciones más espectaculares de Creta, pero tiene su interés porque recuerda que las grandes ciudades no podían funcionar solamente con palacios, murallas y templos. Había que llevarles agua, construir caminos, organizar los cultivos y resolver un montón de necesidades cotidianas. De hecho, muchas de las obras que han sobrevivido hasta hoy no se construyeron para impresionar a nadie, sino para solucionar problemas prácticos, y algunas han acabado resistiendo el paso de los siglos mejor que edificios mucho más monumentales.
Después de once días recorriendo Creta, nos quedó bastante clara una cosa: aquí la historia no está dividida en etapas tan separadas como a veces nos la presentan los libros. En la práctica, cada época ha ido aprovechando lo que había dejado la anterior, y el resultado es una isla donde puedes encontrar dos mil años de diferencia entre dos piedras de una misma pared.
Argyroupoli y Gortina fueron dos ejemplos muy diferentes de esa continuidad. En el primero encontramos un pueblo vivo, donde los restos de la antigua ciudad forman parte de las calles y de las casas, y donde todavía puedes encontrarte a un hombre tomando el sol delante de su casa que te saluda al pasar. En Gortina, en cambio, caminamos entre las ruinas de una ciudad desaparecida, rodeados de unos olivos que parecían querer recordarnos que el tiempo de las personas y el de la naturaleza no siempre avanzan al mismo ritmo.
Quizá por eso nos gustaron tanto estos lugares. No son los yacimientos más famosos de Creta ni los que aparecen en todas las fotografías, pero te permiten conocer una parte de la isla que a menudo pasa desapercibida. Y, sobre todo, te hacen darte cuenta de que la historia no siempre se encuentra en un gran monumento o detrás de la vitrina de un museo. A veces es una inscripción romana en el dintel de una puerta, una piedra antigua reutilizada en una casa o el tronco retorcido de un olivo que lleva siglos viendo cómo cambia el mundo a su alrededor.