Volver a un lugar que te gustó mucho siempre tiene cierto riesgo. Con el paso de los años, los recuerdos se van quedando con las cosas buenas, los pequeños inconvenientes desaparecen y acabas construyendo una imagen que quizá ya no se corresponde del todo con la realidad. Cuando decidimos volver a Creta, once años después de nuestro primer viaje, éramos conscientes de que algunas cosas habrían cambiado, pero no imaginábamos hasta qué punto.
La idea inicial era bastante sencilla: regresar a los lugares que más nos habían gustado en 2015 y dedicar más tiempo a descubrir una isla de la que todavía nos quedaba mucho por conocer. El primer viaje había sido en diciembre, con muchos establecimientos cerrados y muy pocos turistas, y pensábamos que octubre sería una buena época para encontrar algo más de ambiente sin las aglomeraciones del verano.
En algunas cosas acertamos y en otras nos equivocamos de medio a medio.
Chania nos demostró que hay lugares que resisten perfectamente una segunda visita. Nos seguía gustando tanto como la recordábamos y, además, esta vez tuvimos tiempo de conocerla mucho mejor. Pero Elafonissi y Matala nos mostraron la otra cara de la moneda. Aquellos dos lugares de los que guardábamos recuerdos extraordinarios nos decepcionaron profundamente, no tanto porque hubieran cambiado los paisajes como porque había cambiado todo lo que los rodeaba.
Y ahí es donde empiezas a preguntarte si el problema son los lugares o si también hemos cambiado nosotros.

La entrada del puerto de Chania, con el faro al fondo.

Matala de noche, con las terrazas iluminadas junto al mar.
Seguramente hay un poco de todo. El turismo ha crecido mucho durante estos once años y determinados rincones del Mediterráneo se han transformado hasta resultar casi irreconocibles. Pero nosotros también hemos seguido viajando, hemos conocido otros países y hemos acumulado experiencias que probablemente han modificado nuestra manera de valorar los lugares.
Cada vez tenemos más claro que no nos interesa tanto visitar un lugar porque sea famoso como encontrar allí algo que nos guste de verdad. Puede ser un paisaje, una ciudad con historia, un pueblo que conserva su personalidad o simplemente un rincón tranquilo donde poder pasar un rato sin sentir que formamos parte de una multitud de turistas haciendo exactamente lo mismo.
Y eso no significa que hayamos dejado de interesarnos por los grandes monumentos ni por los lugares conocidos. Seguimos disfrutando de una buena visita arqueológica, de un museo interesante o de una ciudad con historia. Pero cada vez nos molesta más esa sensación de que algunos lugares se han convertido en una especie de parque temático, donde todo está preparado para que los visitantes lleguen, hagan las fotografías correspondientes y dejen paso a los siguientes.
Este viaje a Creta nos ha hecho especialmente evidente esa diferencia. Habíamos regresado con la ilusión de reencontrarnos con tres lugares concretos y, en cambio, algunos de los mejores momentos los hemos vivido en sitios de los que en 2015 ni siquiera habíamos oído hablar.
Quizá la mejor sorpresa ha sido descubrir que todavía queda mucha Creta que conserva aquello que nos gusta encontrar cuando viajamos. Una isla de pueblos pequeños, carreteras que atraviesan montañas y olivares, yacimientos arqueológicos donde todavía puedes caminar tranquilamente y zonas de costa que no han acabado convertidas en una sucesión de hoteles, restaurantes y tumbonas.
Y también hemos descubierto que no siempre hace falta hacer grandes cosas para disfrutar de un viaje. A veces acabas recordando con más satisfacción un rato sentado en una terraza frente al mar que una visita que habías preparado con mucha ilusión. O se te queda más grabada la imagen de unos olivos centenarios que la de las ruinas que habías ido a ver expresamente.
Evidentemente, no todo ha sido perfecto. Hemos tenido días de mal tiempo, un viento que en algunos momentos parecía decidido a echarnos de la costa sur y unas cuantas visitas que no hemos podido hacer como nos habría gustado. Pero eso también forma parte de los viajes. Por mucho que los prepares, siempre hay cosas que no puedes controlar, y al final lo importante es saber adaptarte y seguir disfrutando de lo que tienes delante.
Otra cosa que nos ha hecho pensar este regreso es lo rápido que pueden cambiar los lugares. Once años no son nada en la historia de una isla como Creta, que lleva milenios viendo pasar civilizaciones, imperios y gobiernos diferentes. Pero, en cambio, pueden ser suficientes para transformar completamente un pueblo o una playa. Y eso nos hace preguntarnos cómo serán dentro de otros once años algunos de los rincones que ahora nos han gustado tanto.

