El nene se apura, colgado de la mano de su madre que quiere llegar al otro lado de la calle antes de que el semáforo dé paso a los autos.
-Dale, Fede, apurate.
Al otro lado de la calle hay cuatro o cinco puestos de flores que venden crisantemos, varas de gladiolos, claveles como llagas, rosas.
-Mirá qué lindo, todas las flores que pusieron. Alguna vamos a llevar -dice la madre.
-¿A dónde vamos? -pregunta el nene.
-Acá -dice la madre-, a ver a la tía Amalia. ¿No querés venir?
-Ufa -dice el nene.
-¿Qué, ahora no querés venir?
No, dice el nene con la cabeza: no.
-Tanto que jodiste -dice la madre-. Tanto que rompiste las pelotas.
El nene no dice nada.
-Hace cuatro meses que venís diciendo que querés venir a ver a la tía Amalia. Y bueno, ahí la tenés, acá está la tía Amalia.
La madre y el nene se pierden entre las veintiocho columnas dóricas bajo el monumental pórtico de entrada adornado con escenas del juicio final del cementerio de la Chacarita, en alguna de cuyas noventa y cinco hectáreas está la tía Amalia.
Chacarita es un barrio de Buenos Aires y aunque tiene límites precisos -las avenidas Elcano, Del Campo, Garmendia, Warnes, Dorrego, Córdoba, Álvarez Thomas, y las vías de los ferrocarrilles Urquiza y San Martín- sería mucho más útil decir que está pegado a Palermo, ese monstruo que se traga todo bajo denominaciones como SoHo, Viejo, Hollywood, Queens, Village. Chacarita, en todo caso, es un barrio donde hay mercerías de toda la vida, bazares de toda la vida, carnicerías de toda la vida pero que, de a poco, empieza a brotarse de tiendas que venden ropa de diseño, comida de diseño, muebles de diseño, y se lo menta como el próximo rincón de moda en la ciudad. El por qué de su nombre tiene una explicación aburrida, pero hay que darla: era zona de chacras -como se llama en la Argentina a las pequeñas fincas- que pertenecían al colegio de la Compañía de Jesús. En 1767 los jesuitas fueron expulsados, el terreno pasó a manos del Real Colegio de San Carlos (hoy Colegio Nacional de Buenos Aires) y, en boca de los estudiantes que lo usaban como lugar de veraneo, la palabra chacra mudó a chacrita y, de ahí, a chacarita. De modo que su nombre es producto de una deformación, y su epicentro uno de los cementerios más grandes del mundo.
-Te hago una pregunta: ¿la tumba de Luca Prodan?
Los chicos son tres, y no tienen más de 17. Un varón y dos mujeres. Son las tres de la tarde, el cementerio de la Chacarita parece a punto de entrar en ebullición, y ellos llegaron quién sabe de dónde para ver la tumba de Luca Prodan, un músico italiano que vivió en la Argentina, fundó una banda de rock -Sumo- y se murió. Todo buen fan debería saber que Luca no fue enterrado aquí pero estos chicos no lo saben y ahora, asomados a las oficinas de María Elena Tuma -Coordinadora General de Cultura de los Cementerios de la Ciudad de Buenos Aires-, preguntan:
-¿La tumba de Luca Prodan?
A lo que María Elena Tuma responde, como quien ha respondido mil veces:
-Luca no está acá. Nunca estuvo.
-¿Y dónde está? -pregunta el varón.
-Dicen que lo cremaron y lo llevaron a Córdoba.
El cementerio de la Chacarita nació para recibir a los muertos de la epidemia de fiebre amarilla de 1871 y es el hermano modesto del de la Recoleta que, lejos de aquí, recoge los cuerpos de familias patricias en bóvedas lustradas hasta el ardor. Los años lo hicieron gigante y popular (con panteones que agrupan a sus muertos por nacionalidad -franceses, yugoslavos, españoles- y oficios: zapateros, actores, boxeadores, sastres, maestros, policías) y depositario de ilustres como el presidente Juan Domingo Perón que estuvo aquí hasta 2006, cuando fue trasladado; el cantante Carlos Gardel; y Jorge Newbery, uno de los primeros aviadores hispanoamericanos, que murió al estrellarse en Mendoza, con una bóveda de dimensiones jurásicas en la que cinco cóndores... ➡️ Leer más ...