Puesta de sol en la playa de Kommos, frente al mar.
Tampoco podemos pretender que los lugares se mantengan intactos esperando a que nosotros decidamos volver. La gente que vive allí tiene todo el derecho a mejorar sus condiciones de vida y aprovechar las oportunidades que ofrece el turismo. Pero también es una lástima cuando ese crecimiento acaba haciendo desaparecer precisamente la personalidad que había convertido aquellos lugares en especiales.
En el fondo, creo que este viaje nos ha servido para confirmar algo que ya íbamos descubriendo en otros viajes: nos gusta mucho más conocer un lugar que limitarnos a visitarlo. Y para conocerlo necesitamos tiempo, poder movernos a nuestro aire, equivocarnos de carretera si hace falta, detenernos en pueblos que no aparecen en las guías y no tener la sensación de que cada día tenemos que completar una lista de visitas imprescindibles.
Quizá por eso cada vez preferimos pasar unos cuantos días en una misma zona, con tiempo para recorrerla tranquilamente, en lugar de ir cambiando de hotel continuamente para intentar verlo todo. Es una manera de viajar que nos funciona y que, en este segundo viaje a Creta, nos ha permitido descubrir lugares que probablemente nos habrían pasado desapercibidos si hubiéramos ido más deprisa.
Cuando pienso en nuestro primer viaje a Creta, en 2015, sigo guardando un recuerdo magnífico. Y no quisiera que las decepciones de esta vez hicieran desaparecer aquel recuerdo. Al fin y al cabo, lo que vivimos entonces fue real y nos gustó de verdad, aunque hoy algunos de aquellos lugares sean muy diferentes.
De hecho, releer aquel primer diario es una buena manera de comprobar cómo ha cambiado la isla, pero también cómo han ido evolucionando nuestras preferencias y nuestra manera de contar los viajes.
Este segundo viaje no ha sido una repetición del primero, ni tampoco creo que deba sustituirlo en nuestros recuerdos. Son dos experiencias diferentes, separadas por once años durante los cuales han cambiado muchas cosas, tanto en Creta como en nuestras vidas.
Y quizá esa sea la conclusión más interesante de todo esto. Cuando vuelves a un lugar después de tanto tiempo, no solo descubres cómo ha cambiado ese lugar. También descubres hasta qué punto has cambiado tú.
Nosotros habíamos vuelto a Creta buscando una isla que recordábamos muy bien y, en cambio, hemos acabado descubriendo otra que desconocíamos y que, en muchos aspectos, nos ha gustado todavía más.
Y ahora, cuando pensamos en Creta, ya no pensamos solamente en Chania, Elafonissi y Matala. Tenemos muchos otros lugares en la cabeza, algunos de los cuales probablemente ni siquiera habríamos considerado visitar once años atrás.
No sé si volveremos una tercera vez a Creta. Quizá sí, porque todavía hay zonas de la isla que nos gustaría conocer. Pero, si volvemos, tengo bastante claro que no será para intentar recuperar los recuerdos de 2015 ni tampoco para repetir los de este viaje.
Será para seguir descubriendo una isla que, por lo que hemos podido comprobar, todavía tiene mucho que ofrecernos.